La Huida en Dos Ruedas
Killian
Mía está temblando. No es de frío, es de esa adrenalina pura que te golpea cuando finalmente decides dejar de ser una víctima. La tengo entre mis brazos en medio del vestuario y, por un segundo, la "regla de oro" que yo mismo impuse me quema la garganta. No debería querer apretarla más fuerte. No debería querer que este momento no terminara.
Golpes secos resuenan en la puerta metálica.
—¡Señorita Sterling! Sabemos que está ahí. El señor Sterling ha dado órdenes claras. Abra la puerta o llamaremos a la seguridad del campus.
Mía levanta la vista hacia mí, con los ojos cargados de un pánico que me revuelve las tripas. Esos tipos creen que pueden entrar en mi santuario y llevarse lo que quieran. No tienen ni idea de con quién están tratando.
—Escúchame, ratón de biblioteca —le susurro, pegando mi frente a la suya—. Confía en mí. ¿Sabes montar en moto?
Ella parpadea, confundida.
—¿Qué? No, yo... yo nunca...
—Hoy es el día. Pon esto.
Le paso mi sudadera negra con capucha, la que tiene el logo desgastado de los Warriors. Le queda gigante, cubriendo su ropa cara y ocultando su identidad. Yo me pongo una camiseta limpia a toda prisa y agarro mis llaves.
No salimos por la puerta principal. Hay un conducto de ventilación y una salida de emergencia que da directamente al muelle de carga, donde los camiones de mantenimiento descargan el hielo seco. Es un laberinto de pasillos oscuros que conozco de memoria desde que era un novato.
Salimos al aire gélido de la noche. Mi Ducati negra ruge cuando le doy vida, un sonido gutural que rompe el silencio del callejón.
—Súbete —le ordeno, pasándole el casco de repuesto—. Y no me sueltes. Si me sueltas, te caes. Y no voy a dejar que te caigas.
Mía se sube con torpeza, rodeando mi cintura con sus brazos delgados. Siento su agarre firme, casi desesperado, contra mi abdomen. Arranco antes de que los hombres de negro doblen la esquina.
La ciudad de noche es un borrón de luces de neón y sombras. Acelero, sintiendo el viento azotarnos, dejando atrás la universidad, las expectativas de su padre y la sombra de Alistair. Mía esconde la cara contra mi espalda y, por primera vez, no siento la rabia que suele acompañarme. Siento... libertad.
La llevo a "El Mirador", un trozo de asfalto olvidado en la colina más alta, desde donde se ve toda la ciudad como si fuera un tablero de juguete. Apago el motor. El silencio que sigue es casi ensordecedor.
Mía se quita el casco, con el pelo alborotado y las mejillas encendidas por el frío y la velocidad. Mira las luces de abajo y luego me mira a mí.
—Nadie sabe que estoy aquí —dice, y hay una nota de asombro en su voz—. Por primera vez en mi vida, nadie sabe dónde estoy.
—Bienvenida al mundo real, Sterling —respondo, apoyándome en el asiento de la moto—. Aquí arriba no eres una heredera ni una pieza de ajedrez. Solo eres una chica que acaba de escapar de la cárcel.
Ella camina hacia el borde de la barandilla, respirando hondo. Se gira hacia mí, y la luz de la luna hace que sus ojos parezcan cristales rotos.
—¿Por qué me ayudas, Killian? Esto ya no es por tus notas. Estás arriesgando tu beca por enfrentarte a mi padre.
Me acerco a ella, sintiendo que el aire se vuelve más denso.
—Porque odio las jaulas, Mía. Y porque ver cómo te miran esos tipos me hace querer quemar el mundo entero.
Estamos a centímetros de distancia. El trato dice que solo debemos fingir en público, pero aquí, donde nadie nos ve, la mentira se siente más pesada que cualquier verdad.