Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 77: El camino hacia el norte

Ambos, padre e hijo, cruzaron las pesadas puertas del Sajeongjeon, dejando tras de sí el silencio asfixiante de un enfrentamiento que Min no había conseguido ganar.

Al pisar el patio exterior, la brisa helada de la mañana agitó las amplias mangas de sus túnicas oficiales.

Jun-ho alzó la mirada.

Al otro extremo del patio aguardaba un nutrido destacamento de hombres armados. No pertenecían al Saganwon. Algunos eran guardias al servicio de la casa Yi; otros habían sido puestos discretamente bajo sus órdenes por comandantes que aún reconocían la autoridad de la placa real que portaba su padre.

Habían permanecido allí desde antes de que comenzara la asamblea.

Inmóviles.

Esperando.

Ninguno había desenvainado el acero.

No había sido necesario.

El viejo consejero Yi avanzó hacia ellos con el torso erguido y el paso sereno de quien acababa de caminar junto al filo de una espada sin permitir que el miedo alterara su respiración.

Jun-ho marchaba a su lado.

Uno de los oficiales se adelantó y realizó una reverencia.

—Daesagan.

Jun-ho respondió con una ligera inclinación de cabeza.

—¿Algún movimiento?

—Ninguno, mi señor. Los hombres del consejero Min permanecieron dentro del recinto.

Jun-ho dirigió una breve mirada hacia las puertas que acababan de cruzar.

—Que continúe así.

El oficial asintió.

Las órdenes que Jun-ho había impartido antes de entrar al Sajeongjeon habían sido precisas: nadie debía intervenir mientras él y su padre pudieran abandonar el recinto por sus propios medios.

Solo si eran detenidos por la fuerza, o si dentro del salón se derramaba sangre, los hombres avanzarían.

No antes.

No se trataba de iniciar una batalla en el corazón del palacio.

Se trataba de asegurarse de que Min comprendiera que la familia Yi ya no caminaba indefensa entre sus muros.

Los soldados abrieron filas.

Padre e hijo avanzaron entre ellos sin pronunciar palabra.

Durante el trayecto hacia las puertas exteriores del palacio, ninguno mencionó lo sucedido en el Sajeongjeon. No era necesario. Ambos sabían que la amenaza de Min había dejado de ocultarse tras decretos y reverencias.

La guerra seguía sin haber sido declarada.

Pero ya había comenzado.

Solo cuando alcanzaron las inmediaciones de Gwanghwamun, el viejo Yi detuvo sus pasos.

Jun-ho hizo lo mismo.

Durante unos instantes, el anciano contempló el cielo plomizo que cubría la capital.

—Hemos ganado tiempo —dijo finalmente—. Nada más.

Jun-ho mantuvo la mirada al frente.

—Tres días.

—Min no nos concederá tres días.

El joven Daesagan volvió lentamente el rostro hacia su padre.

Yi lo observó.

—Ahora sabe que conocemos demasiado. Y un hombre acorralado no espera a que llegue el verdugo.

Jun-ho comprendió inmediatamente.

—Intentará detenernos.

—A mí me necesita aquí —respondió Yi—. A ti no.

El silencio cayó entre ambos.

Entonces el anciano acercó una mano al hombro de su hijo.

—Es hora de que el Daesagan emprenda el vuelo hacia el norte.

Jun-ho sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después inclinó profundamente la cabeza.

—Regresaré con Su Majestad.

—Regresa vivo.

Aquellas dos palabras fueron lo único que traicionó al padre escondido bajo las vestiduras del viejo estadista.

Jun-ho volvió a inclinarse.

Cuando se incorporó, la vacilación había desaparecido de su rostro.

Poco después abandonó la capital acompañado por una escolta reducida de hombres escogidos.

Cabalgaba hacia el norte.

Hacia el Rey.

Y hacia Haneul.

Ignoraba que, en las remotas montañas, la joven había permanecido durante días suspendida entre la vida y la muerte.

Ignoraba también que, mientras él atravesaba los caminos para llegar hasta ella, una verdad pronunciada en la penumbra acababa de alterar silenciosamente todo cuanto creía encontrar a su regreso.

La niebla matutina descendía espesamente sobre el desfiladero.

Los cascos de los caballos golpeaban el camino endurecido por el frío mientras Jun-ho avanzaba al frente de su escolta. A ambos lados, los pinos se elevaban entre las rocas como sombras inmóviles.

Demasiado inmóviles.

Jun-ho redujo ligeramente la marcha.

Uno de los guardias lo advirtió.

—¿Mi señor?

El Daesagan recorrió las laderas con la mirada.

No se escuchaban pájaros.

Ni animales.

Solo el viento.

Su mano descendió lentamente hacia la empuñadura de la espada.

—Detengan la marcha.

El silbido llegó un instante después.

—¡Abajo!

Una flecha atravesó el aire.

El hombre que cabalgaba delante de Jun-ho apenas tuvo tiempo de volverse antes de recibirla en el hombro y caer violentamente del caballo.

Entonces el cielo se oscureció.

—¡Flechas!

Una lluvia de proyectiles descendió desde las laderas.

Los caballos relincharon y se encabritaron. Dos soldados cayeron casi simultáneamente mientras el resto intentaba cerrar formación alrededor del Daesagan.

—¡Protejan al señor Yi!

—¡No! —rugió Jun-ho mientras desenvainaba la espada—. ¡Cubran los flancos!

Otra flecha pasó junto a su rostro.

Jun-ho tiró de las riendas y obligó al caballo a girar mientras sus hombres buscaban protección entre las rocas.

Entonces aparecieron.

Figuras vestidas con ropas oscuras descendieron entre los pinos, sin estandartes ni insignias que revelaran su procedencia.

Mercenarios.

Jun-ho no necesitó preguntar quién los había enviado.

Uno de ellos se abrió paso directamente hacia él.

No hacía sus soldados.

Hacía él.

Jun-ho comprendió.

—Soy el objetivo.

El atacante levantó la espada.

Jun-ho bloqueó el golpe.

El choque del acero estremeció sus brazos.




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