La noche cayó sobre Seúl con una calma engañosa.
Las luces de la ciudad brillaban como si nada hubiera cambiado… pero para Violet, todo estaba a punto de romperse otra vez.
El teléfono vibró sin parar sobre la mesa del café universitario.
—¿Por qué suena como alarma nuclear? —murmuró Hanae, amiga de Violet, mirando la pantalla.
Violet frunció el ceño.
—Porque probablemente lo es.
Abrió redes sociales.
Silencio.
Luego… un murmullo colectivo alrededor.
Sus compañeros comenzaron a mirar sus celulares.
Algunos susurraban.
Otros grababan.
Un titular gigante apareció:
“EXCLUSIVA: ¿Violet manipuló el accidente que destruyó la carrera de Ji-sung?”
El aire desapareció de sus pulmones.
Había fotos editadas. Fragmentos fuera de contexto. Declaraciones anónimas.
Y lo peor…
Un video antiguo donde Violet discutía con alguien minutos antes del accidente.
—Eso… eso está cortado —susurró ella.
Hanae golpeó la mesa.
—¡Esto es obra de Hana!
Comentarios comenzaron a aparecer:
“Buscadora de fama.”
“Extranjera aprovechada.”
“Arruinó su vida.”
Violet respiró profundo.
Temblaba.
Pero entonces levantó la barbilla.
—Bueno… —dijo con una sonrisa seca— al menos eligieron mi mejor ángulo.
Hanae la miró.
—¿Estás haciendo humor ahora?
—Si voy a hundirme, prefiero hacerlo con estilo.
Aunque por dentro… dolía.
Mucho.
Ese mismo día, frente a la universidad, una figura esperaba apoyada en un auto negro.
Traje impecable.
Sonrisa fría.
Cuando Violet salió, él habló:
—Cuánto tiempo, señorita.
Ella se congeló.
Lo reconoció al instante.
El productor.
El hombre presente el día del accidente.
El hombre que había desaparecido después.
—usted...—susurró.
—Veo que me conoce.
Sus ojos brillaban con algo oscuro.
Antes de que pudiera responder, una voz familiar interrumpió:
—Aléjate de ella.
Ji-sung.
Caminaba hacia ellos con expresión peligrosa.
Arrogante. Frío. Protector.
El productor sonrió.
—Ah, la estrella llegó.
—No repito dos veces —dijo Ji-sung.
El hombre levantó las manos con falsa inocencia.
—Solo vine a observar cómo cae el dominó.
Se marchó.
Violet sintió un escalofrío.
—Esto recién empieza —murmuró Ji-sung.
Horas después, la agencia explotaba.
—¡No puedes aparecer públicamente con ella ahora! —gritó el manager.
Ji-sung estaba sentado, relajado, cruzado de brazos.
—Ya lo hice.
—¡Tu imagen!
—Mi imagen soy yo.
—La empresa decidió distanciamiento temporal.
Ji-sung sonrió con ironía.
—Entonces supongo que hoy dejo de obedecer.
El silencio fue absoluto.
—¿Estás rompiendo contrato?
—Estoy protegiendo a alguien importante.
Se levantó.
—Si quieren multarme, hagan fila.
Y salió.
Violet caminaba sola por un parque casi vacío cuando escuchó pasos rápidos.
—Mini Diva.
Se giró.
Ji-sung.
Respirando agitado.
—¿Viniste corriendo?
—No —respondió—. Caminé extremadamente rápido con estilo.
Ella soltó una risa nerviosa.
Y entonces… el silencio entre ambos cambió.
La tensión era distinta.
Más profunda.
Más peligrosa.
—Todo esto es mi culpa… —susurró Violet.
—No.
—Si yo no hubiera—
Ji-sung tomó suavemente su muñeca.
Un gesto pequeño.
Pero eléctrico.
—Mírame.
Ella levantó la vista.
Sus ojos estaban más suaves que nunca.
—No vuelvas a cargar cosas que no hiciste.
—Pero todos creen—
—Yo no.
Silencio.
El mundo parecía detenerse.
