Bajo el hielo

Capitulo 12

Cenizas y Acero

Killian

​El aire en mi apartamento se ha vuelto irrespirable. La presencia de Alistair contamina cada rincón con su perfume caro y su arrogancia de sangre azul. Me quedo ahí, medio desnudo, con el agua de la ducha enfriándose en mi piel y el peso de mis pecados golpeándome la cara.

​Tenía razón. Soy basura. Robé ese dinero. Me metí en peleas clandestinas para que mi madre no muriera en una lista de espera de un hospital público. Y ahora, ese pasado es la soga con la que están ahorcando a Mía.

​—Vámonos, Mía —dice Alistair, extendiendo su mano con una suficiencia que me hace querer arrancarle la cabeza—. Deja que este animal se hunda solo. Es lo que mejor sabe hacer.

Mía no se mueve. Mira el sobre de cuero sobre la mesa. Mira mis nudillos ensangrentados. Y luego, levanta la vista hacia Alistair. Hay algo en sus ojos que no estaba allí hace una semana. Es una frialdad absoluta, un invierno que yo mismo le enseñé a canalizar.

​—¿Crees que esto me asusta, Alistair? —pregunta ella, y su voz es tan afilada como una cuchilla de patín.

​—Debería. Tu padre puede destruir su vida con una sola llamada.

Mía camina hacia la mesa. Toma el sobre. Por un segundo, creo que va a aceptar, que va a cruzar esa puerta y yo me quedaré aquí, rompiendo las paredes hasta que no quede nada. Pero entonces, saca un encendedor Zippo de mi estantería —el que uso para quemar los hilos sueltos de mis vendas— y, con una calma aterradora, prende fuego a una esquina del sobre.

Alistair abre los ojos de par en par, dando un paso adelante.

—¡¿Qué diablos haces?! ¡Esa es la prueba de su...!

—Es papel, Alistair. Solo papel —Mía suelta el sobre en llamas dentro del fregadero de metal. El humo empieza a llenar la cocina—. Me importa un bledo de dónde sacó el dinero. Lo hizo por amor. Algo que tú y mi padre nunca entenderéis porque solo amáis los números en una cuenta bancaria.

Ella se gira hacia él, ignorando las llamas que devoran mi pasado a sus espaldas.

—Y ahora, escúchame bien. Si mi padre intenta denunciar a Killian, yo iré a la prensa. Les contaré cómo los Sterling lavan dinero a través de sus fundaciones benéficas. Les daré las claves de las cuentas en las que mi padre me obligó a firmar el año pasado para "diversificar activos". Si él cae, tú caes. Y si tú caes, tu carrera política termina antes de empezar.

Alistair retrocede, lívido. La chica tímida de la biblioteca acaba de ponerle un cuchillo en la garganta al heredero del estado.

​—Estás loca —escupe él, con la voz temblorosa—. Te va a desheredar. Te vas a quedar sin nada. Vas a terminar viviendo en este vertedero con un matón que no tiene futuro.

​Mía camina hacia mí y entrelaza sus dedos con los míos. Su mano es pequeña, pero su agarre es puro acero.

—Prefiero vivir en este "vertedero" siendo libre, que en tu mansión siendo una esclava. Ahora, fuera de aquí. Antes​Alistair me lanza una mirada de puro odio, pero ve mi expresión y sabe que estoy a un milímetro de perder el control. Se da la vuelta y sale del apartamento, dando un portazo que hace vibrar las ventanas.

​Alistair me lanza una mirada de puro odio, pero ve mi expresión y sabe que estoy a un milímetro de perder el control. Se da la vuelta y sale del apartamento, dando un portazo que hace vibrar las ventanas.

​El silencio vuelve, roto solo por el chisporroteo del papel quemado en el fregadero. Me giro hacia Mía, todavía procesando lo que acaba de pasar.

​—Mía... lo que has dicho... las cuentas de tu padre... ¿es verdad? —le pregunto, con la voz quebrada.

​Ella me mira, y por fin, la máscara de hielo se rompe. Sus ojos se llenan de lágrimas, pero no de miedo, sino de alivio.

​—No tengo ni idea de las claves, Killian —confiesa con una media sonrisa temblorosa—. He faroleado. Pero él no lo sabe. Y mi padre tiene demasiados secretos como para arriesgarse a comprobar si miento.

La atraigo hacia mí en un abrazo desesperado, escondiendo mi rostro en su cuello. La "regla de oro" ya no es que esté rota; es que ha dejado de existir. Ella acaba de quemar su puente de regreso a casa por mí.

—Ahora sí que estamos en guerra, Sterling —le susurro.

​—Entonces —responde ella, abrazándome con fuerza—, espero que tu equipo de hockey sea tan bueno peleando fuera del hielo como dentro.




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