Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 4 | Un girasol en el Purgatorio

Elena

Si el piso treinta y dos era el Olimpo oscuro donde habitaba el Diablo, el piso treinta y uno era el Purgatorio.

El departamento editorial de Noir Éditions era un inmenso espacio de concepto abierto, dividido únicamente por paredes de cristal insonorizadas. Todo era gris. Los escritorios eran negros. Las sillas eran ergonómicamente intimidantes. El único sonido que rompía el silencio sepulcral era el tecleo frenético de unas cincuenta personas que parecían no haber visto la luz del sol desde el 2019.

Y luego estaba yo.

Llegué a mi escritorio asignado cargando una caja de cartón que contenía mi kit de supervivencia básico. Lo primero que hice fue sacar a "Gertrudis", mi potus (una planta enredadera espectacularmente verde) y colocarla en la esquina de la mesa de mármol negro. Luego, acomodé mi taza de cerámica amarilla con forma de pato, mi colección de resaltadores neón y un marco rosa brillante.

El contraste era tan agresivo que casi hería la vista. Era como si un unicornio hubiera vomitado arcoíris en medio de un funeral.

—Te doy exactamente tres horas antes de que Recursos Humanos te confisque la planta por "alteración de la estética corporativa".

Di un salto y me giré. Apoyado en la pared de cristal de mi cubículo había un chico de mi edad. Llevaba el uniforme no oficial de la empresa: un suéter de cuello alto negro y pantalones oscuros. Tenía el cabello alborotado, unas ojeras que le llegaban casi a las mejillas y sostenía un vaso de café negro como si fuera su tanque de oxígeno.

Le sonreí de oreja a oreja. —Hola. Soy Elena. La nueva alteración de la estética corporativa.

Él me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi blusa mostaza, y soltó un suspiro cansado que terminó en una media sonrisa.

—Matteo —dijo, extendiendo la mano—. Editor senior de ficción y tu nuevo vecino de cubículo. Sobreviviente del régimen de Moreau desde hace tres años. Bienvenida al manicomio de cristal, Elena.

Le estreché la mano con energía. —¿Tan terrible es?

—¿Viste la película El diablo viste a la moda? —preguntó, dándole un sorbo a su café radiactivo.

—Claro.

—Bueno, Miranda Priestly es un osito cariñosito comparada con Lucien Moreau cuando los números de ventas bajan. Ayer despidió a un pasante solo porque respiraba muy fuerte cerca de la máquina de espresso.

Solté una carcajada, ganándome miradas de terror de los tres editores más cercanos. —Exageras.

—Ojalá —Matteo entró a mi cubículo y dejó caer una pila de carpetas negras sobre mi escritorio con un golpe sordo. El impacto hizo temblar a Gertrudis—. Como sea, me asignaron para darte la inducción a tus proyectos. El jefe dejó instrucciones muy claras sobre ti.

Me crucé de brazos, intrigada. —¿Ah, sí? ¿Qué dijo?

—Literalmente sus palabras fueron: "Denle los casos perdidos. Veamos si de verdad puede arreglar lo que está roto" —Matteo hizo comillas con los dedos, imitanto la voz profunda y gélida de Lucien—. Así que, felicidades, novata. Tienes el trabajo sucio.

Me incliné sobre las carpetas, frotándome las manos. El desafío hizo que me hirviera la sangre de la mejor manera posible. —¿Qué tenemos?

Matteo abrió la primera carpeta. —Proyecto 1: El eco del silencio. Es una novela histórica de 900 páginas escrita por un autor recluso que vive en los Alpes. —Suena denso. ¿Cuál es el problema? —Que el autor odia los signos de puntuación. Se niega a usar comas. Dice que "limitan la libertad del alma del lector". Tienes que convencerlo de que el alma del lector necesita respirar para no morir asfixiada en el capítulo tres.

Me reí a carcajadas. —Hecho. Lo llamaré hoy mismo. ¿Qué más?

Matteo abrió la segunda carpeta, frotándose el puente de la nariz. —Proyecto 2: Sombras de obsesión. Es nuestra gran apuesta de dark romance para el próximo año. La trama es buena, la autora tiene miles de seguidores, pero... —¿Pero? —El protagonista masculino tiene el carisma de una piedra pómez. No habla. Solo gruñe y mira por la ventana. Las lectoras beta se durmieron. Moreau quería cancelar el contrato, pero le dio una última oportunidad de reescritura. Te toca a ti hacer que el tipo tenga personalidad.

Tomé la carpeta y la abracé contra mi pecho. Una sonrisa traviesa se dibujó en mi rostro al recordar la junta de hace un rato. —Oh, no te preocupes, Matteo. Tengo mucha experiencia lidiando con hombres oscuros, gruñones y que no saben cómo comunicarse.

Matteo me miró, parpadeó un par de veces y soltó una carcajada genuina, la primera que probablemente sonaba en ese piso en meses.

—Estás loca, Elena Varga. Estás completamente loca —dijo, negando con la cabeza—. Nos vamos a llevar muy, muy bien. Toma, te traje esto.

Metió la mano en su bolsillo y me tendió una pluma. Era completamente negra, de metal pesado, elegantísima.

—Para que disimules un poco tu vibra de Camp Rock cuando el jefe esté cerca —bromeó.

—Gracias, Matteo. Eres mi nueva persona favorita en Milán.

Estábamos riendo, organizando los archivos y haciendo chistes sobre el autor que odiaba las comas, cuando la temperatura del piso treinta y uno bajó de golpe unos diez grados.

No hubo un anuncio. No sonó ninguna campana. Pero el silencio en el inmenso departamento editorial se volvió absoluto. El tecleo cesó. Las cabezas se agacharon.

Matteo se tensó de inmediato, su postura relajada evaporándose en un segundo.

A través del cristal de mi oficina, lo vi.

Lucien Moreau caminaba por el pasillo central. No caminaba, más bien acechaba. Llevaba el saco del traje desabrochado, las manos en los bolsillos del pantalón, y su mirada repasaba cada cubículo como un halcón buscando presas. Su mera presencia era magnética e intimidante a partes iguales.

No se detuvo en ningún escritorio. No habló con nadie.




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