El Santuario de Goma y Hielo
Mía
Correr nunca ha sido lo mío, pero hoy mis pulmones arden con una urgencia que no tiene nada que ver con el ejercicio físico. Esquivo a los estudiantes que bajan de las gradas, ignorando las miradas de confusión. Siento los pasos pesados de los hombres de mi padre detrás de mí; sus trajes oscuros son manchas de petróleo en un mar de camisetas blancas y azules.
—¡Señorita Sterling, deténgase! —grita uno de ellos.
No lo hago. Giro en un pasillo lateral, empujando una puerta doble que reza: SOLO PERSONAL AUTORIZADO Y JUGADORES.
El aire aquí es distinto. Es denso, húmedo y huele a una mezcla de desinfectante y esfuerzo. Me adentro en las entrañas del estadio, siguiendo el sonido de las cuchillas metálicas contra el suelo de goma. Encuentro la puerta del vestuario local y entro sin llamar.
El silencio me recibe como una bofetada.
Killian está solo. Sus compañeros aún deben de estar celebrando en el hielo o atendiendo a la prensa. Él está sentado en su banco, con el torso desnudo y cubierto de una fina capa de sudor que brilla bajo las luces fluorescentes. Se está desatando los patines, pero se detiene en seco al verme.
—¿Mía? —Su voz suena rasposa, cargada de la adrenalina del partido—. ¿Qué haces aquí? No puedes estar en los vestuarios.
Cierro la puerta y pongo el pestillo con manos temblorosas. Me apoyo contra la madera, intentando recuperar el aliento.
—Están afuera —consigo decir—. Los hombres de mi padre. Querían... querían llevarme a casa por la fuerza.
Killian se pone de pie en un movimiento fluido. A pesar de que no lleva los patines, sigue pareciendo un gigante. Se acerca a mí, y por primera vez, no hay rastro de sarcasmo en su rostro. Solo una furia protectora que hace que sus ojos grises parezcan mercurio líquido.
—¿Te han tocado? —pregunta, su voz bajando a un nivel peligroso.
—No. He corrido —respondo, bajando la mirada hacia mis manos, que aún tiemblan—. Killian, esto se está saliendo de control. Mi padre no va a parar. Alistair no va a parar.
Él acorta la distancia entre nosotros. Puedo sentir el calor que emana de su piel, el aroma a jabón y a esa intensidad que solo él posee. Coloca sus manos grandes en mis hombros, obligándome a enderezarme.
—Mírame, Sterling —ordena. Lo hago. Su mirada me ancla al suelo—. Nadie va a sacarte de aquí si tú no quieres. Estás en mi casa ahora. Y en mi casa, yo soy la ley.
Me quedo sin palabras. La vulnerabilidad que he estado escondiendo bajo capas de educación y protocolo empieza a desmoronarse. Sin pensarlo, doy un paso hacia adelante y apoyo la frente contra su pecho desnudo. Está caliente y su corazón late con una fuerza rítmica, como un tambor de guerra que me promete seguridad.
Siento cómo Killian se tensa. Sus músculos se vuelven de piedra bajo mi piel. Durante un segundo eterno, creo que va a apartarme, que va a recordarme la "regla de oro" de no enamorarnos. Pero entonces, sus brazos me rodean, envolviéndome en un abrazo que me hace sentir, por primera vez en veinte años, que no tengo que sostener el mundo yo sola.
—Gracias por no pelear hoy —susurro contra su piel.
—Lo hice por ti —admite él, y su voz vibra en mi propia garganta—. Solo por ti, Mía. Porque no quería que me vieras como el monstruo que ellos dicen que soy.
Me separo apenas unos centímetros para mirarlo. El aire entre nosotros está cargado de algo más que gratitud o alivio. Es una corriente eléctrica que nos atrae como imanes. Killian baja la vista hacia mis labios y, por un instante, el contrato, el hockey y la familia Sterling dejan de existir. Solo estamos nosotros, en este santuario de goma y hielo, aprendiendo que algunas mentiras empiezan a sentirse demasiado verdaderas.