Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 2 | El diablo viste a la medida y bebe whisky

Elena

Si alguien me hubiera dicho que el cuartel general de Noir Éditions en Milán iba a parecerse al baño personal de Darth Vader, me habría puesto zapatos más cómodos.

Todo era negro. Mármol negro, cristales oscurecidos, alfombras de un gris tan profundo que absorbían la luz, y empleados vestidos con una paleta de colores que iba desde el "funeral a las tres de la tarde" hasta el "viuda adinerada". Yo, por otro lado, llevaba una blusa de seda color mostaza y cargaba una caja gigante de cannolis de la pastelería de la esquina.

Primera regla para ser la nueva editora en una ciudad extranjera: sobornar a tus compañeros con azúcar.

—¡Buongiorno! —dije con mi mejor sonrisa al llegar a la recepción del piso treinta y dos.

La recepcionista, una chica que parecía a punto de sufrir un colapso nervioso, levantó la vista de su monitor. Estaba pálida. Nivel "he visto un fantasma y me ha pedido los reportes de ventas".

Signorina Varga —susurró, como si hablar en voz alta fuera un delito—. Bienvenida. Por favor, deje los dulces. El Señor Moreau está aquí.

Parpadeé. —¿El CEO? ¿El dueño de todo esto? Pensé que operaba desde París.

—Vino en su jet privado esta madrugada. Hubo un... problema con las cifras del trimestre. —La chica tragó saliva y miró a ambos lados antes de inclinarse hacia mí—. Ha despedido a dos ejecutivos de marketing antes de que yo pudiera terminar mi espresso. Está en modo ejecución. Le sugiero que no sonría tanto, le irrita la felicidad.

Solté una carcajada. Pensé que bromeaba. La recepcionista no se rió. De hecho, dio un paso atrás, horrorizada por mi ruido.

—Ok, cero sonrisas. Entendido —dije, ajustando mi bolso, aunque la caja de cannolis seguía dándome un aire peligrosamente festivo—. ¿Dónde es mi oficina?

—No irá a su oficina. La requieren en la sala de juntas de cristal. Ahora. Con él.

Bueno. Qué gran primer día.

Caminé por el pasillo sintiendo cómo la tensión en el aire podía cortarse con un cuchillo para mantequilla. Literalmente, la gente caminaba pegada a las paredes. Llegué a las enormes puertas dobles de cristal de la sala de juntas principal. Adentro, había unas diez personas sentadas alrededor de una mesa kilométrica. Todos sudaban frío.

Y en la cabecera, de espaldas a la puerta, estaba él.

Era alto. El traje gris marengo que llevaba le quedaba de una forma que desafiaba las leyes de la física y de la economía básica. Estaba inclinado sobre la mesa, apoyando las manos sobre unos documentos, y aunque no podía verle la cara, su voz profunda, fría y aterradoramente calmada resonó en toda la sala.

—Si esta es su idea de una campaña de lanzamiento innovadora, les sugiero que recojan sus cosas y busquen trabajo en una editorial de cuentos infantiles. Porque esto es un insulto a mi tiempo y a mi inteligencia.

Alguien sollozó en una esquina. Literalmente. Un hombre adulto con un Rolex sollozó.

Abrí la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido, pero mis zapatos decidieron ese preciso instante para rechinar contra el mármol pulido.

El chillido resonó en la sala como una alarma de incendios.

Las diez cabezas de los ejecutivos giraron hacia mí con terror absoluto, como si yo acabara de firmar mi propia sentencia de muerte.

El hombre en la cabecera dejó de hablar. Lentamente, como un depredador que acaba de escuchar una rama romperse, se enderezó. Y se dio la vuelta.

El estómago se me cayó a los pies.

Ese traje impecable. Esa postura arrogante. Esos ojos oscuros y calculadores que ahora me miraban fijamente desde el otro lado de la sala.

Era él.

El extraño del bar en París. El de la camisa arruinada. El del whisky de malta. Lucien.

La caja de pasteles resbaló ligeramente de mis manos y tuve que hacer un malabarismo vergonzoso con las rodillas para evitar que los cannolis se estrellaran contra el suelo. Logré atraparla, pero el daño a mi dignidad ya estaba hecho.

Lucien Moreau, el temido e implacable CEO de la editorial más grande de Europa, me observaba en completo silencio. Su rostro no mostraba ni una sola emoción. Ninguna. Era una máscara de hielo tallada a la perfección. Pero vi cómo su mandíbula se tensaba levemente.

Me reconoció. Claro que me reconoció.

—Tú... —murmuré, antes de poder detener mi filtro mental.

Los ejecutivos contuvieron la respiración. Nadie, absolutamente nadie, tuteaba al Diablo de Noir Éditions. Y mucho menos lo señalaba con una caja de pasteles.

Lucien metió una mano en el bolsillo de su pantalón, sin apartar sus ojos de los míos. La atmósfera en la sala se volvió tan densa que me costaba respirar.

—Señorita Varga —dijo finalmente. Su voz era un ronroneo bajo y peligroso que me mandó un escalofrío directo por la espina dorsal—. Es fascinante ver que su puntualidad es tan precisa como su... puntería con las bebidas.

Varios ejecutivos fruncieron el ceño, completamente confundidos por la referencia, pero yo sentí que el color me subía a las mejillas.

Me enderecé. Si iba a morir en mi primer día, lo haría de pie.

—Señor Moreau —respondí, manteniendo el contacto visual y regalándole una sonrisa brillante que, según la recepcionista, probablemente odiaría—. Le aseguro que mi edición de textos es mucho más impecable que mi equilibrio en los bares parisinos. Y traje cannolis.

Silencio absoluto. Alguien a mi izquierda empezó a rezar en italiano.

Lucien bajó la mirada hacia la colorida caja de pasteles que rompía toda la estética monocromática de su empresa, y luego volvió a mirarme a los ojos. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Hasta que quedó a un metro de distancia. Olía igual que aquella noche: a sándalo, poder y problemas.

—Aquí no comemos azúcar en las reuniones, señorita Varga —dijo, en un tono lo suficientemente bajo para que solo yo captara la advertencia detrás de sus palabras—. Y le sugiero que se siente. Vamos a descubrir si su fascinación por los personajes de Harding se traduce en talento real, o si solo es una experta en arruinar camisas de diez mil euros.




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