Cena con el Diablo
Mía
La mansión de mis padres nunca se había sentido tan fría. El mármol blanco parecía hielo bajo mis pies mientras subía las escaleras, pero esta vez no estaba sola. Detrás de mí, escuchaba el paso pesado de las botas de Killian.
Él no se había puesto un traje. Se había negado rotundamente. Llevaba unos vaqueros negros impecables, una camisa oscura con las mangas remangadas —dejando a la vista sus tatuajes— y esa expresión de "me importa un bledo tu dinero" que era su mejor arma.
—Recuerda —le susurré antes de entrar al comedor—, mi padre atacará tu intelecto. No dejes que te provoque.
—Sterling —me detuvo él, tomándome del mentón para que lo mirara—. He recibido golpes de tipos de cien kilos. Tu viejo y sus palabras elegantes no son nada.
Al entrar, mi padre ya estaba sentado a la cabecera, con una copa de coñac en la mano. Alistair estaba allí también, sentado a su derecha como el hijo que mi padre siempre quiso.
—Mía —dijo mi padre sin mirarme—. Siéntate. Y dile a tu... acompañante, que puede esperar en la cocina con el personal.
Sentí que la sangre se me congelaba, pero Killian no esperó mi reacción. Caminó hacia la mesa, apartó la silla que estaba justo frente a Alistair y se sentó con una parsimonia insultante.
—Prefiero comer aquí —dijo Killian, con su voz profunda resonando en el salón—. La comida de los ricos siempre me ha dado curiosidad. ¿Es tan insípida como sus conversaciones?
Mi padre dejó la copa con un golpe seco.
—Señor Vane, tengo entendido que su carrera depende de un hilo. Un solo informe mío al rector y estará fuera de esta universidad.
—Y yo tengo entendido —intervine, con una voz que ni yo misma reconocía— que si Alistair se casa conmigo bajo un escándalo de prensa, vuestras acciones caerán en picado. Killian es mi novio. Si él se va, yo me voy con él. Y les aseguro que a los periódicos les encantará la historia de la heredera Sterling fugada con el capitán de hockey.
El silencio fue absoluto. Por primera vez en mi vida, vi una grieta en la máscara de mi padre. Killian me miró de reojo, y por un segundo, vi un destello de respeto genuino en sus ojos grises. El pacto ya no era solo papel; estábamos en las trincheras.