Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 78: En el templo

A kilómetros de distancia, el silencio envolvía los aposentos de Haneul.

El fuego crepitaba suavemente bajo el ondol.

Después de días consumida por la fiebre, su respiración finalmente había recuperado cierta regularidad.

La momjong permanecía dormida junto a una de las paredes, vencida por el agotamiento.

Entonces los dedos de Haneul se movieron.

Sus párpados temblaron.

Abrió los ojos.

Durante varios segundos no comprendió dónde se encontraba.

El techo de madera apareció borroso sobre ella. Intentó respirar profundamente, pero una punzada recorrió su pecho y la obligó a cerrar los ojos otra vez.

Los recuerdos regresaron de manera fragmentada.

Agua.

Frío.

Oscuridad.

Unos brazos rodeándola.

Después…

una voz.

Haneul volvió a abrir los ojos.

Giró lentamente la cabeza.

El lugar junto a su lecho estaba vacío.

Sin embargo, podía recordar una mano sosteniendo la suya.

Una frente apoyada contra sus dedos.

Y palabras.

Palabras pronunciadas cuando él creía que ella no podía escucharlo.

Nunca debí dejar que te acercaras tanto a mí.

Haneul contuvo la respiración.

Por un instante creyó que podía haber sido otro de los delirios provocados por la fiebre.

Pero otra frase emergió de las sombras de su memoria.

Pero nunca te olvidé.

Sus ojos se humedecieron.

No.

Aquello no había sido un sueño.

Recordaba su voz.

Las pausas.

La manera en que se había quebrado al pronunciar el título del Daesagan.

Sentí celos.

Haneul cerró los ojos.

Su corazón comenzó a latir con una fuerza que su cuerpo debilitado apenas podía soportar.

Y entonces recordó lo último.

Si este es el castigo por haberte amado en silencio… lo aceptaré.

Una lágrima descendió lentamente por su sien hasta perderse entre sus cabellos.

Durante todo aquel tiempo había interpretado el distanciamiento de Kang-dae como desprecio.

Había soportado sus silencios.

Su frialdad.

La forma en que evitaba mirarla.

Y ahora aquellas palabras obligaban a Haneul a contemplar cada recuerdo bajo una luz distinta.

Movió lentamente la mano que él había sostenido.

Estaba vacía.

—Kang-dae… —susurró.

La momjong despertó sobresaltada.

Al ver los ojos abiertos de su señora, se llevó ambas manos a la boca.

—¡Mi señora!

Se arrodilló inmediatamente junto al lecho.

—¡Ha despertado! ¡Gracias a los cielos!

Haneul intentó incorporarse.

—¿Dónde está…?

La voz apenas consiguió salir de su garganta.

La sirvienta acomodó rápidamente las mantas alrededor de ella.

—No se mueva, mi señora. Debe descansar.

—Kang-dae…

La momjong se detuvo.

—El Bujang está con Su Majestad.

Haneul frunció ligeramente el ceño.

—¿El Rey?

—Ha recuperado el conocimiento.

La noticia desplazó momentáneamente cualquier otra emoción.

Haneul intentó levantarse de nuevo.

El dolor la obligó a detenerse.

—Necesito verlo.

—No puede, mi señora.

—Necesito saber qué recuerda.

La momjong negó con firmeza.

—Y lo sabrá cuando pueda mantenerse en pie.

Haneul volvió lentamente la cabeza hacia el lugar vacío junto al lecho.

No insistió.

Pero ya no podía apartar de su mente aquella voz.

Kang-dae creía que su confesión había quedado sepultada en una habitación silenciosa, pronunciada ante una mujer incapaz de escucharlo.

Se equivocaba.

Haneul lo había oído.

Todo.

Y por el momento…

No se lo diría a nadie.

Kang-dae se encontraba de pie junto al lecho del rey, rindiendo informe a Su Majestad sobre la precaria situación militar y el estado del palacio. De pronto, el silencio de la noche fue sacudido por un murmullo creciente que recorrió los pasillos de madera. Se escuchaban pasos apresurados de monjes y el choque metálico del equipo de la guardia exterior.

El Bujang solicitó el debido permiso al soberano con una profunda reverencia:

—Majestad, le ruego me disculpe un momento. Debo verificar la causa de esta alteración en el perímetro.

Kang-dae salió a prisa al corredor. Los pasos frenéticos resonaban más cerca hasta que la puerta principal del patio se abrió de par en par. Bajo el umbral de la entrada apareció la figura del Daesagan Jun-ho. Agitado, con el rostro salpicado de sangre seca y sosteniendo aún la empuñadura de su espada, el joven noble respiraba con dificultad tras haber sobrevivido a la cruenta emboscada en el desfiladero.

Al reconocer al oficial de la corte, Kang-dae acudió al encuentro del Daesagan. Para cuando alcanzó el patio central, los guardias y sirvientes ya trasladaban a Jun-ho hacia un aposento de descanso. Sin perder la compostura marcial, el Bujang ordenó con voz firme:

—¡Busquen al médico del templo de inmediato! Que examine las heridas del Daesagan sin demora.

Mientras el médico ingresaba para atender al joven noble, Kang-dae permaneció en el pasillo exterior, aguardando noticias en una postura erguida. La preocupación por el estado de Jun-ho se mezclaba con la impaciencia por conocer los graves acontecimientos que lo habían llevado hasta las montañas en esas condiciones.

Minutos después, la puerta se deslizó y el médico salió al corredor. Tras realizar una respetuosa reverencia ante el oficial, informó:

—El joven señor estará bien. —Las heridas no parecen profundas, pero ha perdido sangre y está exhausto. Necesita reposo antes de que el cuerpo le cobre el esfuerzo del viaje. Su juventud y fortaleza lo favorecerán para reponerse pronto.

El médico se retiró tras otra reverencia. Kang-dae volvió la mirada hacia el eunuco que aguardaba a cierta distancia por orden del soberano.

—Ve junto al monje hacia los aposentos de Su Majestad. Hazle saber que el Daesagan ha llegado con vida y dile que volveré en breve a presentarme ante él con el informe detallado de lo sucedido.




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