Bajo el hielo

Prólogo

El Ruido del Silencio

​El frío no me molesta; es lo único que me hace sentir vivo.

​El aire en la pista de hockey tiene un sabor metálico, una mezcla de sudor, caucho quemado y la escarcha que se levanta bajo mis cuchillas. A mi alrededor, el rugido de la grada es un zumbido sordo, una estática que mi cerebro ignora mientras busco mi objetivo. El puck vuela, los cuerpos chocan y el sonido de la madera contra el plexiglás retumba en mis huesos como un tambor de guerra.

​—¡Vane! ¡A tu izquierda! —grita Jax desde la portería.

​No necesito que me lo diga. Ya lo huelo. Huelo la arrogancia del delantero del equipo rival, un tipo que cree que porque su apellido está en el ala de un hospital puede pasar por encima de mi defensa. Me lanza una mirada de suficiencia mientras intenta regatearme, y en ese instante, algo dentro de mi pecho se quiebra.

​No es solo el partido. Es el peso de las facturas sin pagar en casa, las llamadas de los reclutadores que no llegan y la sensación de que soy una bomba de relojería con la mecha demasiado corta.

​El choque es inevitable. Mi hombro impacta contra el suyo con la fuerza de un tren de mercancías. Lo estampo contra la valla y el sonido del impacto silencia al estadio por un microsegundo. Debería soltarlo. Debería alejarme y esperar el silbato del árbitro.

Pero él sonríe. Sangra por el labio y sonríe.

​—Eres basura, Vane —escupe, con el aliento helado contra mi cara—. Mañana estarás barriendo las calles mientras yo firmo mi contrato profesional.

​Mi visión se tiñe de rojo. Suelto el palo. Mis guantes caen al hielo con un golpe seco. Antes de que el primer árbitro pueda reaccionar, mi puño ya ha encontrado su mandíbula. Una vez. Dos veces. El sabor de la adrenalina es amargo y adictivo. No me detengo hasta que siento el peso de tres hombres intentando arrancarme de encima de él.

​—¡Estás fuera, Killian! ¡Estás acabado! —grita el entrenador Miller desde el banquillo, con una decepción que duele más que cualquier golpe.

​Me escoltan fuera de la pista mientras los abucheos llueven sobre mí. En el túnel de vestuarios, el silencio me golpea como una losa. Me quito el casco y apoyo la frente contra la pared fría, jadeando. Mis nudillos arden.

​He destrozado mi vida en treinta segundos de furia.

​Lo que no sé, mientras limpio la sangre de mi mano, es que mi salvación no vendrá de un contrato profesional ni de una disculpa. Vendrá en forma de una chica con ojos asustados y una pila de libros, alguien que vive en un infierno mucho más refinado que el mío.

​Ella necesita un monstruo que la proteja. Y yo... yo solo necesito una razón para no terminar de romperme.




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