Estaban demasiado cerca.
Violet notó el calor de su respiración.
Ji-sung observó detalles que antes intentaba ignorar:
Las pequeñas pecas apenas visibles bajo la luz nocturna.
Las pestañas largas temblando cuando dudaba.
La forma en que mordía su labio al contener emociones.
Y esa cintura elegante marcada por su abrigo ajustado.
Tragó saliva.
—Sabes… —murmuró— deberías dejar de ser tan pequeña.
—¿Perdón?
—Es difícil mantener distancia cuando estás exactamente a la altura perfecta para abrazarte.
Ella abrió los ojos.
—Eso fue… peligrosamente romántico para alguien tan arrogante.
—No lo repitas. Arruinarías mi reputación.
Violet intentó bromear otra vez.
Pero su voz se quebró.
Y sin aviso… las lágrimas llegaron.
Ji-sung no dijo nada.
Solo la atrajo hacia él.
Un abrazo verdadero.
Sin tensión.
Sin máscaras.
Ella apoyó la frente en su pecho.
Escuchó su corazón acelerado.
—Estoy cansada… —susurró.
—Lo sé.
Sus brazos se cerraron con firmeza protectora.
Y por primera vez… Violet no intentó ser fuerte.
Solo quedarse ahí.
Más tarde, Ji-sung la llevó a un estudio vacío.
—¿Qué hacemos aquí?
—Necesitas terapia.
—¿Musical?
—La única que funciona.
Se sentó frente al piano.
Las luces eran suaves.
Sus dedos tocaron las teclas.
Una melodía lenta llenó la sala.
No era perfecta.
Era sincera.
Violet lo observó en silencio.
Sin arrogancia.
Sin fama.
Solo él.
—Nadie sabe que toco cuando estoy nervioso —dijo sin dejar de tocar.
—¿Estás nervioso ahora?
—Mucho.
La música se volvió más cálida.
Más íntima.
—Porque cuando estás cerca… —continuó— todo deja de ser simple.
Ella sintió un calor recorrerle el pecho.
—Ji-sung…
La melodía terminó.
Silencio.
Se miraron.
Demasiado cerca otra vez.
—Si las cosas fueran distintas… —empezó él.
—Lo son —susurró ella.
Casi confesión.
Casi beso.
Pero ambos retrocedieron al mismo tiempo.
Respirando fuerte.
Antes de irse, Ji-sung le entregó una caja.
—¿Soborno emocional?
—Inversión estratégica.
Dentro había:
• Un cuaderno artístico de edición limitada.
• Entradas para una presentación de danza contemporánea.
• Un pequeño telescopio portátil.
• Un álbum de K-pop firmado.
• Una fotografía de un bosque nocturno lleno de estrellas.
Violet lo miró, sorprendida.
—¿Cómo sabes todo esto?
—Observo.
Sacó una carta.
Ella la abrió.
“Para mi Muñequita de Lujo:
Noté cómo tus ojos brillan cuando hablas del cielo.
Cómo te inclinas levemente cuando dibujas.
Cómo escondes tus inseguridades detrás del sarcasmo.
Tus pecas aparecen cuando el sol toca tu rostro.
Y cómo finges confianza incluso cuando tiemblas.
No necesitas cambiar nada.
Ya eres suficiente.
— Ji-sung”
Las lágrimas volvieron… pero esta vez eran cálidas.
—Esto es injustamente perfecto.
—Lo sé —respondió con una sonrisa arrogante.
Esa noche, caminando juntos nuevamente, el silencio era distinto.
Más cargado.
Más cercano.
Sus manos casi se rozaron.
Una vez.
Dos veces.
Hasta que finalmente…
Ji-sung entrelazó sus dedos con los de ella.
Natural.
Como si siempre hubiera sido así.
—Buenas noches, Mini Diva.
—Buenas noches… egocéntrico.
Pero ninguno soltó la mano.
Y ambos entendieron algo sin decirlo:
Ya no era solo protección.
Era algo mucho más peligroso.
Algo que ninguno podría detener.
Editado: 26.02.2026