Filo contra el Miedo
Killian
Son las cuatro de la mañana. La universidad duerme bajo una capa de niebla espesa, pero la pista de hockey del campus vibra con una luz azulada y fantasmal. He usado mi llave de capitán para entrar. Aquí no hay cámaras de seguridad activas a esta hora, ni hombres de negro, ni padres con complejos de Dios. Solo el olor a ozono y el frío que te muerde los huesos.
Mía camina a mi lado, envuelta en tres capas de ropa y con los patines que le he prestado colgando del hombro. Se ve pequeña bajo los focos de alta intensidad.
—¿Por qué estamos aquí, Killian? —pregunta, y su voz rebota en las gradas vacías—. Apenas puedo mantenerme en pie sobre el hielo, y mucho menos aprender a patinar ahora.
—No te he traído para que seas una patinadora artística, Sterling —respondo, saltando la valla y cayendo sobre el hielo con un sonido seco—. Te he traído porque el hielo es el único lugar donde la gravedad es igual para todos. Si aprendes a controlar el equilibrio aquí, Alistair no podrá volver a desestabilizarte.
Le tiendo la mano. Ella duda, pero finalmente la toma. Su piel está helada, pero el contacto me envía una descarga eléctrica que me recuerda el beso del mirador. La ayudo a entrar en la pista. Sus piernas tiemblan y se aferra a mi brazo como si fuera un naufrago.
—Mírame —le ordeno, obligándola a soltar la valla—. Deja de mirar tus pies. El miedo siempre te hace mirar hacia abajo. Mira al frente. Mira mi pecho.
Poco a poco, la guío por el centro de la pista. El deslizamiento de nuestras cuchillas es el único sonido en el estadio.
—Tu padre y Alistair usan el miedo como una correa, Mía —le digo, bajando la voz—. Te hacen creer que eres frágil. Pero anoche corriste. Anoche les dijiste que no. Eso no es fragilidad. Eso es acero que aún no ha sido templado.
Me detengo en seco y ella choca contra mí. La sostengo por la cintura, manteniéndola firme.
—Si Alistair vuelve a intentar llevarte por la fuerza, no vas a pedir permiso. Vas a usar su propio peso en su contra. Vas a plantar los pies así... —le muestro cómo posicionar las cuchillas para tener estabilidad—. Y vas a recordarle que tú ya no le perteneces.
Mía respira hondo, el vaho sale de sus labios en pequeñas nubes. Su mirada cambia; la timidez de la biblioteca desaparece para dar paso a una determinación gélida que me hace sonreír por dentro.
—Enséñame —dice ella, con una voz que ya no tiembla—. Enséñame a ser tan peligrosa como tú.
Pasamos las siguientes dos horas en un baile de caídas y levantadas. Le enseño a caer sin hacerse daño, a usar la inercia, a no retroceder cuando alguien carga contra ella. En el proceso, nuestras manos se buscan, nuestros cuerpos chocan y la tensión sexual que intentamos ignorar se vuelve casi insoportable.
En un momento, ella pierde el equilibrio y caemos los dos. Termino sobre ella, con mis manos a los lados de su cabeza y el hielo quemándonos la espalda. Mía se ríe, una risa limpia y real que nunca había escuchado.
—Hecho —digo, jadeando, mirándola a los ojos—. Ahora tienes el fuego del mirador y el hielo de la pista en las venas. Que intenten detenerte ahora.
Ella deja de reír y me rodea el cuello con los brazos, atrayéndome hacia ella.
—Gracias, Killian. Por enseñarme que no tengo que ser perfecta para ser fuerte.
Estamos en el centro de la pista, en la oscuridad de la madrugada, y sé que después de esta noche, ya no hay vuelta atrás. Somos dos náufragos que han encontrado una balsa de hielo.
Holaaa, espero estén disfrutando de la historia, pido disculpas por no actualizar, la conexión a Internet no esta funcionando bien, por eso les traigo dos capítulos, espero y los disfruten.