Bajo el hielo

Capitulo 11

Fantasmas de Asfalto

Mía

El apartamento de Killian se siente distinto esta mañana. Tras el entrenamiento en la pista, el frío de mis huesos se ha transformado en un calor persistente que nada tiene que ver con la calefacción deficiente. Estoy sentada en su mesa de "puerta vieja", bebiendo un café amargo en una de sus tazas desportilladas, mientras él se ducha.

El sonido del agua es el único ruido, hasta que alguien golpea la puerta. Tres toques secos, rítmicos, autoritarios.

No es la policía. No es Jax. Sé quién es antes de abrir.

Cuando giro el pomo, Alistair está allí. No parece el hombre derrotado del estacionamiento. Tiene una sonrisa ladeada, esa que usa cuando sabe que tiene el as de picas bajo la manga. Entra sin pedir permiso, arrugando la nariz ante el olor a gimnasio y humedad.

—Vaya, Mía. Realmente has caído bajo —dice, recorriendo con la mirada la sudadera de Killian que aún llevo puesta—. De un palacio a una guarida de ratas. Tu padre está... decepcionado. Pero yo estoy fascinado.

​—Vete de aquí, Alistair —mi voz suena firme, gracias a las horas de equilibrio en el hielo—. No tienes nada que hacer en este lugar.

—Oh, creo que sí. He venido a traerte un poco de realidad. —Saca un sobre de cuero de su maletín y lo lanza sobre la mesa—. ¿Tu "caballero de armadura oxidada" te ha contado cómo se financia su carrera? ¿O de dónde sacó el dinero para esa cirugía que le salvó la vida a su madre hace dos años?

Me quedo helada. Killian sale del baño en ese momento, con una toalla alrededor de la cintura y el pelo goteando. Al ver a Alistair, sus músculos se tensan instantáneamente. Sus ojos grises se clavan en el sobre.

​—Él no es un héroe, Mía —continúa Alistair, acercándose a mí—. Es un delincuente que usó el dinero de gente muy peligrosa para comprarse una vida. Y esa gente ha venido a cobrar. Tu padre ha pagado la deuda de Killian esta mañana. Ahora, él le pertenece a los Sterling. Si no te vienes conmigo ahora mismo y anuncias el compromiso, Killian terminará en una celda antes de que anochezca. O peor... en el fondo de un río.

El mundo parece dar vueltas. Killian no me mira. Tiene la vista fija en el suelo, con los puños cerrados hasta que sus nudillos vendados empiezan a sangrar de nuevo.

​—¿Es verdad? —le pregunto, con la voz apenas audible.

Killian finalmente levanta la vista. Hay un dolor crudo y una vergüenza que nunca pensé ver en él.

—Lo hice por ella, Mía. No tenía otra opción.

​Alistair extiende su mano hacia mí, triunfante.

—Toma una decisión, querida. Salva a tu mascota o húndete con él.




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