Elena
El espejo del inmenso baño de mármol de la suite presidencial me devolvió la mirada de una mujer que, francamente, no reconocía.
Llevaba un vestido de seda negra, de corte lencero, que caía como agua sobre mis curvas y terminaba justo por encima de las rodillas. Sofía me había dado una orden clara y yo la había cumplido: mis labios estaban pintados de un rojo carmesí tan intenso que parecía un desafío. Dejé mi cabello suelto, cayendo en ondas oscuras sobre mis hombros, y me deslicé en unos tacones de aguja negros que me regalaban unos centímetros extra de pura actitud.
Tomé una respiración profunda, sintiendo el aire temblar en mis pulmones.
Tú puedes con esto, Elena. Eres la editora jefe. Le acabas de salvar la vida a Jean-Paul. Tienes el control. Abrí la puerta del baño y salí al salón principal.
Lucien ya estaba listo. Llevaba un traje de tres piezas color gris marengo, sin corbata, con el primer botón de la camisa blanca desabrochado. Estaba sirviéndose un trago de whisky en la barra de cristal del hotel, pero cuando escuchó el clic de mis tacones, se detuvo por completo.
El vaso de cristal quedó suspendido a centímetros de sus labios.
Sus ojos oscuros viajaron desde la punta de mis zapatos, subieron lentamente por la seda negra del vestido, y se clavaron directamente en mi boca pintada de rojo. El silencio en el salón fue tan pesado que casi podía escuchar el latido frenético de mi propio corazón.
La mandíbula de Lucien se tensó. Tragó saliva, bajando el vaso lentamente hasta apoyarlo en el cristal con un golpe sordo.
—Señor Moreau —dije, intentando que mi voz no temblara bajo el peso de su escrutinio—. Estoy lista.
Lucien dio un paso hacia mí. Su mirada era pura oscuridad líquida. Fuego frío.
—Ese labial... —murmuró, su voz bajando a un nivel que rozaba lo peligroso—. Es un riesgo de seguridad, Vargas. Vas a causar un accidente de tráfico antes de que lleguemos al bar.
Una sonrisa involuntaria tiró de las comisuras de mis labios. —¿El Diablo de Noir Éditions preocupado por la seguridad vial? Eso es nuevo.
—El Diablo de Noir Éditions está calculando cuántas cabezas va a tener que cortar esta noche si alguien te mira más de dos segundos —respondió él, sin una pizca de sarcasmo. Se ajustó el saco de su traje y me ofreció el brazo—. Vamos, antes de que decida encerrarnos en esta suite hasta que volvamos a Milán.
Lucien
Le Nocturne estaba exactamente igual que la noche en que me arrojó su copa de vino encima.
La luz dorada, el humo elegante, el jazz suave llenando el ambiente. Pero esta vez, yo no estaba en la barra escondiéndome del mundo. Esta vez, estaba caminando por el centro del bar con la mujer más espectacular de toda la maldita ciudad aferrada a mi brazo.
Sentía las miradas de los hombres en el local. Cada vez que unos ojos se posaban en la seda negra que envolvía a Elena, yo les devolvía una mirada tan letal que rápidamente encontraban un gran interés en sus propios zapatos. Era territorial. Era irracional. Era absolutamente embriagador.
—¡ELENA!
Una chica morena, con un vestido verde esmeralda y una energía que rivalizaba con la de la propia Vargas, saltó de una de las mesas del fondo y corrió hacia nosotros.
Elena soltó mi brazo y abrazó a la chica con una fuerza desesperada.
—¡Sofi! ¡Dios mío, estás aquí de verdad! —Elena casi lloraba de la risa.
Me quedé a un lado, metiendo una mano en el bolsillo de mi pantalón, observando la escena. La amiga, Sofía, se separó de Elena, me miró de arriba abajo, y sus ojos se abrieron como platos. La sorpresa fue reemplazada casi de inmediato por una sonrisa de pura complicidad que me hizo entrecerrar los ojos. Esta chica era peligrosa.
—Madre mía... —murmuró Sofía en español, dirigiéndose a Elena sin dejar de mirarme—. Tú me dijiste que tu jefe era un tirano, pero omitiste el pequeño detalle de que parece salido de la portada de una revista de Forbes mezclada con una novela para adultos.
Elena se puso roja como un tomate. —¡Sofía, por favor, habla inglés, él entiende todo!
Levanté una ceja, dando un paso adelante y extendiendo la mano.
—Lucien Moreau. Y no se preocupe, Sofía. El título de tirano me lo he ganado a pulso. Es un placer conocer a la mujer que cruzó Europa en tren para rescatar a mi editora.
Sofía me estrechó la mano con firmeza, mirándome con ojos afilados. —El placer es mío, señor Moreau. Y gracias por traerla entera. Aunque, por la forma en que escanea el bar buscando francotiradores, asumo que el servicio de guardaespaldas viene incluido en el contrato.
Me agradó al instante. Era tan insolente como Vargas.
Estaba a punto de responder cuando mi teléfono comenzó a vibrar como un taladro en el bolsillo interior de mi chaqueta. Fruncí el ceño. Solo tres personas tenían permiso para saltarse el desvío de llamadas a esta hora.
Lo saqué. Un mensaje de Jean-Paul. Seguido de cinco audios y una foto de un montón de hojas manchadas de café.
De: Jean-Paul (El Lunático) ¡LUCIEN! ¡La inspiración es fuego puro! ¡He escrito cuarenta páginas en tres horas! ¡El alma del protagonista ha renacido! Necesito que la pequeña fiera italiana, mi luz, mi musa, lo lea AHORA MISMO. ¡Dile a Vargas que necesito sus insultos para seguir creando! ¡Mándamela!
Cerré los ojos y exhalé pesadamente. El autor estaba hiperactivo. La lógica empresarial me gritaba que llevara a Elena a una mesa, le pusiera la laptop enfrente y la hiciera trabajar. Pero entonces la miré.
Estaba sonriendo con Sofía. Sus ojos brillaban bajo las luces del bar. Había enfrentado sus miedos, se había puesto ese maldito vestido y había bajado al ruedo. No iba a arruinarle la noche. Necesitaba que volviera a ser la Elena luminosa de Milán.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026