Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 7 | El eclipse en el piso treinta y uno

Elena

El miércoles comenzó como cualquier otro día en el que planeaba conquistar el mundo (o al menos, el departamento de ficción de Noir Éditions).

Llevaba un traje sastre de un color lila pastel que, según Matteo, me hacía ver como "un macaron de lavanda caminando por un cementerio". La Operación Deshielo iba viento en popa. Había logrado que el departamento de contabilidad aceptara poner música a volumen bajo durante las tardes, y mis autores estaban entregando a tiempo.

Todo era brillante. Todo era luz.

Al menos, hasta las 11:30 a.m.

Había bajado al inmenso y frío lobby del edificio para recoger unas pruebas de imprenta que habían llegado por mensajería. Tarareaba una canción mientras el recepcionista buscaba mi paquete.

—Un día precioso, ¿verdad, Mario? —le dije, apoyando los codos en el mostrador de mármol. —Demasiado sol para mi gusto, signorina Varga, pero si usted lo dice —respondió él con su habitual ceño fruncido italiano.

Tomé el paquete pesado contra mi pecho, me di la vuelta con una sonrisa lista para regresar a mis dominios... y entonces, el mundo entero se detuvo.

El aire abandonó mis pulmones como si alguien me hubiera dado un golpe directo al estómago. El sonido del lobby —los tacones contra el suelo, el zumbido de las puertas automáticas, el tráfico de Milán afuera— desapareció, reemplazado por un pitido agudo en mis oídos.

Estaban ahí.

A menos de diez metros de mí, esperando frente a los ascensores de visitantes, estaban Julien y Clara.

Él llevaba el mismo tipo de abrigo de lana que yo le había regalado en su último cumpleaños. Ella estaba apoyada contra su brazo, riendo de algo que él acababa de decir, moviendo esa melena rubia perfecta que yo había cepillado tantas veces antes de salir de fiesta juntas.

Mis pies se pegaron al suelo. El paquete de libros se sintió de repente como si pesara cien kilos. El terror, frío y paralizante, me trepó por la garganta.

No me habían visto. Estaban de perfil. Pero verlos juntos, ver cómo él le apartaba un mechón de cabello detrás de la oreja con esa misma delicadeza que alguna vez me perteneció, fue como abrir una herida que creía cosida y echarle ácido puro.

Cerré los ojos con fuerza, retrocediendo un paso, y el recuerdo me golpeó con la violencia de un tren descarrilado.

Flashback

Hacía frío en París. Era un martes por la tarde, tres meses antes de la fecha fijada para nuestra boda. Había salido temprano de la editorial anterior donde trabajaba porque quería sorprender a Julien. Llevaba en la bolsa dos botellas de su vino favorito y las pruebas del vestido de novia en mi teléfono para mostrárselas a Clara, que iba a cenar con nosotros.

Clara. Mi mejor amiga desde los cinco años. La chica con la que compartí mis primeros secretos, mis primeros miedos, la que me sostuvo la mano cuando me rompí el brazo a los doce años y la que gritó de emoción cuando Julien me propuso matrimonio.

Giré la llave en la cerradura de nuestro apartamento. "¡Sorpresa!", estaba a punto de gritar. Pero la palabra murió en mis labios.

Había un rastro de ropa desde el pasillo hasta la sala. Una chaqueta de cuero que yo conocía perfectamente. Unos tacones negros. Una camisa de hombre. El silencio del apartamento estaba roto por ruidos ahogados que venían de nuestra habitación. Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que me dolían las costillas. Caminé despacio, como si el suelo estuviera hecho de cristal. Cada paso era una agonía lenta.

Llegué al umbral de la puerta entreabierta.

Y los vi.

En la cama que yo había elegido. En las sábanas que yo había lavado. Julien y Clara. Enredados. Desesperados. Completamente inmersos el uno en el otro. No era un error de borrachos. Era íntimo. Era pasional. Era... real.

La bolsa con las botellas de vino resbaló de mis manos y se estrelló contra el suelo de madera. El cristal estalló en mil pedazos. El líquido rojo oscuro se extendió por el piso como sangre.

Ellos se separaron de golpe. Los ojos aterrorizados de Julien. El grito ahogado de Clara.

—Elena... —susurró él, pálido como un muerto, intentando cubrirse. Pero yo no dije nada. No grité. No lloré. Solo sentí cómo algo dentro de mi pecho, algo brillante y confiado que me había definido toda mi vida, se rompía con el mismo sonido que el cristal en el suelo. Me quité el anillo de compromiso, lo dejé sobre la mesa de la entrada y salí por la puerta. Y no volví a hablarles nunca más.

Fin del Flashback

Abrí los ojos en el lobby de Milán, jadeando por aire. El pánico me tenía temblando.

No podían verme. No aquí. No en la vida que me había costado tanta sangre, sudor y lágrimas reconstruir.

Apreté el paquete contra mi pecho, me giré bruscamente y caminé casi corriendo hacia las escaleras de emergencia. Subí tres pisos a pie, temblando, hasta que logré tomar un ascensor de servicio.

Cuando llegué al piso treinta y uno, el ecosistema estaba en su apogeo. Matteo estaba bromeando con la chica de corrección, había olor a café recién hecho y el sol entraba a raudales.

Pero para mí, todo se había vuelto gris.

Caminé hacia mi escritorio como un fantasma. Dejé el paquete sobre la mesa de mármol. No saludé a nadie. No regué a Gertrudis. Simplemente me senté, me crucé de brazos y me quedé mirando fijamente la pantalla apagada de mi computadora.

El frío que se había instalado en mis huesos no se iba.

Unos minutos después, sentí una sombra sobre mi escritorio.

—¡Ta-chán! —exclamó Matteo, depositando una servilleta frente a mí con una sonrisa triunfal—. Fui a la panadería de la esquina y soborné al panadero. Doble chocolate, bordes crujientes, centro derretido. La galleta de los campeones, Elena. Lista para curar cualquier...




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