Bajo el hielo

Extra 1

El Idioma de las Marcas

Mía

La oficina de Compás Ediciones está en silencio, salvo por el suave rasgueo de mi pluma sobre el papel. Es tarde, y la ciudad de Seattle brilla a través del cristal como un puñado de joyas derramadas sobre terciopelo negro.

Escucho la puerta abrirse. No necesito mirar para saber quién es. El aire cambia; se vuelve más denso, más cálido, cargado con ese magnetismo que solo él posee. Killian entra cojeando ligeramente —el partido contra Chicago fue físico, y él siempre es el que recibe los golpes más duros para proteger a sus novatos—.

Se detiene detrás de mi silla. Sus manos, todavía calientes por el esfuerzo y con los nudillos ligeramente enrojecidos, se posan sobre mis hombros.

​—Estás forzando la vista, Sterling —su voz es un gruñido bajo, una caricia áspera contra mi nuca.

​—Solo un capítulo más, Vane. Este autor tiene una voz que me recuerda a ti: cruda, honesta y un poco demasiado terca.

Killian suelta una risa seca y se inclina, apoyando su barbilla en mi hombro. Sus ojos grises escanean las líneas de texto, pero sé que no está leyendo. Está contando las pecas de mi cuello, una costumbre que tiene cuando quiere distraerme.

​—Deja el libro —dice, cerrándolo con una mano mientras con la otra me quita la pluma—. El Tanque necesita mantenimiento y su editora jefa es la única con la licencia necesaria.

​Me giro en la silla para quedar frente a él. Killian se ha quitado la chaqueta y la camisa está desabrochada en el cuello. Veo el tatuaje de la brújula en su clavícula, el que se hizo después de nuestra boda.

—¿Dónde te duele hoy? —pregunto, pasando mis dedos por su mandíbula.

—En todas partes. Y en ninguna cuando estoy contigo.

Lo guío hacia el sofá de cuero de mi oficina. Él se sienta y yo me coloco entre sus piernas, sacando un pequeño frasco de aceite de árnica de mi cajón. Es nuestra rutina. Él me lee sus jugadas y yo leo su cuerpo.

Empiezo a masajear sus manos. Sus dedos son grandes, fuertes, diseñados para empuñar un palo de hockey y derribar oponentes, pero bajo mi tacto, se vuelven dóciles. Recorro la cicatriz de su palma, la que se hizo protegiéndome en aquel almacén hace años.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de tu libro? —pregunta él de repente, cerrando los ojos mientras presiono un punto de tensión en su pulgar.

​—¿El final feliz?

No. El hecho de que no borraste las grietas. Escribiste sobre el hielo roto, sobre los hematomas y sobre cómo duele sanar. Todo el mundo quiere una historia de amor perfecta, Mía. Pero tú escribiste una historia de amor real.

Le beso la palma de la mano. La piel es dura, curtida por el deporte, pero sus labios, cuando buscan los míos, son inesperadamente suaves. El beso sabe a café, a menta y a esa confianza absoluta que solo se construye después de haber sobrevivido juntos a un naufragio.

—Escribí sobre nosotros, Killian —le susurro contra los labios—. Y nosotros nunca fuimos perfectos. Fuimos necesarios.

Él me atrae más cerca, rodeándome con sus brazos como si fuera el tesoro más valioso que jamás hubiera recuperado del fondo del mar. En la penumbra de la oficina, rodeados de miles de historias escritas por otros, la nuestra sigue siendo mi favorita.

—Te Amo, reina de papel.

—Y yo a ti, capitán.

Afuera, la ciudad sigue girando, pero aquí, entre el aroma a papel nuevo y el calor de un guerrero que finalmente ha encontrado su paz, el tiempo se detiene. El compás ha dejado de girar porque, por fin, ya no hay ningún otro lugar a donde ir.




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