Sombras en el Almacén
Mía
El almacén de utilería de la Facultad de Artes huele a serrín, pintura seca y a un pasado que nadie quiere recordar. Estamos ocultos detrás de una hilera de bustos de yeso y telones de terciopelo polvorientos. La oscuridad es casi total, interrumpida solo por el brillo tenue de mi teléfono, que está conectado a una cámara térmica que Killian instaló en la entrada.
A mi lado, Killian es una presencia eléctrica. Puedo sentir su respiración, contenida y pesada, como la de un depredador esperando el momento exacto para saltar. Sus manos están vendadas, listas para algo más que sostener un palo de hockey.
—Vienen —susurra él.
En la pantalla, tres manchas de calor se mueven por el pasillo exterior. La puerta del almacén cruje al abrirse. Dos hombres corpulentos, con chaquetas oscuras que gritan "seguridad privada de los Sterling", entran linterna en mano. Pero es la tercera figura la que nos corta la respiración.
Jax.
Se mueve con torpeza, mirando por encima del hombro. Se ve pequeño, miserable bajo la luz de las linternas de los otros dos.
—Está ahí, al fondo, tras los archivos de metal —dice Jax, y su voz suena quebrada, despojada de toda la arrogancia del hielo—. Lleváoslo y terminemos con esto. Alistair dijo que si les entregaba los originales, Killian no iría a la cárcel.
Uno de los hombres suelta una carcajada seca que rebota en las paredes de madera.
—Alistair dice muchas cosas, chaval. Ahora muévenos esa caja.
Killian se tensa tanto que temo que salte antes de tiempo. Le pongo una mano en el brazo, suplicándole con la mirada que espere a que abran el señuelo.
Jax se acerca a la caja de madera que preparamos. Sus manos tiemblan visiblemente mientras levanta la tapa. Dentro no hay documentos; hay un ladrillo envuelto en papel con una sola palabra escrita en letras grandes y negras: TRAIDOR.
El silencio que sigue es sepulcral. Jax retrocede un paso, palideciendo hasta quedar casi del color de los bustos de yeso.
—¿Qué es esto? —pregunta uno de los matones, iluminando el ladrillo—. ¿Nos estás tomando el pelo, portero?
—¡Yo... yo no sabía! ¡Él me dijo que estaban aquí! —grita Jax, retrocediendo hacia la oscuridad.
—Ya es suficiente —la voz de Killian truena en el almacén mientras sale de las sombras.Yo salgo detrás de él, con el teléfono en alto, grabando cada segundo, cada rostro, cada palabra. Los flashes de las linternas nos ciegan por un segundo, pero Killian no retrocede. Se planta frente a Jax como una montaña de furia contenida.
Yo salgo detrás de él, con el teléfono en alto, grabando cada segundo, cada rostro, cada palabra. Los flashes de las linternas nos ciegan por un segundo, pero Killian no retrocede. Se planta frente a Jax como una montaña de furia contenida.
—¿Cuánto te pagaron, Jax? —pregunta Killian, y el dolor en su voz me rompe el corazón—. ¿Cuánto vale una hermandad de diez años?
Jax cae de rodillas, cubriéndose la cara con las manos. Los dos hombres de Alistair sacan porras extensibles, pero Killian ni siquiera los mira. Su batalla no es con ellos; es con el fantasma del amigo que acaba de perder.
—¡Tenía deudas, Killian! —solloza Jax—. Mi padre... el casino... Alistair iba a embargar la casa de mi madre si no le entregaba algo para hundirte. ¡No tuve opción!
—Siempre hay una opción, Jax —respondo yo, dando un paso adelante—. Pero elegiste la que te destruye a ti también. Todo esto está grabado. La policía está en camino, y Alistair no va a mover un dedo por vosotros.
Los hombres de negro se miran entre sí, evaluando sus opciones. Uno de ellos avanza hacia mí para quitarme el teléfono, pero Killian se interpone con una velocidad aterradora. El primer golpe es seco, profesional, directo al estómago. El segundo, un gancho que envía al tipo contra una pila de decorados de madera que se derrumban con un estruendo ensordecedor.
En ese momento, las sirenas de la policía empiezan a aullar en la distancia, acercándose al campus.
Jax levanta la vista, con los ojos inyectados en sangre.
—Mátame, Killian. Hazlo. Preferiría que me mataras tú a tener que ver cómo me lo quitan todo mañana.
Killian lo mira con un desprecio que es peor que cualquier golpe. Se da la vuelta y me toma de la mano, caminando hacia la salida mientras los hombres de Alistair intentan huir por la puerta trasera, solo para encontrarse con las luces azules de las patrullas.
—No voy a matarte, Jax —dice Killian sin mirar atrás—. Voy a dejar que vivas con lo que has hecho. Ese es un castigo mucho peor.