Bajo el hielo

Capitulo 22

Código Blanco

Mía

El hospital San Judas huele a antiséptico y a decisiones finales. Cada rastro de duda que alguna vez tuve sobre mi lugar en el mundo se ha evaporado. No soy una Sterling por herencia, soy una Sterling por la capacidad de ejecutar un plan bajo una presión que aplastaría a cualquiera.

—Diez minutos, Killian —susurro por el auricular oculto bajo mi pelo—. Alistair te está esperando en la azotea. No subas antes de que yo te dé la señal. Si te ve antes de que yo llegue a la habitación 402, desconectará el sistema.

—Mía... ten cuidado —la voz de Killian suena rota, cargada de una angustia que me quema el pecho—. Si te pasa algo por salvarla a ella, yo no...

—No va a pasar nada. Ahora, entra por el muelle de carga. Yo usaré la tarjeta de acceso de emergencia que mi padre me dio para "visitas discretas".

Me deslizo por la entrada de personal, poniéndome una bata blanca que robo de un carrito de lavandería. Me recojo el pelo y me pongo una mascarilla quirúrgica. En este lugar, nadie mira a la cara a las enfermeras de guardia; somos parte del mobiliario.

Subo por la escalera de incendios hasta la cuarta planta. Mi corazón martillea contra mis costillas, un tambor de guerra que me recuerda que cada segundo cuenta. Al llegar al pasillo de la 402, veo a dos hombres de Alistair custodiando la puerta.

—Control de constantes de la madrugada —digo con voz monótona, bajando la cabeza y sosteniendo una carpeta de metal—. El doctor Miller ha pedido un chequeo del flujo de oxígeno para la paciente Vane.

Los guardias se miran entre sí. Son matones, no médicos. No entienden de protocolos, solo de órdenes.

—Alistair dijo que nadie entraba —gruñe uno de ellos.

​—Si la paciente muere por una hipoxia antes de que el señor Alistair termine su "reunión", seréis vosotros los que le deis explicaciones al jefe —respondo, levantando la vista con una frialdad que los hace retroceder—. ¿Queréis ser responsables de un cadáver no deseado?

​Uno de ellos bufa y se hace a un lado.

—Entra. Tienes dos minutos.

Entro y cierro la puerta tras de mí. La habitación está en penumbra, iluminada solo por el brillo azul de las máquinas. La madre de Killian, una mujer de facciones nobles pero marcadas por el cansancio de mil batallas, duerme ajena al drama que la rodea.

conectado al respirador. Alistair lo ha puenteado para poder apagarlo desde su teléfono en la azotea. Mis dedos vuelan sobre los cables. No puedo simplemente desconectarlo; saltaría la alarma en su móvil. Tengo que crear un bucle de datos.

—Vamos, vamos... —susurro, usando un clip para puentear el sensor de presión.

El monitor pita una vez, dos veces... y luego se estabiliza. He engañado al sistema. El respirador ahora funciona de forma autónoma, ignorando cualquier orden remota de Alistair.

—Killian —susurro al micrófono—, la señal es verde. Tu madre está a salvo. Sube a esa azotea y acaba con esto.

Salgo de la habitación, paso por delante de los guardias con la misma indiferencia gélida y me encamino hacia la sala de cámaras. Mi trabajo no ha terminado. Voy a asegurarme de que el mundo entero vea lo que Alistair está a punto de intentar.

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Holaaa, a todo/as estoy tardando en actualizar, porque estoy adelantando este libro y otro que estoy escribiendo que pienso publicar cuando esté completo, ahora si espero y disfruten el capítulo.




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