El Precio de la Furia
Killian
El vestuario huele a derrota, incluso cuando hemos ganado el partido. Pero para mí, la victoria sabe a cenizas.
Me siento en el banco de madera, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gachas. El sudor se enfría en mi piel, pegándose a la equipación como una segunda armadura que de repente me pesa una tonelada. Escucho el murmullo de mis compañeros, el sonido de los patines desatándose, las risas apagadas de alivio. Nadie me mira directamente. Soy el elefante en la habitación, el capitán que acaba de inmolarse en directo ante las cámaras de la televisión universitaria y, lo que es peor, ante los ojeadores de la NHL que poblaban las gradas.
—Vane. Oficina. Ahora —la voz del entrenador Miller corta el aire como un látigo.
Me pongo de pie, ignorando la punzada de dolor en mis nudillos derechos. Me quito la camiseta del equipo, revelando los tatuajes que serpentean por mis brazos, y la lanzo a mi taquilla con más fuerza de la necesaria. Camino hacia la oficina del entrenador, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda. Jax me lanza una mirada de preocupación, pero no dice nada. No hay nada que decir.
La oficina del entrenador Miller es pequeña y huele a café rancio y cinta de vídeo vieja. Él está de pie, de espaldas a mí, mirando por la ventana que da a la pista ahora vacía.
—Cierra la puerta, Killian —dice, sin darse la vuelta.
Hago lo que me pide. El sonido del pestillo encajando se siente definitivo, como la tapa de un ataúd cerrándose.
—¿En qué demonios estabas pensando? —se gira bruscamente, con el rostro enrojecido por la contención—. No, no contestes. Sé en qué pensabas. No pensabas. Estabas sintiendo. Y ese es tu problema, Vane. Sientes demasiado. Dejas que la rabia te ciegue.
—Él me provocó, entrenador. Me llamó…
—¡Me importa un bledo lo que te llamara! —ruge Miller, golpeando su escritorio con el puño—. Eres el capitán. Se supone que eres el líder, el tipo que mantiene la cabeza fría cuando todos los demás la pierden. Y en lugar de eso, actúas como un animal acorralado.
Guardo silencio. No hay excusas. Mis puños hablaron por mí, y ahora mi carrera está pagando el precio.
—El consejo directivo está furioso, Killian. La prensa local te está destrozando. Los ojeadores de la NHL… bueno, digamos que acaban de borrar tu nombre de varias listas de prioridades. Ven talento, sí, pero también ven un riesgo, un problema de responsabilidad que no quieren en sus vestuarios millonarios.
Sentí una opresión en el pecho, como si el aire se hubiera vuelto sólido. Mi madre. Todo esto era por ella. Por sacarla del apartamento de dos habitaciones que olía a humedad, por darle la vida que se merecía. Y yo acababa de tirarlo todo por la borda por treinta segundos de orgullo herido.
—He logrado contenerlos, por ahora —continúa Miller, su voz suavizándose ligeramente—. Les he prometido que tomaré medidas drásticas. Y las tomaré.
Me mira directamente a los ojos, y veo una mezcla de decepción y determinación.
—Estás suspendido por los próximos tres partidos. No entrenarás con el primer equipo. Te quedarás en la grada, viendo cómo tus compañeros juegan sin ti. Y si vuelves a levantar un puño fuera del hielo, o incluso dentro si no es en una pelea legítima sancionada por las reglas, estás fuera. Fuera del equipo, fuera de la universidad, fuera de todo.
—Entendido, entrenador —mi voz suena extraña, mecánica.
—Pero eso no es todo —Miller se sienta en su silla y saca una carpeta—. Tus notas, Killian. Son un desastre. Historia del Arte, Literatura… estás a punto de reprobarlas todas. Y si no mantienes un promedio mínimo, la universidad te retirará la beca. No importa lo bueno que seas en el hielo si no puedes leer un libro.
Tiré la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Los libros eran el territorio de mi madre, no el mío. Yo entendía la física del hielo, la geometría de un pase, la psicología del miedo. No la rima asonante o la influencia del cubismo.
—Te he conseguido una tutora —dice Miller, deslizando la carpeta hacia mí—. Es la mejor de la facultad. Se llama Mía Sterling. Dicen que puede enseñar a leer a un poste de teléfono.
—¿Mía Sterling? —el nombre me suena vagamente. Creo que la he visto en la biblioteca, siempre escondida tras una montaña de libros, con gafas de montura fina y un aire de timidez que grita "no me hables".
—Sí. Ella ha aceptado, a regañadientes, supongo. Y tú vas a aceptar, agradecido. Te reunirás con ella tres veces a la semana. Y si ella dice que no estás cooperando, si te saltas una sesión o si no mejoras tus notas… bueno, ya sabes lo que pasará.
Tomé la carpeta. La foto de Mía Sterling me miraba desde la primera página. Ojos grandes, castaños, una expresión de concentración casi dolorosa. Parecía frágil, como si un soplido fuerte pudiera romperla. Y yo era un huracán de fuerza y rabia.
—Es tu última oportunidad, Killian —dice Miller, su voz llena de una gravedad final—. No la desperdicies. No me decepciones. No te decepciones a ti mismo.
Salí de la oficina del entrenador, con la carpeta Sterling apretada contra mi pecho. El vestuario estaba vacío ahora. Me senté en mi banco, frente a mi taquilla. Me quité los patines, sintiendo el dolor en mis pies y la humillación en mi alma.
La suspensión. El ultimátum. Y ahora, una tutora que parecía la antítesis de todo lo que yo era.
Me imaginé a Mía Sterling, con sus libros y sus gafas, intentando enseñarme Literatura. La risa se me atascó en la garganta. No tenía gracia. Era patético.
Pero no tenía opción. Tenía que hacerlo por mi madre. Tenía que hacerlo por mi futuro.
Me levanté y caminé hacia las duchas, con la carpeta Sterling bajo el brazo. El agua fría me golpeó el rostro, lavando el sudor y la sangre, pero no la rabia.
El ruido del silencio había terminado. El juego había cambiado. Y yo estaba a punto de descubrir que la batalla más dura no se libraba en el hielo, sino en la biblioteca, con una chica que parecía invisible pero que tenía el poder de salvarme… o destruirme.