El Eco del Escándalo
Mía
El flash de las cámaras todavía baila detrás de mis párpados mientras el ascensor del hotel desciende hacia el estacionamiento. El silencio entre Killian y yo es denso, cargado de una adrenalina que empieza a transformarse en un temblor residual en mis manos.
Acabamos de lanzar una granada en el centro del imperio Sterling. Mañana, los titulares no hablarán de mi compromiso con Alistair, sino del fraude que cimentó nuestra fortuna.
—Has estado increíble, Sterling —dice Killian. Su voz es ronca, y cuando me mira, ya no veo al chico que solo quería salvar su beca. Veo a un hombre que finalmente ha reclamado su nombre.
—Él no se va a quedar de brazos cruzados, Killian —respondo, apoyando la espalda contra el espejo del ascensor—. Mi padre es como un tiburón: si sangra, muerde más fuerte. Ahora que sabe que tengo esos documentos, hará lo que sea por recuperarlos.
Killian se acerca, atrapándome entre sus brazos y la pared del ascensor. El olor a su perfume caro mezclado con el sudor frío de la tensión es embriagador.
—Que lo intente. Ya no estás en su jaula. Y yo ya no soy un peón en su juego.
Las puertas se abren y caminamos hacia su moto, pero el estacionamiento, usualmente vacío a esta hora, tiene un invitado inesperado. Alistair nos espera apoyado en su coche, con la corbata deshecha y una expresión de furia que nunca le había visto. El "caballero perfecto" ha desaparecido; solo queda el animal político herido.
—¿Crees que has ganado, Mía? —sisea Alistair mientras nos acercamos—. ¿Crees que por exponer un papel viejo vas a destruir lo que nos tomó décadas construir?
—He destruido tu reputación, Alistair —le digo, pasando por su lado—. Mañana serás el hombre que iba a casarse con la hija de un estafador. Ningún partido te querrá en sus filas.
—Tal vez —responde él con una sonrisa gélida que me detiene en seco—. Pero tu "campeón" tiene un problema mayor. El rector de la universidad recibió una llamada hace diez minutos. Han encontrado sustancias prohibidas en tu taquilla del vestuario, Vane. "Mejoras de rendimiento", las llaman.
Killian se tensa tanto que parece de piedra.
—Eso es mentira. Yo no toco esa mierda.
—La verdad no importa cuando las pruebas están ahí, firmadas por dos testigos del equipo de limpieza —Alistair se endereza, ajustándose la chaqueta—. Mañana no solo estarás fuera del equipo. Estarás fuera de la liga. De por vida. Un Sterling siempre gana, Mía. Incluso si tiene que quemar el tablero para hacerlo.
Alistair sube a su coche y arranca, dejándonos en una nube de humo y un silencio sepulcral.
Miro a Killian. Tiene la mirada fija en el suelo, la misma mirada que tenía cuando pensó que su carrera se había terminado en el prólogo. Pero esta vez, no es su furia la que lo ha traicionado. Es la nuestra.
—Me han tendido una trampa —susurra él, y por primera vez, escucho miedo en su voz—. Mía, si me expulsan por dopaje, no hay perdón. Es el fin.
Tomo su rostro entre mis manos, obligándolo a mirarme.
—No si encontramos quién puso eso ahí. Tenemos 35 capítulos para ganar esta guerra, Killian. Y apenas vamos por la mitad.