Frecuencia de Traición
Killian
El viento en la azotea del hospital San Judas corta como una hoja de afeitar. El zumbido de los ventiladores gigantes y el olor a ozono llenan el aire. Alistair está allí, de pie junto al borde, con un abrigo de lana que ondea tras él como una capa de villano caído. En su mano derecha sostiene su teléfono; en la izquierda, la arrogancia de quien cree que todavía tiene el control del interruptor de la vida.
—Llegas tarde, Vane —dice sin darse la vuelta—. Pensaba que los atletas teníais mejores reflejos.
—Suelta el teléfono, Alistair —mi voz suena como el rugido de un motor viejo—. Mía ya ha hecho su parte. Tu jueguito con el respirador de mi madre ha terminado.
Alistair se gira, soltando una carcajada seca que se pierde en el viento.
—¿Mía? Mía es una Sterling. Puede que juegue a ser rebelde contigo, pero al final, siempre vuelve al redil. ¿De verdad crees que ha arriesgado su herencia por un tipo que huele a vestuario y fracaso?
Saco el USB y los documentos de Silas Vane de mi bolsillo. Los sostengo en alto.
—Aquí tienes lo que querías. Pero antes de que te lo entregue, quiero oírlo de tu boca. ¿Por qué Jax? ¿Por qué mi madre? ¿Tanto miedo te da que un "animal" como yo te quite lo que nunca te ganaste?
—No es miedo, Killian. Es limpieza —Alistair da un paso al frente, con los ojos inyectados en sangre—. Tú eres una mancha. Tu abuelo era una mancha. Los Sterling son los dueños de esta ciudad, y yo soy el único capaz de heredar ese trono. Tu madre solo era una palanca, y Jax... bueno, Jax era barato. Diez mil dólares y la promesa de una recomendación en la liga profesional fueron suficientes para que vendiera vuestra "hermandad".
En ese momento, las pantallas publicitarias del hospital, las que suelen mostrar seguros médicos y donaciones, parpadean. La imagen cambia. Ya no hay publicidad. Solo está el rostro de Alistair en primer plano, captado por la cámara de seguridad de la azotea, y su voz resuena por los altavoces del complejo, clara y nítida.
Mía lo ha hecho. Ha pirateado el sistema. La confesión de Alistair se está transmitiendo en directo a todo el hospital, a las patrullas de policía que rodean el edificio y, lo más importante, al servidor de prensa de la universidad.
Alistair mira hacia la pantalla gigante del edificio de enfrente y su rostro se desencaja. El teléfono se le resbala de la mano.
—No... esto no es... —balbucea, retrocediendo hacia el borde.
—Se acabó el show, Alistair —digo, caminando hacia él con los puños cerrados—. Ahora es mi turno.