La pequeña Lily intentaba dar sus primeros pasitos cuando Camille la soltaba, y era Lucrecia quien la esperaba del otro lado con los brazos abiertos.
Ella reía sintiéndose un poco nerviosa como si fuera a caer en aquella grama, pero la seguridad que le ponía su joven madre era tan especial que los primeros pasos fueron exitosos.
Lucrecia lo celebraba mientras abrazó a la pequeña y Camille saltaba de alegría, pero a distancia quien lo celebraba entre lágrimas, era el señor de Las Casas.
—Es prodigioso para tí este momento mi princesita. —decía en su mente y estaba tan concentrado que Lucrecia se le acercó y ni cuenta se dió.
—¿Por qué lloras? —preguntó Lucrecia mostrándose muy seria— Y no me lo niegues que sí estás llorando.
—Yo no lloro, son cosas tuyas.
—Ah okey, —lo tomó del brazo y lo volteó a mirar nuevamente hacia Camille y su pequeña — Qué hermoso, ¿Verdad? Ya está dando los primeros pasos nuestra princesita.
—Unjum...
—Se ve bella con su sonrisa...
—Y sus dientitos —dijo el hombre como si un sentimiento irreconocible se apoderara de él— Se tarda en salirle los demás dientes, y ya va a cumplir un año, ya hablé con la organizadora de fiesta, quiero que ese día sea muy bonito para ella...
—Me gusta compartir este sentimiento contigo, amas a Lily aunque te hagas el fuerte y no lo reconozcas...
—No es así Lucrecia.
—Sí es así, y por esos detalles tuyos es que siento que te amo. —dijo ella mientras secó sus lagrimas.
—¿Cuáles detalles? —preguntó.
—Los que irradian de tu corazón, verás que las cosas marcharán bien, me gusta tu sensibilidad y es ésta, cuando lloras, te pones nervioso, quizás sea debilidad para algunos, para mí, ésto es lo que más amo de tí.
—Lucrecia, hoy es un día especial que nunca olvidaré. —dijo abrazándose a ella y sin esconder sus sentimientos, pues el señor de Las Casas se sintió amado.
***
El señor Johnson se sentía lejano en su pensamiento, su mundo era tan angosto y sus sentimientos tan inmensos que brotaban como manantial, alejado de todos cada día que era poco reconocible para su esposa.
—Tres años se cumplen hoy sin ver a mi hija Camille... ésto es más fuerte que yo...
—Yo lo sé, pero nos tienes a nosotras, también somos tu familia.
—Necesito ésto...
—Me enamoré de tí, —interrumpió ella con dolor— nos enamoramos. Yo no sabía que se sufría tanto en este mundo, a partir de la desaparición de Camille la vida no es congruente para mí. ¿Cómo puedes abandonarnos de esta manera? Mariela también es tu hija, te necesita mi amor.
—Sé esa mujer valiente como un día lo fue Liliana cuando yo la dejé sola por estar contigo, ella no reclamó, ni me atormentaba como lo haces tú, ella huyó, llevándose a lo que yo más amaba y, yo debí ir detrás de ella, era detrás de mi pequeña Camille a quien debí seguir, la vida me ha castigado.
La mujer lloró amargamente, no se esperaba tal respuesta de su esposo, se sentía desdichada ante una verdad que siempre tuvo presente en su vida, por eso nunca abandonó a Camille y le daba toda su atención, solo que ella no estaba dispuesta a recibir el cariño de la mujer que de alguna manera había separado a sus padres.
—¿Nos abandonas? ¿A eso te refieres con lo que dices? —preguntó con la esperanza que él recapacitara, pero su silencio pudo más— Está bien mi amor, solo recuerda que yo no sabía que eras un hombre casado, no lo sabía...
—Necesito estar sólo, eso necesito.
—Lo sé, mi hija y yo seguiremos en casa, siempre esperaremos por tí...ella fue una irresponsable, lo reconozco, pero es su edad, quería tu cariño solo para ella, pero también paga por eso. Si Camille estuviera viva jamás querría que abandonaras a Mariela...
—Camille está viva, yo sé que un día volverá y me perdonará, yo no sé que tanto dolor guardó para alejarse así de mí.
La mujer guardó silencio, ella no sabía lo que su esposo sí, él guardaba celosamente su secreto para proteger a su hija, pero la culpa lo consumía a diario.
—Si tu corazón la espera, es que vendrá, un padre tiene conexión con sus hijos, Dios obre en misericordia...y que tu hija esté con vida y sana.
—Ve a casa mujer, estarán bien. —ella hizo silencio y besó su mejilla.
—Esperaremos por tí, no te tardes...
***
Todo parecía estar perfecto en la casa de Lucrecia mientras cenaban, la pequeña Lily no paraba de hablar, y todos reían hasta que el señor de las Casas escuchó.
—Ya quiero trabajar, ¿puede darme ya el empleo? —preguntó Camille Johnson y el hombre aclaraba su garganta procurando buscar una idea que exponerle y ella desistiera de trabajar.
—No hay vacantes ahora, —intertumpió con autoridad— sé que te has preparado con relaciones públicas y algo de mercadeo publicitario, pero ahora no hay nada para tí.
—¿Qué hay entonces? —preguntó Camille con su inocente voz.
—Te sugiero que termines tu carrera...