Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 1| La noche equivocada

Lucien

París siempre tenía esa forma elegante de parecer una promesa. Las luces doradas se reflejaban sobre el asfalto mojado por la lluvia reciente, y el murmullo de la ciudad se mezclaba con el jazz suave que inundaba Le Nocturne. Era el tipo de lugar lo suficientemente exclusivo para ejecutivos, escritores de renombre y un montón de gente que fingía ser ambas cosas.

Yo odiaba este tipo de lugares.

Demasiado ruido. Demasiadas conversaciones inútiles. Demasiadas personas intentando desesperadamente impresionar a alguien. Mi reunión había terminado hacía veinte minutos, y marcharme de inmediato habría sido una descortesía que, francamente, no me importaba cometer, pero me quedé. De pie junto a la barra. Con un vaso de whisky de malta que apenas había tocado.

Llevaba mi armadura habitual: un traje negro impecable hecho a medida, un reloj que costaba más que los autos aparcados afuera, y la expresión hermética de alguien que preferiría estar revisando contratos multimillonarios en lugar de socializar. El bartender ya había entendido la señal. No me hablaba. No preguntaba.

Observé la sala con la misma mirada clínica con la que destrozaba manuscritos mediocres. Nada interesante. Todos cortados por el mismo patrón.

Hasta que la vi.

Primero fue su risa. Se elevó por encima del zumbido del bar, y me obligó a girar la cabeza. No era una de esas risas exageradas o ensayadas para llamar la atención. Era genuina. Vibrante. En un lugar como este, la honestidad era una anomalía.

Estaba a unos metros, sentada en una mesa alta con dos amigas. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros de forma descuidada. Llevaba un vestido sencillo pero que se movía con ella de una forma completamente natural, como si el lujo del lugar no la intimidara en absoluto. Hablaba con las manos, explicando algo con un entusiasmo desbordante, iluminando la mesa entera con sus sonrisas.

Era pura energía dorada. El caos en su forma más pura y luminosa.

Lo opuesto a todo lo que yo era. Lo opuesto a todo lo que yo toleraba.

Tomé un sorbo de whisky, incapaz de apartar la mirada. Y entonces, el caos decidió venir hacia mí.

Se levantó de la mesa, moviéndose hacia la barra sin mirar al frente, todavía riendo por algo que le habían dicho. Calculé mal su trayectoria. O quizá ella simplemente no tenía frenos. Chocó directamente contra mí.

El impacto fue leve, pero suficiente. El vaso en su mano se inclinó y una generosa cantidad de vino tinto aterrizó directamente sobre mi camisa blanca de diez mil euros.

El silencio cayó entre nosotros.

Ella se congeló. Miró la mancha roja extendiéndose sobre el algodón egipcio. Luego, muy lentamente, levantó la mirada. Sus ojos eran oscuros, inmensos y brillaban con una mezcla de horror y diversión reprimida.

—Oh… —murmuró, parpadeando—. Esto es… muy malo.

Observé la mancha con absoluta calma. Luego la miré a ella.

—Interesante introducción.

Soltó una pequeña risa nerviosa que hizo que algo en mi pecho, algo que normalmente estaba hecho de hielo, se tensara.

—Prometo que normalmente no ataco a desconocidos con vino.

Levanté una ceja, dejándole claro que no le creía. —¿Normalmente?

—Hoy es una noche especial —se defendió.

—¿Ah, sí?

—Estoy celebrando.

Apoyé mi vaso de whisky en la barra de mármol. —Eso explica el ataque.

Lejos de encogerse bajo mi tono, que usualmente hacía temblar a mis empleados en Noir Éditions, ella cruzó los brazos. Parecía divertida.

—Si quiere podemos fingir que fue un gesto artístico.

—¿Arte moderno? —pregunté, sin poder evitar que una esquina de mi boca se levantara una fracción de milímetro.

—Exacto.

La observé un momento más. Y ocurrió algo extraño. No estaba molesto. De hecho, por primera vez en toda la noche, estaba profundamente intrigado.

—¿Qué celebra, exactamente? —pregunté.

Apoyó los codos en la barra, invadiendo mi espacio personal de una forma que a nadie más le habría permitido. —Un nuevo trabajo.

—¿Importante?

—Lo suficiente como para arruinar la camisa de un extraño.

Incliné ligeramente la cabeza, evaluándola. —Eso depende de la camisa.

Su mirada recorrió mi pecho, bajó por mi traje y volvió a subir. No pareció intimidada por el dinero que gritaba mi ropa, sino más bien analítica.

—Ok… esa camisa definitivamente era cara.

—Lo era —corregí.

—Lo siento de verdad.

Le hice una seña al bartender para pedir otra bebida. —No es una tragedia.

Me miró con genuina curiosidad, ladeando la cabeza. —¿Siempre se toma las cosas con tanta calma?

—No.

—Entonces hoy estoy de suerte.

Apoyé un codo en la barra, girándome completamente hacia ella. —Tal vez.

Extendió una mano hacia mí. No dudó, no tembló. —Elena.

Miré su mano por unos segundos. Era pequeña, sin anillos ostentosos. Cuando la tomé, su piel estaba cálida. Y lo que me sorprendió fue que no retiró la mano inmediatamente. Su pulgar rozó el dorso de la mía, y una descarga eléctrica me subió por el brazo.

—Lucien.

—Entonces, Lucien —dijo ella, finalmente soltándome—, ¿a qué te dedicas cuando no eres víctima de ataques con vino tinto en bares de París?

—Trabajo con libros.

Los ojos de Elena brillaron de inmediato. Era como si hubiera encendido un interruptor. —¿Sector editorial?

Asentí. —Más o menos.

Sonrió, y fue una sonrisa que podría haber desarmado a un ejército. —Entonces debemos llevarnos bien.

—¿Por qué?

—Soy editora.

La observé con mucha más atención ahora. Debajo de esa apariencia deslumbrante y caótica, había un cerebro afilado. Lo vi en la forma en que me evaluaba.

—¿Qué tipo de libros? —pregunté.

Apoyó la barbilla en la mano. —Novelas, principalmente.

—Romance —adiviné.

—No siempre.




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