Elena
París me recibió exactamente como esperaba: llorando.
Las gotas de lluvia golpeaban los cristales oscuros del Maybach blindado que nos recogió en el aeropuerto. El cielo era de un gris plomo que amenazaba con aplastar los edificios de estilo haussmaniano. Mientras el auto avanzaba por las calles mojadas, el olor a asfalto húmedo y a panaderías me golpeó con la fuerza de un bate de béisbol.
Era mi ciudad. Era la ciudad donde había soñado casarme, donde había comprado un vestido blanco que ahora juntaba polvo en algún trastero, y donde había dejado pedazos de mi corazón tirados en el piso de madera de un apartamento que ya no era mío.
Me abracé a mí misma, hundiendo un poco la barbilla en mi abrigo.
A mi lado, Lucien era una estatua de hielo y perfección impecable. No había dicho una sola palabra desde que aterrizamos, pero su presencia llenaba cada centímetro cúbico del auto. Aunque miraba su iPad, sabía que estaba hiperconsciente de mí. Cada vez que yo soltaba un suspiro tembloroso, él ajustaba su postura o tensaba la mandíbula. Era como si mi ansiedad le estuviera dando alergia.
—Llegamos, señor Moreau —anunció el chófer, deteniendo el auto frente a un edificio absurdamente lujoso en Montmartre.
Afuera, una pequeña multitud de paparazzis y curiosos se arremolinaba bajo la lluvia, apuntando sus cámaras hacia el último piso.
—Es la hora del show, Vargas —dijo Lucien, guardando el iPad. Me miró fijamente, y por un segundo, su voz bajó a ese tono ronco que usaba cuando quería calmarme sin admitir que le importaba—. Respira. El pasado está muerto. Solo concéntrate en el idiota que está en el balcón.
Asentí, tomando una gran bocanada de aire. Tenía razón. Era la Elena de Milán ahora. La Elena que no le tenía miedo a nada.
Subimos en el ascensor privado hasta el ático. Cuando las puertas se abrieron, el vicepresidente de la editorial, un hombre bajito y sudoroso, casi se tira a los pies de Lucien.
—¡Gracias a Dios, Lucien! —sollozó—. Lleva dos horas ahí afuera. Dice que la literatura está muerta y que él es su último mártir.
Lucien pasó por su lado como si fuera un mueble y caminó directamente hacia las puertas dobles de cristal que daban a la inmensa terraza bajo la lluvia. Yo lo seguí de cerca.
Allí estaba Jean-Paul. Llevaba una bata de seda roja que ondeaba dramáticamente con el viento, sostenía un fajo de cientos de páginas contra su pecho y estaba subido al borde de una maceta de piedra, asomándose al abismo de París.
—¡No te acerques, Moreau! —gritó Jean-Paul, haciendo un gesto teatral con la mano libre—. ¡Este es el fin! ¡Mi obra carece de alma! ¡El mundo no merece leer algo que no sangra! ¡Lo voy a soltar!
Lucien se detuvo a un metro de él. La lluvia empezaba a mojar su traje de miles de euros, pero él ni se inmutó.
—Bájate de ahí, Jean-Paul. Estás arruinando mis zapatos y mi paciencia —ordenó Lucien, usando su voz de CEO que normalmente hacía temblar a juntas directivas enteras.
—¡Tú no entiendes el arte, Lucien! ¡Tú solo ves números! ¡Yo veo el vacío existencial! —gritó el escritor, acercando las páginas al vacío.
Lucien cerró los ojos y suspiró. Se giró hacia mí, dándome una mirada que decía claramente: "Es todo tuyo, arréglalo antes de que lo empuje yo mismo".
Di un paso al frente. Me quité el agua de la cara y me crucé de brazos, adoptando la postura más aburrida y desinteresada que pude encontrar en mi repertorio.
—Haznos un favor y tíralo de una vez, Jean-Paul —grité, mi voz cortando el drama como un cuchillo.
El escritor se quedó congelado. Parpadeó, mirándome por primera vez. —¿Qué? ¿Quién eres tú?
—Soy Elena Vargas, la nueva editora jefe de Milán. Y acabo de leer el primer capítulo de eso que tienes en las manos en el jet privado —Mentí descaradamente—. Es un somnífero. Si no lo tiras tú, lo tiro yo.
Jean-Paul apretó el manuscrito contra su bata de seda, escandalizado. —¡¿Somnífero?! ¡Es un descenso crudo a la psique humana!
—Es un hombre quejándose de su vida durante treinta páginas seguidas sin que pase absolutamente nada —repliqué, dando otro paso hacia él, gesticulando con indignación fingida—. La prosa es perezosa. El protagonista es tan plano que podría usarse como tabla de planchar. Sinceramente, tirarlo es lo mejor que puedes hacer por tu carrera. Nos ahorrarías millones en marketing tratando de convencer a la gente de que no es basura. ¡Tíralo! ¡Libéranos de esa mediocridad!
El silencio en la terraza fue ensordecedor. El vicepresidente detrás de nosotros emitió un quejido agudo y pareció desmayarse en un sofá cercano.
Jean-Paul me miró con los ojos muy abiertos. Su pecho subía y bajaba. Lentamente, bajó un pie de la maceta. Luego el otro. Abrazó su manuscrito como si fuera un bebé en peligro, alejándose del borde del balcón y acercándose a mí bajo la lluvia.
—¿Mediocridad? —susurró el escritor, y de repente, sus ojos se iluminaron con un brillo de locura fascinada—. ¡Mon Dieu! Eres... eres brutal. No tienes filtro. Eres la crueldad personificada cubierta de luz.
Tragué saliva, manteniendo mi cara de póquer. —Solo digo la verdad. Si quieres que publiquemos algo, ve a tu escritorio, rompe las primeras cien páginas y dales vida a tus personajes. Porque ahora mismo, están más muertos que tu inspiración.
Jean-Paul cayó de rodillas frente a mí. Literalmente, de rodillas sobre los charcos de la terraza.
—¡Eres mi nueva musa! —gritó, levantando una mano hacia el cielo—. ¡He estado rodeado de aduladores estúpidos, pero tú, pequeña fiera italiana, me has devuelto el fuego! ¡Voy a reescribirlo todo! ¡Cada palabra estará dedicada a ti, Elena Vargas!
Lucien
Mis manos se cerraron en puños tan apretados que sentí las uñas clavarse en mis palmas.
La táctica había funcionado a la perfección. Era brillante. Elena había leído el ego de Jean-Paul en cinco segundos y lo había manipulado con una facilidad aterradora. Había salvado un contrato multimillonario y evitado un desastre mediático absoluto.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026