Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 13 | Hielo, musas y un jet privado para uno

Elena

El trayecto desde Le Nocturne hasta el hotel fue un borrón.

Lucien no me soltó en ningún momento. Su mano, firme y cálida en mi espalda baja, fue lo único que me impidió colapsar en la acera parisina. Sofía se había despedido en la puerta del bar con una mirada llena de preocupación, prometiendo escribirme en cuanto llegara a su hostal, dejándome a solas con el hombre que acababa de aniquilar a mi ex prometido.

Cuando la puerta de la suite presidencial se cerró a nuestras espaldas, el silencio fue ensordecedor.

Me alejé de Lucien, abrazándome a mí misma. Temblaba. El vestido de seda negra, que hacía una hora me hacía sentir invencible, ahora se sentía como una armadura de papel.

—Siéntate —dijo él, su voz perdiendo el filo amenazante que había usado en el bar. Sonaba ronca. Desesperada.

Me dejé caer en el borde del sofá de terciopelo. Lucien no fue a servirse otro whisky. No se quitó el saco. Caminó directamente hacia mí y se arrodilló frente a mis piernas, obligándome a quedar a la altura de sus ojos. Sus manos grandes y firmes tomaron las mías, que estaban heladas.

—Elena. —Pronunció mi nombre completo, sin el "Vargas" corporativo, y eso casi me rompe—. ¿Qué secreto? ¿De qué maldita cosa estaba hablando ese imbécil?

Negué con la cabeza, las lágrimas acumulándose en mis pestañas. —¿No vas a despedirme? Estuviste a punto de comprar una empresa solo por...

—Me importa un demonio su empresa y me importa un demonio el escándalo —me interrumpió, apretando mis manos. Sus ojos oscuros, habitualmente inescrutables, ardían con una urgencia que me quemaba—. Mírame. Te juro que si alguien te está amenazando, si ese infeliz te hizo algo que te obligó a huir y te está chantajeando, lo voy a enterrar tan profundo que ni la policía francesa lo va a encontrar. Solo dímelo. Dímelo y yo me encargo.

El nivel de protección en su voz era abrumador. Me estaba ofreciendo su imperio entero para defenderme.

Pero no podía decírselo. El secreto que compartía con Julien era oscuro, feo, y si salía a la luz, cambiaría por completo la forma en que Lucien me veía. No quería que me mirara con lástima. No quería que la poca luz que yo había recuperado en Milán se apagara a sus ojos.

—No puedo, Lucien —susurré, un sollozo escapando de mi garganta—. No puedo contártelo.

El cuerpo de Lucien se tensó. —Elena, no juegues conmigo ahora. Te estoy intentando ayudar.

—¡No necesito que me ayudes con esto! —Retiré mis manos de las suyas de un tirón, poniéndome de pie y retrocediendo—. Fue un error ir a ese bar. Fue un error creer que podía enfrentar a Julien. Pero no te voy a contar mi secreto. Lo siento. Debo guardarlo. No puedo decírtelo. No ahora. Tal vez... tal vez nunca.

Lucien se puso de pie lentamente. Toda la calidez, la urgencia y la vulnerabilidad que me había mostrado hace un segundo desaparecieron como si las hubiera absorbido un agujero negro.

Se pasó una mano por el cabello, frustrado, cerrando los ojos con fuerza. Cuando los volvió a abrir, la máscara del Diablo de Noir Éditions estaba de vuelta. Fría. Implacable. Intocable.

—Bien —dijo, su voz plana y carente de toda emoción—. Si prefieres cargar con amenazas de un perdedor antes que confiar en mí, es tu decisión. No voy a invadir tu espacio personal, señorita Vargas. A fin de cuentas, soy solo su jefe.

—Lucien, por favor, no es que no confíe...

—Buenas noches, Elena. Tenemos una reunión con Jean-Paul mañana a las nueve. No llegue tarde.

Y sin mirarme una sola vez más, se dio la vuelta, entró a su habitación y cerró la puerta.

La tensión en el salón era tan espesa que sentí que me asfixiaba. Me había protegido, me había sostenido, y yo le había cerrado la puerta en la cara. Y él, fiel a su naturaleza, había construido un muro de hielo de veinte metros de altura.

Los siguientes dos días en París fueron una tortura china.

El viernes por la mañana estábamos en el ático de Jean-Paul. El clima afuera era horrible, pero dentro del apartamento del escritor, el caos era aún mayor.

—¡Mi musa! ¡Luz de mis tormentos! —exclamó Jean-Paul en cuanto crucé la puerta, lanzándose a besarme las manos. Llevaba una boina torcida y manchas de tinta en las mejillas—. He matado a tres personajes secundarios esta madrugada solo para honrar tu espíritu destructivo. ¿Te gusta? ¿Sientes la sangre en la prosa?

Forcé una sonrisa que no me llegó a los ojos. —Es... un gran avance, Jean-Paul. Definitivamente más ritmo.

—¡Haré que te esculpan en mármol para la entrada de la editorial! —gritó él, corriendo hacia su máquina de escribir.

Miré de reojo a Lucien, esperando su habitual bufido de desprecio, esperando que pusiera los ojos en blanco, que me lanzara una de esas miradas de complicidad sarcástica que compartíamos en Milán. Esperando que marcara territorio como lo había hecho antes.

Pero nada.

Lucien estaba sentado en el sofá de cuero del escritor, leyendo un contrato en su tableta. Llevaba su traje negro impecable. No me miró. No reaccionó a las excentricidades de Jean-Paul. De hecho, no me había dirigido la palabra en cuarenta y ocho horas si no era para darme órdenes directas de trabajo.

"Revise el párrafo cuatro, Vargas". "Imprima las correcciones, Vargas". "No me interrumpa, Vargas".

Me trataba con una indiferencia tan clínica y absoluta que me dolía más que cualquier grito. Era como si yo fuera un cero a la izquierda. Un mueble más en la oficina. No había chispas, no había retos, no había tensión. Me había dado el espacio que yo pedí de la manera más cruel posible: borrándome de su radar.

Mi luz, esa energía inagotable que me caracterizaba, empezó a marchitarse. Ya no usaba blusas de colores, solo camisas blancas y pantalones oscuros. Ya no sonreía. Hacía mi trabajo en automático, sintiendo cómo el frío parisino se me metía en los huesos.




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