Territorio Hostil
Killian
Mi apartamento no es el lugar para una chica como Mía Sterling.
Está ubicado en un cuarto piso sin ascensor, encima de un taller mecánico que escupe olor a aceite y metal a todas horas. El suelo de madera cruje bajo mis botas y las paredes tienen esa capa de pintura amarillenta que el tiempo no perdona.
Cuando abro la puerta, me hago a un lado para dejarla pasar. Observo su reacción, esperando que arrugue la nariz o que busque una salida de emergencia. Pero Mía entra con una calma que me desquicia. Sus zapatos caros golpean el linóleo desgastado mientras deja su bolso de diseñador sobre mi mesa de comedor, que en realidad es una puerta vieja sostenida por caballetes.
—No hay servicio de té, Sterling —gruño, cerrando la puerta con el pie—. Y si buscas un lugar para colgar tu abrigo de cachemira, usa el respaldo de la silla.
Ella se gira, quitándose las gafas para limpiarlas con el borde de su jersey.
—He visto peores lugares, Killian. Al menos aquí no hay cámaras de seguridad ni personal de servicio informando de cada uno de tus movimientos —responde, volviéndose a poner las gafas. Sus ojos recorren mi sala: mis pesas en un rincón, una pila de camisetas de entrenamiento y mi bolsa de hockey abierta, soltando ese olor a hielo y esfuerzo que llena el aire.
—Bien. Hablemos de negocios —me siento en el sofá, estirando las piernas. La tela está rota en un brazo, pero es cómodo—. Si vamos a hacer esta estupidez de la relación falsa, necesito saber las reglas. No quiero que me demandes por tocarte el brazo en público o algo así.
Mía saca una libreta pequeña. Por supuesto que trae una libreta.
—Regla número uno —dice, con voz clara—: Exclusividad total. Ante el ojo público, somos una pareja real. Eso significa que no puedes ser visto con otras chicas en los bares de deportistas. Mi familia tiene ojos en todas partes; si te ven con otra, el trato se rompe.
—Adiós a mi vida social. Genial —murmuro con sarcasmo—. Mi turno. Regla número dos: Mi mundo, mis reglas. Si vamos a un evento de hockey, haces lo que yo digo. No te alejas de mí. Hay tipos que beben demasiado y no quiero tener que romperle la cara a medio estadio porque creen que eres una presa fácil.
Ella asiente, anotándolo.
—Regla número tres: Contacto físico. —Se detiene un segundo y traga saliva. Es la primera vez que la veo dudar—. Tendremos que darnos la mano, tal vez abrazarnos... y mi padre esperará que nos besemos si estamos en un evento familiar. Necesito que parezca que estás... —se queda callada, buscando la palabra.
—¿Obsesionado contigo? —termino la frase por ella, levantándome del sofá. Me acerco lentamente, invadiendo su espacio personal. Mía no retrocede, aunque veo cómo su pecho sube y baja más rápido bajo su blusa—. No es difícil, Sterling. Eres bonita de esa forma aburrida y perfecta que a los tipos como yo les gusta corromper. Puedo fingir obsesión.
La atmósfera en la habitación cambia. El ruido del taller de abajo desaparece. Solo escucho su respiración.
—Entonces, ¿un beso? —pregunta ella en un susurro.
—Solo si es necesario para el show —respondo, aunque mi mirada baja a sus labios sin querer—. Pero hay una regla de oro, Mía. La más importante.
—¿Cuál?
—No te enamores. —Le doy una sonrisa ladeada, esa que uso para desarmar a mis rivales—. Soy un desastre, un tipo de barrio con un palo de hockey y demasiada rabia. No soy el héroe que te saca de la torre; soy el incendio que la quema.
Mía sostiene mi mirada con una intensidad que no esperaba. No hay miedo en sus ojos, hay una chispa de rebelión que me quema la piel.
—No te preocupes, Killian —dice, guardando su libreta—. No busco un héroe. Busco un arma. Y tú eres la más letal que he encontrado.