El Peso de la Libertad
Killian
Salimos a la Sexta Avenida bajo una lluvia fina. Los comisionados han retirado todos los cargos. No solo eso; han emitido una disculpa pública y tres equipos ya han llamado a mi agente antes de que saliéramos del edificio.
Soy libre. Mi carrera está de vuelta. Mi madre tiene el mejor seguro médico del país pagado por la corporación Sterling como "compensación por daños".
Arthur Sterling nos espera junto a su limusina negra. Mía se detiene frente a él. La tensión entre ellos es un cable de alta tensión a punto de romperse.
—¿Por qué lo has hecho, papá? —pregunta ella, con la voz temblorosa.
—Porque eres una Sterling, Mía. Y los Sterling no pierden —responde él, mirándola con una dureza que esconde una extraña forma de afecto—. Me has ganado esta partida. Has usado mis propias tácticas contra mí. Silas Vane estaría orgulloso de la nieta política que ha conseguido.
Se gira hacia mí. Su mirada me recorre de arriba abajo, deteniéndose en mis manos, todavía marcadas por las peleas y el hielo.
—Cuídala, Vane. Porque si algún día la haces llorar, no habrá abogado ni liga en el mundo que pueda protegerte de lo que te haré. Y esta vez, no habrá pruebas que encontrar.
Sube al coche y desaparece entre el tráfico de Nueva York.
Mía lanza un grito de alegría y se lanza a mis brazos, rodeándome con las piernas mientras yo la hago girar en plena acera, ignorando las miradas de los ejecutivos que pasan a nuestro alrededor.
—¡Lo logramos, Killian! ¡Eres libre! —me grita al oído, besándome con una pasión que sabe a lluvia y a victoria
—No, Sterling —respondo, bajándola al suelo pero manteniéndola pegada a mi pecho—. Lo logramos nosotros. Ahora, vamos a casa. Tengo un contrato que firmar, pero no es con la NHL. Es con la chica que quemó su mundo por mí.