Bajo el Cielo de Seúl

Capítulo 29 : Donde todo comenzó

El aeropuerto privado estaba casi vacío.
Solo el sonido del viento nocturno y el rugido lejano de un avión preparándose para despegar rompían el silencio.
Violet observaba las luces de la pista con el corazón acelerado.
—Nunca pensé volver a Chile así… —susurró.
Ji-sung, de pie a su lado con abrigo oscuro y expresión tranquila, respondió:
—Nunca pensé que terminaría viajando al otro lado del mundo siguiendo el pasado de mi padre.
La miró de reojo.
—Pero contigo… nada resulta normal, Mini Diva.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso suena a queja.
—Es una confesión.
Sus dedos rozaron los de ella antes de subir al avión.
No era solo un viaje.
Era regresar al origen de la historia.

Durante el vuelo, Violet no pudo dormir.
Miraba por la ventana mientras las estrellas llenaban el cielo.
Ji-sung la observaba en silencio.
—¿Estás asustada?
Ella dudó.
—Un poco… allá fui invisible mucho tiempo.
Él inclinó la cabeza.
—Entonces será interesante ver qué hacen cuando regreses siendo imposible de ignorar.
Violet sonrió.
—Sigues siendo arrogante incluso a 10.000 metros.
—Especialmente a esa altura.

El aire frío de Santiago la golpeó apenas salió del aeropuerto.
Un olor familiar.
Tierra húmeda.
Invierno.
Hogar.
Violet cerró los ojos un segundo.
—Lo extrañaba…
Ji-sung observaba todo con curiosidad silenciosa.
Autos antiguos, montañas a lo lejos, calles distintas a Seúl.
—Así que aquí empezó la leyenda de mi pequeña genio —comentó.
—Aquí empezó mi pobreza —corrigió ella con humor seco.
Él la miró serio.
—Aquí empezó tu fuerza.

Al llegar al barrio donde creció, varias personas comenzaron a reconocerla.
Una voz femenina gritó:
—¿¡Violet!?
Una joven corrió hacia ella.
—¡Sofía! —exclamó Violet, sorprendida.
Se abrazaron con fuerza.
Sofía la miró emocionada.
—¡Te vimos en las noticias! ¡No puedo creer que estés aquí!
Otro chico apareció detrás.
—Siempre dijimos que ibas a llegar lejos.
—Diego… —rió Violet.
Ji-sung observaba en silencio, analizando cómo el rostro de Violet cambiaba allí.
Más relajado.
Más real.
Sofía lo miró entonces.
—…¿Ese es EL Ji-sung?
Él hizo una leve reverencia elegante.
—Culpable.
Diego susurró:
—Hermana… trajiste un dios coreano al barrio.
Violet se cubrió la cara riendo.
—Por favor no lo alimenten, ya tiene suficiente ego.
Ji-sung sonrió satisfecho.
—Me agrada este lugar.

Caminaron hacia el antiguo colegio de Violet.
El edificio seguía igual.
Paredes grises.
Patio pequeño.
Recuerdos pesados.
Un grupo de ex compañeros la reconoció.
Las miradas comenzaron.
Susurros.
Una chica avanzó lentamente.
Camila.
Una de las principales personas que la había acosado años atrás.
—Vaya… la famosa volvió.
El ambiente se tensó.
—Nunca pensé que terminarías así —dijo con una sonrisa falsa.
Antes, Violet habría bajado la mirada.
Ahora no.
Sonrió con calma elegante.
—Yo tampoco pensé que seguirías diciendo las mismas cosas diez años después.
Algunos presentes rieron suavemente.
Camila frunció el ceño.
—Siempre fuiste rara.
Violet inclinó la cabeza.
—Y aun así terminé viajando por el mundo mientras tú sigues obsesionada conmigo. Gracias por la consistencia.
Silencio.
Ji-sung ocultó una sonrisa orgullosa.
Sofía murmuró:
—…la nueva Violet da miedo.
Camila se marchó molesta.
Violet respiró profundo.
Pequeña victoria personal.
Una herida cerrándose.
Ji-sung se acercó y susurró:
—Estoy oficialmente enamorado de tu versión sarcástica.
Ella lo empujó suavemente.
—Cállate.

Guiados por documentos antiguos, llegaron a un observatorio abandonado en las afueras de la ciudad.
El mismo lugar donde el padre de Ji-sung había investigado años atrás.
El viento soplaba fuerte.
Puertas oxidadas.
Silencio inquietante.
—Aquí trabajaba mamá antes de renunciar… —dijo Violet.
Entraron.
Linternas encendidas.
Papeles viejos cubrían el suelo.
Ji-sung encontró un compartimento oculto bajo un escritorio.
Dentro:
Un disco duro antiguo.
Y una carpeta marcada con símbolos corporativos.
—Lo encontró antes que ellos… —murmuró.
De pronto—
Un ruido afuera.
Puertas cerrándose violentamente.
Pasos.
Varios.

Hombres desconocidos rodearon el edificio.
—¡Nos siguieron! —exclamó Min-jae.
Uno intentó arrebatar la carpeta.
Ji-sung reaccionó primero, empujando a Violet detrás suyo.
Golpes.
Caos.
Pero Violet no se quedó quieta.
Observó una palanca metálica cercana.
Recordó clases de defensa personal en Corea.
Respiró profundo.
Cuando uno intentó sujetarla, giró el cuerpo y golpeó su brazo con precisión.
El hombre retrocedió sorprendido.
Ji-sung la miró brevemente, impresionado incluso en medio del peligro.
Sirenas policiales comenzaron a escucharse a lo lejos.
Los atacantes huyeron.
Silencio nuevamente.
Solo respiraciones agitadas.

Mientras todos discutían qué hacer, Violet habló:
—No volveremos aún a Corea.
Ji-sung la miró.
—¿Qué?
Ella sostuvo el disco duro.
—Aquí está la verdad que tu padre protegió… y que cambió mi vida sin que lo supiera.
Su voz era firme.
Segura.
—Vamos a terminar esto donde empezó.
Ji-sung la observó largo rato.
Y sonrió lentamente.
Orgulloso.
—Sí, jefa.

De pie frente al observatorio, mirando las montañas chilenas, Ji-sung susurró:
—Padre… ahora entiendo por qué elegiste luchar.
Tomó la mano de Violet.
—Porque algunas personas valen cualquier guerra.
Ella apretó sus dedos.
Las estrellas comenzaron a aparecer sobre ellos.
El pasado y el presente finalmente unidos.




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