Bajo el hielo

Capitulo 17

El Ojo de la Tormenta

Mía

La universidad a las dos de la mañana es un esqueleto de hormigón y sombras. El silencio del campus, que antes me resultaba reconfortante, ahora se siente opresivo, como si las paredes susurraran el nombre de Killian junto a la palabra "traición".

—Quédate en la moto, Killian —le ordeno mientras me ajusto la capucha de su sudadera—. Si te ven cerca del pabellón de deportes después de la acusación, dirán que has venido a destruir pruebas.

​Él aprieta el manillar de la Ducati, con los nudillos blancos. Su mandíbula está tan tensa que parece que va a estallar.

—No me gusta esto, Sterling. Es mi pelea, no la tuya.

—Tus puños no pueden borrar una grabación de seguridad, Killian. Mi pase de tutora avanzada sí —le pongo una mano en el brazo, sintiendo el calor de su piel—. Confía en mí. Por una vez, deja que yo sea el "Enforcer".

Camino hacia el edificio de administración atlética. Mi corazón golpea mis costillas con un ritmo frenético, pero mis pasos son firmes. En la entrada, el guardia nocturno, un hombre mayor llamado Silas que siempre me regala caramelos cuando estudio hasta tarde, levanta la vista de su crucigrama.

—¿Señorita Sterling? Es un poco tarde para tutorías, ¿no cree?

—Lo sé, Silas. He olvidado mi tableta en el cubículo de los archivos de becas. Tengo un examen a primera hora y todos mis apuntes están ahí. ¿Podrías dejarme pasar cinco minutos?

Silas me mira con duda, pero mi reputación de "estudiante perfecta" es mi mejor escudo. Suspirando, desliza su tarjeta por el lector.

—Cinco minutos, Mía. No me metas en líos.

Entro y corro por los pasillos alfombrados hasta la sala de control de datos. No es la oficina de seguridad principal, sino el nodo donde se gestionan las becas y las asistencias, que tiene acceso al servidor de cámaras del pabellón. Mis dedos vuelan sobre el teclado.

Acceso denegado

Acceso denegado

​Sudo frío. Alistair es inteligente; habrá bloqueado los accesos externos. Pero él no conoce el sistema de la universidad como yo. Entro a través del portal de la biblioteca, usando un túnel de datos que descubrí hace dos años para descargar libros prohibidos.

​—Vamos, vamos... —susurro.

La pantalla parpadea y, de repente, tengo ante mí las doce cámaras del pabellón de hockey. Retrocedo el tiempo. Seis horas atrás. Cuatro horas.

A las 11:45 PM, justo después del partido, cuando el vestuario debería estar vacío, una figura aparece en el pasillo norte. Lleva una gorra de los Warriors y se mueve con una familiaridad inquietante. No es Alistair. Es alguien del equipo.

La figura se detiene frente a la taquilla 17. La de Killian. Saca un paquete pequeño de su chaqueta y lo desliza por la ranura superior. Cuando se gira para salir, la luz de la salida de emergencia ilumina su rostro durante un segundo exacto.

Se me escapa el aire de los pulmones. No puede ser.

Es Jax. El mejor amigo de Killian. El portero que juró proteger su espalda.

Escucho pasos en el pasillo exterior. Silas viene a buscarme. Rápidamente, conecto mi unidad USB, copio el archivo y cierro todas las ventanas. Salgo de la oficina justo cuando el guardia dobla la esquina.

—¿La encontró? —pregunta Silas.

—Sí —respondo, apretando el USB en mi bolsillo—. Gracias, Silas. Me has salvado la vida.

Salgo al aire frío de la noche. Killian me espera en las sombras, con el motor apagado. Me acerco a él, pero mis piernas se sienten de plomo. ¿Cómo le digo que el único hombre en el que confiaba lo ha vendido por unas monedas de los Sterling?




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