Lucien
Llevaba tres horas leyendo el reporte de la señorita Varga. Tres horas buscando un solo error tipográfico, una sugerencia mediocre, una coma mal puesta. Algo, cualquier cosa, que me permitiera llamarla a mi oficina y borrarle esa sonrisa constante e irritante de la cara.
Pero no había nada.
Tiré la carpeta de Sombras de obsesión sobre mi escritorio de caoba con un golpe sordo. Las notas de edición de Elena eran... perfectas. Había tomado al protagonista masculino —un trozo de cartón sin personalidad— y lo había transformado en un antihéroe cínico, calculador y sarcástico que se comunicaba con silencios densos y acciones precisas.
Era brillante. Las lectoras iban a perder la cabeza por él. Las proyecciones de ventas se triplicarían.
Debería estar satisfecho. En cambio, estaba furioso.
Primero, porque el maldito protagonista reescrito sonaba sospechosamente parecido a mí. La forma en que Elena describió cómo el personaje se ajustaba los puños de la camisa cuando estaba perdiendo la paciencia... era mi tic. Me estaba usando de inspiración para arreglar su novela de romance oscuro, y la audacia de esa mujer me hervía la sangre.
Segundo, y lo más exasperante de todo: me enojaba que ella fuera tan buena en su trabajo. Me enojaba que llegara todos los días a las 8:55 a.m., cinco minutos antes, usando colores estridentes —hoy era un rojo cereza que me lastimaba las retinas—, saludando hasta a las plantas del lobby.
Me levanté de mi silla de cuero, me desabroché el botón del saco y caminé hacia el ventanal interior de mi oficina, que me daba una vista panorámica del piso treinta y uno.
Mi mirada la encontró de inmediato. Era imposible no verla. Era el único punto de luz en un mar de trajes grises y negros.
Estaba sentada en su escritorio, riendo. Otra vez. ¿De qué se reía tanto? Estábamos en una editorial, no en un circo. Mis ojos se entrecerraron cuando vi la causa de su diversión: Matteo, el editor senior del cubículo contiguo. El idiota estaba apoyado en el escritorio de mi editora, comiéndose lo que parecía ser la mitad de una galleta que ella le había dado, y mirándola como si ella hubiera inventado la penicilina.
Un músculo palpitó en mi mandíbula.
De repente, la idea de Matteo respirando el mismo aire que Elena me pareció una ofensa digna de despido inmediato. Podía alegar incompetencia. O robo de galletas en horario laboral. ¿Por qué le sonreía a él así? A mí me atacaba con vino y sarcasmo, pero a ese mediocre le daba pastelería fina y risas genuinas. Inaceptable.
Me crucé de brazos, sintiendo una posesividad irracional, oscura y pesada instalándose en mi pecho.
No iba a regresar a París. La junta directiva llevaba días preguntándome cuándo volvería a la sede principal de Noir Éditions, pero viendo la situación actual, era evidente que la sucursal de Milán requería mi supervisión estricta. Muy estricta. Permanente, de hecho. Alguien tenía que vigilar que la señorita Varga no convirtiera mi empresa en un campamento de verano.
Me di la vuelta, dispuesto a decirle a mi asistente que cancelara mi vuelo y trasladara mis operaciones a Italia por tiempo indefinido, cuando la puerta de mi oficina se abrió de golpe.
Mi secretaria, Camille, entró pálida y con el teléfono en la mano.
—Señor Moreau. Perdón por la interrupción. Es Jean-Paul.
Sentí que me palpitaba la sien. Jean-Paul era nuestro autor estrella en Francia, un genio literario con la estabilidad emocional de un niño de cuatro años.
—¿Qué hizo ahora? —pregunté, mi voz bajando a un nivel letal. —Se encerró en su ático en Montmartre. Dice que su musa ha muerto, que va a quemar el manuscrito de su nueva trilogía y que solo abrirá la puerta si usted va en persona a decirle que su arte tiene valor. —Dile que queme el maldito libro y que lo demandaré por cincuenta millones de euros por incumplimiento de contrato. —Ya lo hice, señor. Respondió amenazando con prenderse fuego él también. La prensa está a dos calles de su casa.
Cerré los ojos, exhalando lentamente por la nariz para no asesinar a alguien.
—Prepara el jet. Salgo para París en veinte minutos.
Miré por última vez a través del cristal. Elena seguía hablando animadamente con Matteo. La furia y la frustración se mezclaron en mi estómago. Tenía que irme, pero no iba a dejar que se olvidara de mí tan fácilmente. Caminé hacia mi computadora, abrí mi correo y tecleé un mensaje rápido.
París me reclamaba, pero la guerra con Elena Varga apenas estaba comenzando.
Elena
—Y entonces le dije: "Si no me dejas poner una sola coma en todo el capítulo, al menos permíteme usar un punto y aparte antes de que el lector muera de hiperventilación" —le conté a Matteo, imitando la voz grave del autor de los Alpes.
Matteo casi escupe su café sobre los teclados. —¡No puedo creer que lo convencieras! Ese hombre lleva años aterrorizando al departamento de corrección de estilo. Eres una bruja, Elena. Una bruja vestida de rojo cereza.
Sonreí, partiendo otro pedazo de mi galleta de chispas de chocolate y dándoselo. La verdad era que estaba de un humor excelente. Había entregado mis propuestas de edición a primera hora de la mañana y me sentía invencible.
Miré de reojo hacia arriba, hacia la pecera de cristal polarizado del piso treinta y dos. No se podía ver mucho, pero juraría que la silueta alta e imponente de Lucien llevaba un buen rato parada frente a la ventana, mirando exactamente en esta dirección.
Cada vez que pensaba en él, un cosquilleo eléctrico me recorría los brazos. Era irritante, mandón y tenía la personalidad de un cubo de hielo, pero, maldita sea, también era el hombre más magnético que había conocido en mi vida. Y arreglar el manuscrito de Sombras de obsesión dándole al protagonista un montón de sus tics personales había sido la experiencia más divertida de mi carrera. Me moría por saber si se había dado cuenta.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026