Mientras el señor Johnson trataba de encontrar a Camille, ella ya estaba llegando a nueva York, perdida en la ciudad.
La valiente chica, llena de miedo caminaba un barrio del condado de Bronx, se detuvo en un hospital para pasar la noche, en su condición de embarazo la ayudaron, pero para ella era tormentoso tener que dar explicaciones, procuraba por todos los medios de no dar sus credenciales para no ser conseguida por Jaime, ella desconocía totalmente lo sucedido con él.
Llegó un nuevo día en que se disponía encontrar a la amiga de su madre, pero cada vez se hacía imposible, renovaba sus esperanza en cada mañana.
Los días se hacían eternos y llenos de miedo, pero ella no olvidaba la dirección que su madre le dió en un arrugado papel viejo, y un número telefónico que registró en su memoria.
—Bebé perdóname, no me responden aún y no quiero volver, sé que tenemos hambre y sueño. —dijo con la voz temblorosa mientras acariciaba su vientre y le hablaba con la certeza de estar acompañada con su hijo— tenemos mucho cansancio, ya son muchas noches fuera de casa, tres para ser exacta. —una eternidad para Camille Johnson se convirtió el tiempo desde que se fue de Miami— Seguiremos llamando, ¿Sabes, bebé? Nos tenemos, tú y yo nos tenemos, con miedo, con hambre o con lo que sea, nos tenemos. —sonrió con tristeza sentada en una banca de una pequeña iglesia, levantando el rostro hacia el Cristo crucificado— Ayúdame señor, si eres real no me abandones, estoy embarazada y no quiero que mi bebé sufra. —lloró adormecida cuando una mano sintió en su frente.
—Niña, hija mía, ¿Quién eres? —ella se sobresaltó y el sueño de inmediato la abandonó— No temas, estás en la casa de Dios.
—Tengo hambre...y muchaaaaa sed. Yoooo necesito agua..por favor deme agua. —de inmediato fue atendida por una señora que acompañaba al sacerdote, quien también le dió una leche caliente y un pan que Camille se comía enseguida.
—¿Desde cuando no comes, criatura? —preguntó el sacerdote y ella no dejaba de comer tratando de saciar su hambre y le trajeron más.
—Muuuuchosss días...
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó— ¿Quién eres? No eres de este lugar...dime, ¿Te han hecho daño? Estos barrios no son para una niña como tú...¿A quién buscas?
—Soooyyy...soyyy Camille...busco a Lucrecia, ella es amiga... de mi mamá, pero yooo me perdí....no sé que hacer, tengo miedo, he... pasado por lugares...muy peligrosos, he tenido que... esconderme en hospitales, siempre permaneciendo... entre la gente, procurando.... mostrarme muy fuerte... para no atraer el peligro, pero...ya no puedo más....
—Has sobrevivido, muéstrame la dirección. —dijo el hombre de Dios y ella se la entregó en el papel arrugado que rápidamente él leyó— Localizaremos a Lucrecia, mientras, ve con la señora Eduviges a descansar.
—Tengo mucho sueño, no he descansado, pero tengo... mucho miedo. —dijo con ansiedad y desconfianza.
—No te haremos daño, te bañarás, estás muy sucia, y dormirás, como te dije, esta es la casa de Dios, hay bondad en la casa de Dios, Camille.
—¿Qué me puede pasar, verdad? —pensó mirando al cielo— han sido buenos conmigo...yo moría de hambre...y me dieron de comer.
—¿Vamos? —preguntó la buena mujer.
—Sí señora...—dijo ella entre dientes y caminó abrazando lo poco que apenas le quedaba.
***
La familia Johnson estaba totalmente sumergida en el dolor, el pánico había hecho de la suya, cada uno sentía una culpa distinta.
—¿Tres días y mi hija no aparece? —preguntó el señor Johnson— ¿Cómo voy a seguir la vida si mi hija Camille?
—No pensemos lo peor. —espetó el detective sin quitar su fijación en el caso.
—¿Puede estar muerta, eso quiere decir lo peor, no es así? —el hombre se quebró en un llanto y su mujer permanecía a su lado, mientras Mariela que había permanecido por días encerrada en su habitación, ese día estaba acompañando a sus padres.
—No Papi, Camille no puede estar muerta, mi hermana, no. —Mariela no dejaba de llorar, mientras la culpa hacía estragos en su mente.
—Quizás no sea lo que usted piensa señor Johnson, ya hemos investigado a Lombardo en varias ocasiones y él dice que la dejó en el apartamento, se ve sincero al no saber de ella, y su discurso es el mismo en todo momento, teme por ella, muestra preocupación en saber de ella, y está obsesivo por salir a buscarla.
El llanto de Mariela fue genuino al no poder con el peso de su conciencia, sus padres se abocaron a consolarla, pero ella rompió el silencio.
—Papi perdóname, perdóname por favor... mamaaaá te mentí, yoooo....yo fuí a casa de Camille, a ese apartamento, ella...
—¡Habla! —gritó su padre al verla callar.
—¿Qué sucede mi amor? Hija...no me asustes....—espetó su madre en una angustia.
—Yo fuí a verla, ella...ella estaba encerrada, me pidió ayuda y....yo sé la negué, me...
—¡No puede ser...! —dijo la mujer— ¡¿Cómo es posible que le hayas hecho eso a tu hermana...?! ¡¿En qué estabas pensando?!
—Mamá, yo estaba enojada con Camille...
—Termine de hablar, —interrumpió el detective— ¿Qué fue lo que le dijo su hermana? —Mariela llena de dolor y arrepentimiento vió a su padre y bajó el rostro mientras hablaba.