Bajo el hielo

Extra 2

El Idioma de los Guerreros

Killian

​Mía está en la cabaña del abuelo, en las montañas. Dice que necesita el silencio para terminar el borrador final del manuscrito que tiene a su editorial patas arriba. Yo le dije que se llevara el silencio de casa, porque aquí no hay ni rastro de él. No desde que Ethan, de cuatro años, y Leah, de dos, se despertaron a las seis de la mañana.

El salón de nuestra casa en Seattle parece el vestuario de los Kraken después de una derrota en los playoffs. Hay bloques de construcción de madera por todas partes, un par de palos de hockey de juguete tirados cerca de la chimenea y, lo peor de todo, un rastro de harina que va desde la cocina hasta el sofá.

Ethan está de pie sobre una silla en la cocina, con una camiseta de mi equipo que le queda como una túnica medieval, la número 17. Se ha puesto harina en las mejillas, imitando las pinturas de guerra que ve en la televisión.

—¡Papá, soy el Tanque! ¡Nadie puede marcarme! —grita, golpeando la encimera con una cuchara de madera.

Leah está en el suelo, sentada en medio del desastre de harina. Ella lleva el pelo rebelde recogido en dos coletas laterales, un caos de rizos oscuros idénticos a los míos. Se ha puesto un par de mis guantes de boxeo, los viejos, los desgastados, los que huelen a sudor y a dolor. Le quedan ridículamente grandes, como si tuviera dos almohadas rojas al final de sus bracitos.

—¡Yo soy la jefa! —exclama Leah, intentando levantarse pero tambaleándose por el peso de los guantes. Se cae de culo sobre la harina, soltando una carcajada sonora y contagiosa—. ¡Jefa!

Me quedo en el umbral de la puerta, observándolos. Mía dice que Ethan tiene mi inteligencia estratégica y mi terquedad, pero que Leah... Leah tiene mi fuego. Ella no quiere ser la princesa del cuento; ella quiere ser la que empuña la espada. Y Ethan no quiere ser el caballero que la salva; él quiere ser su compañero de equipo.

—A ver, equipo Vane —digo, cruzándome de brazos—. ¿Qué es este desastre en mi cocina?

Ethan se congela. Se quita la harina de la cara y baja la cuchara.

—Estábamos haciendo el mantenimiento, papá. La jefa dice que la harina es para la base del hielo.

​—¿La jefa? —pregunto, mirando a Leah.

Ella asiente solemnemente, intentando hacer un gesto de asentimiento mientras levanta uno de los pesados guantes rojos.

—Jefa —repite, con esa firmeza que me recuerda a Mía cuando se enfrenta a un autor difícil—. ¡Mantenimiento!

Me acerco y levanto a Leah, con guantes y todo. Ella me da un abrazo, y el guante frío me golpea la barbilla. Ethan salta de la silla y se agarra a mi pierna. En ese momento, siento una conexión profunda, un idioma que solo nosotros cuatro entendemos. Es el idioma de los guerreros que han encontrado su paz.

Leah me da otro golpe con el guante en la barbilla, y Ethan se ríe. El Tanque y la Jefa. Mi equipo. Y no los cambiaría por ningún trofeo del mundo.

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A mis lectoras: Gracias por sobrevivir al invierno de los Sterling conmigo. Killian y Mía por fin han dejado de hundirse para empezar a volar. Bajo el Hielo termina aquí, pero el fuego que encendieron en nosotros se queda para siempre. 🔥🏒

¿Listas para el próximo juego?

​Con amor, Olv girl.




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