El Pacto de los Lobos
Mía
Mi padre no me mira. Se coloca en el centro de la sala, frente al estrado, y deja una carpeta de piel sobre la mesa. El silencio es tan absoluto que puedo oír el tic-tac del reloj de pared.
—Señores —comienza mi padre, con esa voz de barítono que ha cerrado tratos de miles de millones—. Estoy aquí para declarar que las acusaciones contra Killian Vane son el resultado de una manipulación interna de mi propia corporación, llevada a cabo por un exasociado, Alistair Vance, sin mi consentimiento.
Los comisionados se miran entre sí, estupefactos.
—¿Está usted admitiendo que hubo una conspiración, señor Sterling? —pregunta el jefe de ética.
—Estoy admitiendo que mi empresa cometió un error de juicio al permitir que un individuo inestable usara nuestros recursos para una vendetta personal —mi padre finalmente se gira y me mira. Sus ojos son fríos, pero hay un destello de algo parecido al respeto—. He traído las grabaciones originales de las cámaras de seguridad del hospital y los registros de llamadas de Alistair. Killian Vane no solo está limpio; es la víctima de un sistema que yo mismo ayudé a construir.
Miro a Killian. Está petrificado. No esperaba que el hombre que lo odiaba se convirtiera en su testigo estrella.
—Si la NHL sanciona a este chico —continúa mi padre, apoyando las manos en la mesa—, estarían sancionando a un héroe que salvó a una paciente en este mismo hospital. Y mi departamento legal se encargará de que esa narrativa sea la única que llegue a la prensa internacional. ¿Entienden lo que eso le haría a sus patrocinadores?
Es un chantaje elegante. Un "estilo Sterling" en estado puro. Mi padre no lo está ayudando por amor, lo está haciendo porque sabe que si Killian cae, yo publico el libro y él cae conmigo. Ha elegido el mal menor: salvar al novio de su hija para salvar su imperio.