Lucien
París estaba llorando. La lluvia golpeaba los inmensos ventanales de mi oficina en el último piso del edificio principal de Noir Éditions, creando una atmósfera gris y lúgubre que encajaba perfectamente con mi estado de ánimo.
Llevaba nueve días en Francia. Nueve malditos días lidiando con Jean-Paul, el autor que había decidido que el color de las cortinas de su hotel bloqueaba su chakra creativo. Nueve días de reuniones interminables, cenas de negocios que sabían a cartón y un dolor de cabeza constante que palpitaba justo detrás de mi ojo derecho.
Pero nada de eso era lo que realmente me tenía al borde del homicidio.
Lo que me estaba consumiendo vivo estaba a ochocientos cincuenta kilómetros de distancia, en Milán, vistiendo probablemente algún color estridente y alterando el ecosistema de mi empresa.
Abrí la bandeja de entrada de mi correo por decimoctava vez en la última hora.
Llevaba tres días intentando encontrar un error en el trabajo de Elena Varga. Uno solo. Una coma mal puesta, un salto de línea injustificado, una sugerencia de trama que rozara lo mediocre. Necesitaba una excusa profesional, tangible y documentada para llamarla por teléfono. Para escuchar su voz. Para reprenderla y, de paso, asegurarme de que no se había olvidado de mi existencia.
Pero la mujer era una maldita máquina de perfección editorial.
Había destrozado y reconstruido el manuscrito de El eco del silencio con una precisión quirúrgica. Había logrado que el autor recluso de los Alpes no solo aceptara usar signos de puntuación, sino que le enviara una cesta de quesos artesanales a la oficina en agradecimiento. Quesos. En mi oficina.
Frustrado, minimicé el correo y cometí el error que llevaba cometiendo todas las noches desde que me fui de Italia: abrí Instagram desde mi cuenta privada y sin foto de perfil.
Tecleé el usuario que me sabía de memoria. @libroadicta.
Su perfil público era un caos vibrante de reseñas de libros, fotos de portadas estéticas, tazas de café humeante y, últimamente, demasiado contenido desde el piso treinta y uno de mi sucursal milanesa.
La primera foto de su feed había sido subida hacía apenas una hora.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones y era reemplazado por ácido puro.
En la imagen, Elena salía riendo a carcajadas. Llevaba un suéter verde esmeralda que hacía resaltar sus ojos oscuros. Tenía un poco de espuma de cappuccino en la punta de la nariz. Pero eso no era lo peor. Lo peor era el brazo que la rodeaba por los hombros.
Matteo.
El infeliz editor senior aparecía sonriendo a la cámara, sosteniendo dos vasos de café y mirando a Elena como si ella fuera el sol mismo. El pie de foto decía: "Sobreviviendo al Purgatorio de Cristal gracias a mi work bestie y sobredosis de cafeína. @Matteo_Edits ☕️✨".
Un músculo saltó en mi mandíbula. ¿Work bestie? ¿Purgatorio de Cristal?
Cerré la aplicación con tanta fuerza que casi quiebro la pantalla de mi teléfono. Mi respiración era pesada. El nivel de posesividad irracional que me asaltó me dio náuseas. Matteo no era su bestie. Matteo era un empleado mediocre que estaba robando horas pagadas por mi empresa para tomarse fotos estúpidas.
Necesitaba volver a Milán. Hoy.
Presioné el botón del intercomunicador. —Camille. —¿Sí, señor Moreau? —respondió mi asistente de inmediato. —Búscame una excusa para volar a Milán esta noche. Hubo un silencio vacilante al otro lado de la línea. —Señor, la junta de accionistas es mañana a primera hora. Y Jean-Paul amenazó con tirar su máquina de escribir por el balcón si usted no revisa su prólogo. No tiene espacio en la agenda hasta la próxima semana.
Solté una maldición en voz baja y corté la comunicación. Estaba atrapado en París.
Volví a abrir mi correo electrónico. Si no podía volar a Milán para separar a Matteo de Elena, iba a asegurarme de que ella supiera quién era el jefe. Abrí el archivo de su última corrección y busqué desesperadamente. ¡Ahí! En la página 452. Una coma antes de una conjunción copulativa que era, técnicamente, debatible.
Mis dedos volaron sobre el teclado.
De: Lucien Moreau (l.moreau@noireditions.com)
Para: Elena Vargas (e.varga@noireditions.com)
Asunto: Revisión "El eco del silencio" - Ineficiencia gramatical
Señorita Vargas: He revisado sus modificaciones. En la página 452, línea 14, ha añadido una coma antes de la "y". Si bien la RAE lo permite en casos de ambigüedad, en este contexto ralentiza el ritmo de la narrativa de tensión que estamos intentando construir. Le sugiero que afine su atención al detalle. Además, he sido informado de que el nivel de productividad en el piso treinta y uno ha decaído. Le recuerdo que la editorial le paga por editar libros, no por documentar su vida social ni la de sus colegas en redes sociales durante horario laboral. Corrija la página 452.
L.M. CEO, Noir Éditions.
Me recargué en la silla, cruzando los brazos. Era frío. Era distante. Era malditamente celoso, pero camuflado bajo jerga corporativa.
Ahora, solo quedaba esperar. Y sabía que ella no iba a tardar.
Elena
Milán estaba siendo un sueño absoluto.
Estaba sentada en mi escritorio, balanceando los pies bajo la silla mientras la voz suave y llena de So Easy de Olivia Dean sonaba a través de mis auriculares. Hacía un día precioso y la luz del sol se filtraba por las paredes de cristal, dándole a Gertrudis (mi planta) un brillo espectacular.
En solo nueve días, el piso treinta y uno había dejado de sentirse como un calabozo de máxima seguridad. Aprovechando que el "Diablo" estaba ocupado aterrorizando franceses en París, yo había implementado la "Operación Deshielo".
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026