La Regla de Oro Hecha Pedazos
Killian
El silencio del mirador es traicionero. Abajo, la ciudad parpadea como un circuito impreso, ajena a que la heredera de los Sterling está aquí, envuelta en mi sudadera vieja y oliendo a la adrenalina del asfalto.
Mía se abraza a sí misma, temblando un poco por la brisa helada. Me acerco, no porque deba, sino porque mis pies parecen tener voluntad propia cuando ella está cerca.
—Tienes frío —digo, y mi voz suena más grave de lo normal, rompiendo la quietud de la noche.
—No es frío, Killian —responde ella, girándose para mirarme. Sus ojos están muy abiertos, brillantes bajo la luz de la luna—. Es... es que nunca me había sentido tan despierta. Mi vida entera ha sido un guion escrito por otros. Esta noche, por primera vez, no sé qué va a pasar en la siguiente página.
Doy un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que nuestras sombras se funden en el suelo de cemento. La distancia entre nosotros es un campo de minas. Un movimiento en falso y todo el plan de la tutoría, la relación falsa y el futuro profesional saltará por los aires.
—Te dije que no te enamoraras, Sterling —le recuerdo, aunque mis palabras suenan más como una advertencia para mí mismo que para ella—. Te dije que soy un incendio.
Mía no retrocede. Al contrario, inclina la cabeza hacia atrás, desafiándome con esa valentía silenciosa que me vuelve loco.
—Tal vez estoy cansada de vivir en el invierno, Killian. Tal vez necesito que algo se queme.
Eso es todo lo que necesito oír.
Mi mano se dispara hacia su nuca, enredándose en su cabello castaño con una urgencia que me asusta. No es un toque delicado; es el agarre de alguien que ha pasado demasiado tiempo conteniéndose. Ella deja escapar un pequeño suspiro, un sonido que se pierde contra mis labios cuando finalmente la beso.
Sabe a libertad. Sabe a rebelión.
Mía se aferra a las solapas de mi chaqueta, tirando de mí como si tuviera miedo de que me desvaneciera. Sus labios son suaves, pero su respuesta es feroz, respondiendo a mi hambre con una desesperación que iguala la mía. En el hielo soy una bestia, pero aquí, con ella, me siento como un hombre que acaba de encontrar el norte en medio de una tormenta.
El beso se vuelve más profundo, más real de lo que cualquier contrato podría permitir. Mis manos bajan por su espalda, atrayéndola contra mi cuerpo hasta que no queda un ápice de aire entre nosotros. Puedo sentir los latidos de su corazón contra mi pecho, una percusión salvaje que marca el ritmo de nuestra propia destrucción.
Cuando finalmente me separo, solo unos milímetros, nuestras respiraciones se mezclan en el aire frío, creando pequeñas nubes de vapor.
—Eso no estaba en el contrato —susurro contra sus labios.
Mía me mira, con los labios hinchados y los ojos cargados de una determinación que me hace querer protegerla del mundo entero.
—Al diablo con el contrato, Killian —responde ella, con un hilo de voz—. Al diablo con todo lo demás.
En ese momento lo supe. Ya no estábamos fingiendo. Y la guerra que acabábamos de desatar contra su familia y mi carrera iba a ser mucho más sangrienta de lo que habíamos imaginado.