Elena
El piso treinta y uno contuvo la respiración cuando las puertas del ascensor se abrieron a las 7:50 a.m.
Di un paso hacia el pasillo central, ajustando la correa de mi bolso. Llevaba unos pantalones de vestir blancos de corte alto y un blazer color amarillo canario que prácticamente emitía su propia luz solar. En una mano sostenía mi inmenso termo de café, y en la otra, dos cajas gigantes de donas glaseadas de la pastelería de la esquina.
La Operación Deshielo había vuelto a su programación habitual.
Caminé hacia mi cubículo con la cabeza en alto, el sonido de mis tacones marcando un ritmo enérgico. Las ojeras habían desaparecido gracias a tres capas de corrector, una mascarilla facial de las caras y, lo admito, la docena de galletas de doble chocolate más increíble que había probado en mi vida. Lucien Moreau podía ser un tirano arrogante, pero sabía exactamente cómo sobornar a mi sistema nervioso.
Apenas dejé las cajas sobre mi escritorio, una mancha negra con ojeras se abalanzó sobre mí.
—¡Elena! —Matteo casi tira a Gertrudis al abrazarme de lado, luciendo genuinamente aliviado—. ¡Por todos los santos! Juraba que hoy llegarías vestida de negro o que simplemente no volverías. Estaba a cinco minutos de llamar a una agencia de entretenimiento y contratar tres payasos y un malabarista para que te hicieran reír.
Solté una carcajada fuerte y clara, una que resonó en todo el piso y que pareció romper la tensión que flotaba en el ambiente desde mi crisis de ayer.
—Tranquilo, Matt. Cancela a los payasos —dije, empujando una de las cajas de donas hacia su pecho—. Solo fue un día de bajón. Un error en la matrix. Un eclipse temporal. Pero el sol ya salió de nuevo y tengo un reporte de Sombras de obsesión que va a hacer que los de marketing lloren de felicidad.
Matteo abrió la caja, tomó una dona con chispas de colores y me miró con una sonrisa de pura adoración platónica.
—No vuelvas a asustarme así, Vargas. El Purgatorio es insoportable sin tu exceso de color. Ayer hasta la de recursos humanos preguntó si te habías enfermado porque nadie le dio los buenos días cantando.
Me reí, regando a mi planta y encendiendo la computadora. —Prometo que no me iré a ningún lado.
A las 8:00 a.m. en punto, la temperatura del pasillo descendió bruscamente.
El murmullo alegre que se había reinstaurado en el departamento de ficción se apagó como si alguien hubiera cortado la electricidad. No necesitaba mirar hacia arriba para saber qué estaba pasando. El olor a sándalo, café negro y peligro inminente inundó mi espacio personal.
Lucien Moreau estaba de pie en la entrada de mi cubículo.
Llevaba un traje azul marino tan oscuro que casi parecía negro, una corbata impecable y la expresión de un hombre que estaba a punto de declarar la Tercera Guerra Mundial. Sus ojos me escanearon de arriba abajo, deteniéndose una fracción de segundo en el blazer amarillo canario, antes de clavarse en mis ojos.
No dijo nada. Yo tampoco. Fue una evaluación silenciosa. Él buscando rastros del fantasma lloroso de ayer, y yo demostrándole que sus galletas ridículamente caras (y sus palabras al estilo Harding) habían funcionado.
—Señorita Vargas —dijo finalmente, su voz profunda y áspera rompiendo el silencio—. Veo que ha recuperado su... cuestionable sentido de la moda.
Le sonreí de oreja a oreja, sin dejarme intimidar. —Y yo veo que usted sigue siendo un rayo de sol matutino, señor Moreau. Gracias por el paquete de anoche. La crema de pistacho fue un toque muy considerado para un jefe tan estricto.
Matteo, que estaba a mi lado masticando su dona, se atragantó espectacularmente al escuchar que el Diablo me había enviado un paquete a casa. Empezó a toser, rojo como un tomate, mientras intentaba retroceder hacia su escritorio sin hacer contacto visual con Lucien.
Lucien lo ignoró por completo. Me extendió la mano, con la palma hacia arriba.
—Mi reporte.
Tomé la carpeta negra que había preparado y la dejé caer sobre su mano. —Listo. Revisado, corregido y con un protagonista masculino que ahora tiene la capacidad emocional de un ser humano en lugar de una piedra.
Lucien abrió la carpeta, pasando las primeras páginas con movimientos rápidos y precisos. Yo estaba esperando que empezara a buscar errores, cuando su teléfono celular comenzó a vibrar frenéticamente en el bolsillo de su saco.
Frunció el ceño, sacó el aparato y miró la pantalla. Su mandíbula se tensó hasta el punto de que temí que se le rompiera un diente.
Rechazó la llamada.
A los tres segundos, volvió a sonar.
—Maldita sea —murmuró en francés, contestando bruscamente—. Camille, te dije que me cancelaras todo hasta el mediodía. Estoy revisando el...
La voz de su asistente sonaba tan aguda desde el auricular que incluso yo podía escucharla. Lucien cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz, luciendo como si quisiera tirarse por la ventana del piso treinta y uno.
—¿Qué quieres decir con que está en el techo? —preguntó Lucien, su tono bajando a un nivel aterrador—. No. No le pases a la policía. No le pases a su terapeuta. ¡Dile a Jean-Paul que si tira ese manuscrito por el tejado de Montmartre, yo mismo voy a ir a París a estrangularlo con su propia bufanda de seda!
Colgó el teléfono y lo guardó con violencia en el bolsillo.
Me crucé de brazos, apoyándome en el borde de mi escritorio. —¿Problemas en el paraíso literario?
Lucien me fulminó con la mirada. —Jean-Paul. Nuestro autor principal en Francia. Tiene una crisis de bloqueo creativo y amenaza con tirar la única copia de su nueva novela desde el techo de su departamento. Lleva días haciendo berrinches y el inútil de mi vicepresidente no sabe cómo controlarlo. Tengo que volver a París. Ahora.
Hizo un gesto de frustración que lo hizo ver, por primera vez, desbordado. —Es imposible razonar con él. Quiere que vaya y le ruegue. Quiere que le diga que es el salvador de la literatura moderna para dignarse a bajar de ese maldito tejado.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026