El Peso del Puck
Killian
El hielo de la pista de entrenamiento está inusualmente duro hoy. O quizás es que yo estoy hecho de piedra. El sonido de los patines cortando la superficie suena como mil cristales rompiéndose bajo mis pies. Me ajusto los guantes, sintiendo el sudor frío bajando por mi espalda mientras veo a Jax colocarse frente a la portería.
Se ajusta la máscara. Esa rejilla metálica que antes me daba seguridad ahora parece la jaula de un animal traicionero.
—¡Vamos, Vane! —grita Jax, golpeando sus guardas con el palo—. ¡Enséñame qué tienes hoy! Pareces un abuelo patinandSus palabras suenan igual que siempre. Su tono es el mismo. Si no fuera por el vídeo que Mía me mostró, juraría que sigue siendo mi hermano. Y eso es lo que más me quema por dentro: lo bien que finge mientras me clava el puñal.
Sus palabras suenan igual que siempre. Su tono es el mismo. Si no fuera por el vídeo que Mía me mostró, juraría que sigue siendo mi hermano. Y eso es lo que más me quema por dentro: lo bien que finge mientras me clava el puñal.
Me acerco a la red, patinando despacio, fingiendo que recupero el aliento. Me detengo justo a su lado.
—Estoy distraído, Jax —murmuro, bajando la voz para que el entrenador no nos oiga desde la banda—. Anoche... anoche pasó algo gordo con Mía.
Jax se tensa. Lo noto en la forma en que sus hombros se elevan un milímetro.
—¿Qué pasó? ¿Problemas con el suegro?
—Peor. Tenemos los documentos originales del fraude de su viejo. Alistair se está volviendo loco buscándolos. —Hago una pausa, mirando hacia la grada vacía como si temiera que alguien nos escuchara—. Los hemos escondido en el viejo almacén de utilería de la facultad de artes. El que está al lado del teatro. Nadie entra ahí hasta el festival de primavera.
Siento el silencio de Jax. Es un silencio que pesa toneladas.
—¿En el almacén de artes? —repite él, procesando la información—. ¿Estás seguro de que es seguro, Killian? Si Alistair se entera...
—No lo hará. Solo lo sabemos Mía y yo. Y ahora tú. —Le doy una palmada en el hombro, y el contacto me da náuseas—. Eres el único en quien confío, hermano. Si me pasa algo, asegúrate de que esos papeles lleguen a la prensa.
—Claro, tío. Cuenta con ello —dice él, pero su voz suena un octavo más aguda de lo normal.
Me alejo de la portería, sintiendo que el aire se me escapa de los pulmones. He soltado el anzuelo. Ahora solo queda ver si el tiburón pica.
El entrenamiento continúa. Lanzo un slapshot tras otro hacia su red. Lanzo con rabia, con dolor, con una fuerza que hace que el disco impacte contra sus protecciones con un estruendo metálico. Jax los para casi todos, celebrando como si nada hubiera cambiado. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzan a través de su máscara, veo una sombra de duda.
Al terminar, en las duchas, Jax sale rápido. Dice que tiene una cita. Sé que miente. Sé que va directo a un teléfono para llamar a Alistair.
Salgo del vestuario y encuentro a Mía esperándome en el pasillo, oculta tras una columna. Me mira con una mezcla de tristeza y orgullo.
—Ya está hecho —le digo, apoyando la frente contra el muro frío—. Se lo he dicho. He vendido mi alma por un plan, Mía.
Ella me rodea la cintura con sus brazos, dándome el calor que el hielo me ha robado.
—No has vendido nada, Killian. Has empezado el contraataque. Esta noche, en el almacén de artes, la historia de los Sterling empieza a terminar.