Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 3 | Tácticas de supervivencia (y azúcar)

Lucien

Nadie traía pasteles a la sala de juntas de Noir Éditions.

Era una regla no escrita, pero universalmente comprendida. En esta sala se destrozaban carreras, se cancelaban contratos millonarios y se forjaban imperios. No era un lugar para celebraciones azucaradas ni para cajas de cartón con lazos color pastel.

Y, sin embargo, ahí estaba ella. Elena Varga. Sentada a mi izquierda, con su blusa mostaza que desafiaba la estética de luto de toda mi junta directiva, luciendo exactamente igual de caótica e hipnótica que la noche en el bar de París.

Me obligué a apartar la mirada de sus ojos oscuros y la fijé en el proyector. Estábamos discutiendo el desastroso plan de marketing para Cenizas del Sena, nuestro thriller psicológico más importante del año.

—El problema, señor Moreau —balbuceó el director de marketing, secándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda—, es que el protagonista es demasiado oscuro. Los focus groups dicen que no conectan con él. Queríamos suavizar la campaña, enfocarla en la historia de amor secundaria para...

—Para arruinar el propósito del libro —lo interrumpí. Mi voz no se elevó ni medio tono, pero vi cómo tres ejecutivos se encogían en sus sillas—. Pagamos dos millones de euros por un thriller crudo, no por un romance de verano. Si intentan vender un monstruo como si fuera un príncipe azul, los lectores se sentirán estafados y las ventas caerán en la segunda semana.

El silencio fue absoluto. Nadie se atrevía a respirar. Yo estaba a punto de despedir al director de marketing, cuando un sonido suave y crujiente rompió la tensión.

Elena estaba abriendo la caja de cartón.

Mis ojos se clavaron en ella. —Señorita Vargas. ¿Hay algo en la estrategia de quiebra inminente que le dé hambre?

Los demás ejecutivos la miraron con una mezcla de horror y piedad. Ella ni siquiera parpadeó. Tomó un cannoli relleno de crema, lo sostuvo con delicadeza y me miró directamente.

—No es hambre, señor Moreau. Es frustración —dijo, con una voz tan clara que resonó en el cristal de las paredes—. El equipo de marketing está intentando ponerle un lazo rosa a una bomba de relojería.

Incliné la cabeza, evaluándola. Quería destrozar su argumento, encontrar la falla en su armadura de buena vibra, pero la seguridad con la que hablaba me frenó. —¿Y cuál es su brillante diagnóstico, como editora que lleva exactamente catorce minutos en la empresa?

Elena sonrió. No una sonrisa nerviosa, sino una sonrisa letal. Brillante.

—Que tienen miedo del protagonista. Y si la editorial le tiene miedo, el lector lo olerá —Elena se inclinó hacia adelante, gesticulando con la mano libre mientras el cannoli seguía intacto en la otra—. No suavicen al monstruo. Véndanlo. La gente no lee thrillers oscuros para sentirse segura, los lee para asomarse al abismo sin caerse. La campaña no debe ocultar lo terrible que es él, debe retar al lector. "¿Te atreves a entender la mente de un asesino?"

La sala entera se quedó congelada. Elena acaba de destripar y reconstruir una campaña de un millón de euros en treinta segundos. Entre risas, gestos exagerados y olor a vainilla.

La observé. Era inteligente. Absurdamente inteligente. Su mente trabajaba a una velocidad que me irritaba y me fascinaba a partes iguales. Era un caos, pero un caos estructurado, rentable y condenadamente atractivo.

—Esa... —empezó el director de marketing, buscando las palabras—. Esa es una estrategia muy arriesgada, señorita Vargas.

—Es una estrategia honesta —replicó ella, dándole finalmente un mordisco al pastelito y encogiéndose de hombros—. Además, los hombres demasiado correctos suelen ser aburridos. ¿Verdad, Lucien?

Usó mi nombre de pila. En medio de la junta directiva.

Sentí un pulso errático golpear en mi mandíbula. Estaba probando mis límites frente a mis propios empleados. Y lo peor de todo, era que estaba disfrutando cada maldito segundo de esto.

—Cambien la campaña —ordené sin apartar los ojos de Elena—. Tienen cuarenta y ocho horas para presentarme el enfoque que acaba de sugerir la señorita Vargas. Y alguien, por el amor de Dios, sírvase un pastel antes de que ella decida reestructurar también el departamento de finanzas.

Elena

¡Punto para Gryffindor! Intenté mantener una expresión profesional mientras masticaba mi cannoli, pero por dentro estaba bailando la Macarena. El ambiente en la sala pasó de ser el corredor de la muerte a un suspiro de alivio colectivo. Un par de ejecutivos, temblando ligeramente, se acercaron a la caja y tomaron un dulce como si yo les estuviera ofreciendo la salvación eterna.

Miré a mi "nuevo jefe". Lucien Moreau estaba tecleando algo en su iPad con movimientos secos y precisos. Su rostro era una máscara de póquer, pero yo no era tonta. Había visto el brillo en sus ojos cuando propuse la idea. Le había gustado. El Diablo no lo iba a admitir jamás, pero yo sabía que había ganado este asalto.

La reunión duró una hora más, y me dediqué a observar su dinámica. Era fascinante. Lucien no levantaba la voz, no amenazaba, pero el poder que irradiaba era tan pesado que modificaba la gravedad de la habitación. Era exigente, brillante y no aceptaba menos del 200% de nadie.

Y, sin embargo, cada vez que alguien decía una estupidez o una excusa barata, sus ojos volaban hacia mí por una fracción de segundo, casi como buscando mi reacción. Como si compartiéramos una broma interna.

Cuando finalmente dio por terminada la junta, todos recogieron sus cosas a la velocidad de la luz. Yo estaba guardando mi libreta de apuntes (que ahora estaba llena de garabatos de gatitos gruñones que había dibujado mientras hablaban de presupuestos) cuando escuché su voz a mis espaldas.

—Señorita Vargas. En mi oficina. Ahora.




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