Amanecer de los Perdedores
Killian
Tres horas después, el hospital es un circo de luces azules y periodistas. Alistair ha sido sacado en una patrulla, acusado de intento de homicidio, extorsión y fraude. El escándalo es tan grande que incluso el padre de Mía ha tenido que emitir un comunicado distanciándose de él "por completo".
Estoy sentado en la sala de espera de la planta de mi madre. Mi chaqueta está rasgada y tengo un corte en el labio, pero me siento más ligero de lo que me he sentido en años.
Mía aparece al final del pasillo. Ya no lleva la bata de enfermera. Lleva su propia ropa, pero camina con una libertad que nunca tuvo cuando vestía de diseñador. Se sienta a mi lado y apoya la cabeza en mi hombro.
—Mi padre ha llamado —dice en voz baja—. Me ha desheredado oficialmente. Me ha quitado el acceso a las cuentas y ha borrado mi nombre de la fundación.
La rodeo con el brazo, pegándola a mí.
—Lo siento, Sterling. Te dije que yo era un incendio.
—No lo sientas —ella sonríe, y es la sonrisa más hermosa que he visto—. Me ha quitado el dinero, pero se le ha olvidado que yo tengo las pruebas de su fraude de hace quince años. No me ha desheredado, Killian. Me ha dado la libertad de hundirlo si vuelve a molestarnos.
Nos quedamos ahí, dos personas sin nada más que el uno al otro, esperando a que mi madre despierte. El camino hasta el capítulo 35 todavía es largo; tenemos que limpiar mi nombre en la liga, reconstruir nuestras vidas desde cero y enfrentarnos a la prensa. Pero mientras su mano esté entrelazada con la mía, sé que no hay hielo lo suficientemente frío como para detenernos.
—¿Y ahora qué, capitán? —pregunta ella.
—Ahora —respondo, besando su frente—, vamos a escribir nuestro propio contrato. Y esta vez, no habrá cláusulas de salida.