El Hielo en el Fuego
Killian
El aire de la montaña está tan limpio que casi duele respirarlo. No huele a antiséptico, ni a ozono de pista de hielo, ni al perfume caro de Nueva York. Huele a pino, a tierra mojada y a madera quemada. Es el olor de mi infancia, y hoy, es el olor de mi futuro.
Estoy de pie en el porche de la vieja cabaña de mi abuelo. He pasado los últimos tres días arreglándola: lijando la madera, arreglando las goteras del techo y puliendo el suelo de pino hasta que brilla bajo el sol de la tarde.
Jax me ayuda a colocar las sillas de madera en el claro frente a la cabaña. Sí, Jax. Después del juicio y de su expulsión de la universidad, pasó meses en un centro de rehabilitación para su adicción al juego. Cuando salió, me llamó. No para pedir perdón, sino para decirme que estaba limpio. Y yo, que he pasado toda mi vida pidiendo segundas oportunidades, no pude negársela a él. No volverá a jugar en la NHL, pero ahora entrena a un equipo de niños en una liga local. Ha recuperado su sonrisa, pero esta vez, es real.
—Todo está listo, capitán —dice Jax, dándome una palmada en el hombro—. Nunca pensé que te vería casarte en este vertedero.
—Es el vertedero más hermoso del mundo, Jax —respondo, mirando hacia el camino forestal.
Y entonces, la veo aparecer. No lleva un vestido de diseñador de diez mil dólares. Lleva un vestido sencillo de encaje blanco que fluye con el viento, y sus pies están descalzos sobre la hierba. Trae un ramo de flores silvestres que ella misma ha recogido por la mañana.
No hay música de cámara, solo el susurro de los pinos y el canto de los pájaros. Mi madre, sentada en primera fila con una manta de lana sobre las piernas, llora en silencio. Arthur Sterling no está. Le enviamos una invitación, por supuesto, pero sabíamos que no vendría. Su ego no le permitiría ver cómo su hija se casa con el nieto de Silas Vane en una cabaña sin electricidad. Pero nos envió un regalo: un cheque en blanco con una nota que decía: "Para el primer patín de mi nieto". Mía lo rompió y lo lanzó al viento.
Mía llega a mi lado. Sus ojos castaños brillan con una luz que no tiene nada que ver con los focos de la televisión.
—Estás hermosa, Sterling —le susurro.
—Y tú no hueles a vestuario, Vane —responde ella con una sonrisa traviesa.
El juez de paz, un hombre mayor que conoció a mi abuelo, comienza la ceremonia. Pero nosotros no escuchamos sus palabras. Nos miramos el uno al otro, recordando todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí: la biblioteca de cristal, el beso en el mirador, la trampa en el vestuario, el juicio en Nueva York... Cada cicatriz, cada dolor, cada lágrima nos ha llevado a este momento de paz.
—Killian, Mía —dice el juez—, es hora de los votos.
Saco del bolsillo los dos anillos. No son diamantes de cinco quilates. Son dos bandas sencillas de oro, fundidas a partir de una vieja medalla de hockey de mi abuelo y un colgante de plata de la madre de Mía. Llevan grabada una frase en el interior: "Hielo en el fuego".
—Mía Sterling —digo, tomándole la mano—. Me enseñaste que el silencio no es una opción, y que el amor es el único contrato que vale la pena firmar. Prometo ser tu compañero de equipo en la vida, en el hielo y en la guerra. Prometo protegerte del mundo, y de mí mismo cuando mi incendio se vuelva demasiado fuerte. Y prometo, sobre la memoria de mi abuelo y el futuro de nuestros hijos, que nunca volverás a caminar sola.
Mía me pone el anillo en el dedo, con los ojos llenos de lágrimas.
—Killian Vane —dice ella, con una voz clara y firme—. Me enseñaste a ser peligrosa, y a ver la luz en medio de la oscuridad. Prometo ser tu compás cuando pierdas el rumbo, y tu refugio cuando la tormenta te aceche. Prometo escribir nuestra historia con verdad, con pasión y con el coraje que me diste. Y prometo, sobre el hielo agrietado de nuestro pasado y el fuego ardiente de nuestro futuro, que este contrato es para siempre.
—Por el poder que me confiere el estado y la memoria de estas montañas —dice el juez—, os declaro marido y mujer. Killian, puedes besar a la novia.
No necesito que me lo diga dos veces. La atraigo hacia mí y la beso, un beso largo y profundo que sabe a promesa y a eternidad. Los invitados aplauden, Jax grita de alegría y mi madre sonríe con lágrimas en los ojos.