Elena
El tráfico en la autopista hacia el aeropuerto de Linate era un castigo divino. No había otra explicación.
Corría por la terminal privada arrastrando mi maleta de cabina con una mano y sosteniendo mi bolso, mi abrigo y una caja de cartón rescatada de la oficina en la otra. Llegaba cuarenta y dos minutos tarde. Cuarenta y dos minutos de retraso para el vuelo privado del hombre más impaciente, exigente y aterrador de toda la industria editorial europea.
Cuando finalmente salí a la pista, el viento me golpeó la cara, desordenando mi cabello por completo. A unos metros de distancia, el inmenso y elegante jet negro con el logo dorado de Noir Éditions en la cola me esperaba con la escalerilla baja.
Y en la cima de la escalerilla, de pie con los brazos cruzados y la postura de un verdugo a punto de dictar sentencia, estaba Lucien Moreau.
Tragué saliva, intentando recuperar el aliento mientras subía los escalones con torpeza.
—Señor Moreau —jadeé, llegando por fin a la puerta de la cabina—. El tráfico... hubo un accidente... un camión de tomates volcó y...
Lucien no parpadeó. Llevaba un suéter de cuello alto color negro carbón que se ajustaba a sus hombros de una manera casi insultantemente perfecta, y unos pantalones oscuros a medida.
—Cuarenta y tres minutos tarde, Vargas —dijo, su voz profunda compitiendo con el zumbido de las turbinas—. Estaba a punto de decirle al piloto que despegara y dejarte explicándole la teoría del camión de tomates a la seguridad del aeropuerto.
Agaché la cabeza, sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello. —Lo siento mucho. De verdad. Sé que su tiempo es...
—Y como sabía perfectamente que ibas a llegar tarde, corriendo y al borde de un colapso —me interrumpió, dando un paso a un lado para dejarme pasar al interior de la cabina—, tomé mis precauciones.
Levanté la vista, confundida, y entré. El jet era ridículamente lujoso. Asientos de cuero blanco, detalles en madera de nogal, una iluminación cálida y una barra de bebidas que parecía sacada de un hotel de cinco estrellas.
Me giré hacia él. —¿Precauciones?
La comisura del labio de Lucien se levantó en una fracción de milímetro. Señaló su propio pecho, vestido de negro de pies a cabeza.
—Me puse colores oscuros. Y le pedí a la azafata que guardara todo el vino tinto bajo llave. Sabiendo cómo entras a los lugares cuando estás alterada, no voy a arriesgar otro traje de diez mil euros a manos de tus ataques con líquidos.
Me quedé con la boca entreabierta por un segundo, procesando la burla, y luego no pude evitarlo. Solté una carcajada genuina y cristalina que resonó en la cabina silenciosa. El nudo de vergüenza en mi estómago se disolvió instantáneamente.
—Muy gracioso, jefe —dije, rodando los ojos con una sonrisa, mientras dejaba mis cosas en uno de los amplios asientos de cuero—. Prometo que esta vez mis manos son armas registradas y seguras.
Lucien me sostuvo la mirada un segundo más del necesario. Su expresión se suavizó, apenas una sombra imperceptible, antes de volver a endurecerse.
—Siéntate y abróchate el cinturón. Ya perdimos suficiente tiempo.
Me acomodé en el asiento frente a él, separada solo por una elegante mesa de nogal. Apenas el avión despegó, Lucien abrió su computadora portátil, se puso unos auriculares inalámbricos y se sumergió en una videoconferencia en perfecto francés corporativo.
Saqué mi iPad y lo apoyé en la mesa para empezar a revisar unos contratos, pero mi cerebro se negaba a cooperar.
Estábamos volando a París.
Ayer mismo estaba llorando en mi sala porque el simple hecho de ver a Julien y Clara en Milán me había roto en pedazos. Y ahora, por culpa de un autor dramático y un jefe controlador, estaba yendo directamente a la boca del lobo. La ciudad donde vivían. La ciudad donde nos íbamos a casar. La ciudad de la que había huido.
El pánico empezó a treparme por la garganta. Mis manos sudaban. Tomé mi iPhone con dedos temblorosos y abrí el chat de Sofía, mi mejor amiga en Madrid, la única que me había sostenido cuando todo explotó.
Yo (10:14 a.m.): Sofi. Emergencia. Yo (10:14 a.m.): Voy camino a París. El Diablo me secuestró en su jet privado por una crisis editorial. No puedo respirar. Si me encuentro con Julien en la calle voy a vomitar.
Sofía (10:16 a.m.): ¡¿QUÉ?! ¡¿Estás en París?! ¡Respira, amix! París es inmenso. No te los vas a cruzar. Además, vas en plan jefa empoderada en un jet privado con tu jefe multimillonario que (según me contaste) te defiende. ¡Eres inalcanzable ahora mismo! No dejes que esos traidores te quiten TU ciudad.
Leí el mensaje tres veces. Sofía tenía razón. Pero la ansiedad seguía revoloteando en mi estómago como un enjambre de abejas. Suspiré pesadamente, bloqueando la pantalla, y abrí la caja de cartón que había traído conmigo.
Lucien
Llevaba veinte minutos asintiendo a los reclamos del equipo legal en la pantalla de mi laptop, pero mi atención no estaba en los contratos.
Estaba frente a mí.
Elena llevaba un rato inusualmente silenciosa. La había visto teclear frenéticamente en su teléfono, y después de suspirar como si el mundo entero pesara sobre sus hombros, su luz pareció atenuarse de nuevo. Era la misma sombra que había cruzado su rostro el día anterior, y solo significaba una cosa: estaba pensando en su regreso a París. Estaba pensando en esos malditos idiotas que la habían lastimado.
La bilis me quemó la garganta. Quería cerrar la laptop, quitarle el teléfono de las manos y decirle que, mientras yo estuviera cerca, nadie en toda Francia se atrevería siquiera a mirarla.
Pero no era el momento. Corté la videollamada abruptamente, cerrando la computadora con un golpe seco.
—Pensé que no tenías hambre —dije, rompiendo el silencio de la cabina.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026