El Refugio de los Desterrados
Killian
La ciudad se desvanece en el espejo retrovisor, convertida en un nudo de luces que ya no nos pertenecen. He conducido durante tres horas por carreteras secundarias, evitando las autopistas principales donde las cámaras de seguridad podrían rastrear la matrícula de mi moto. Mía viaja pegada a mi espalda, sus manos entrelazadas con fuerza sobre mi estómago, como si yo fuera el único ancla en un mundo que acaba de volverse líquido.
Llegamos a la cabaña cuando la luna ya está en lo más alto. Está situada en un claro rodeado de pinos centenarios que susurran secretos con el viento. Huele a resina, a tierra mojada y a ese silencio que solo existe donde la civilización no llega.
—Es... humilde —digo, ayudándola a bajar de la moto. Mis piernas están entumecidas por el frío del viaje—. Mi abuelo la construyó con sus propias manos. Aquí es donde me traía cuando me metía en problemas de niño.
Mía se quita el casco y mira la estructura de madera oscura. No hay rastro de la chica de sociedad que despreciaría un lugar así. Sus ojos brillan con una mezcla de cansancio y fascinación.
—Es perfecta, Killian. Aquí nadie puede oírnos. Nadie puede pedirnos que seamos lo que no somos.
Entramos y el aire huele a madera vieja y a tiempo detenido. Enciendo la chimenea con movimientos expertos, y pronto las llamas lamen los leños, proyectando sombras danzantes en las paredes. Mía se sienta en una alfombra de lana frente al fuego, todavía envuelta en mi sudadera. Parece una aparición, una mota de luz en medio de mi oscuridad.
—Killian —dice ella, sin apartar la vista del fuego—, lo que dije en el apartamento... no fue solo un farol para asustar a Alistair. Lo dije en serio. Ya no quiero volver. Aunque mi padre me perdone, esa vida está muerta para mí.
Me arrodillo a su lado, sintiendo el calor del fuego en mi rostro.
—Te has quedado sin nada por mi culpa, Mía. Tu herencia, tu apellido... todo lo que se supone que debía ser tu futuro.
Ella se gira y me pone una mano en la mejilla. Sus dedos están calientes ahora.
—Tú eres mi futuro. Por primera vez, yo elijo el hielo por encima del cristal.
No puedo evitarlo. La beso, pero esta vez no hay urgencia, ni rabia, ni público. Es un beso lento, profundo, que sabe a promesa. Mis manos recorren su espalda y ella se inclina hacia mí, buscando el contacto como si fuera oxígeno.
—Si nos quedamos aquí —susurro contra sus labios—, el mundo seguirá ahí fuera esperándonos. Tu padre no se rendirá. Alistair usará todo lo que tiene.
—Que vengan —responde ella, deshaciendo los botones de mi camisa con una lentitud que me quema—. Esta noche no hay Sterling, ni Vane, ni hockey, ni política. Solo estamos nosotros.
En la penumbra de la cabaña, rodeados por el rugido del fuego y el susurro de los pinos, la "regla de oro" termina de pulverizarse. Ya no somos dos personas fingiendo un pacto; somos dos almas que han decidido arder juntas antes de permitir que otros decidan su final.