Elena
El piso treinta y uno de Noir Éditions había recuperado su ecosistema natural.
Había vuelto a Milán el lunes por la mañana vistiendo un traje pantalón de color coral brillante que hizo que la jefa de recursos humanos tuviera que parpadear varias veces al verme entrar. Había regado a Gertrudis, había puesto mi lista de reproducción de soul y, para las nueve de la mañana, la Operación Deshielo estaba funcionando a su máxima capacidad.
—¡Para la reina que domó a los franceses! —anunció Matteo, deslizando una caja blanca de cartón sobre mi escritorio. La abrió con un floreo teatral, revelando media docena de donas glaseadas—. El departamento entero hizo una colecta. Eres una leyenda, Elena. Dicen que el Diablo regresó a París y tú lo dejaste allá.
Solté una carcajada, tomando una dona cubierta de chispas.
—No lo dejé, Matt. Él tenía cosas corporativas que atender —respondí, aunque al recordar su nota en el jet privado, un calor traicionero me subió por el cuello.
Eres mía para proteger. No dejes que nadie te quite la luz.
Había leído esa frase tantas veces durante el fin de semana que el cartón de la tarjeta ya estaba desgastado en las esquinas. Me había dado fuerzas. Pero, al mismo tiempo, el peso de mi secreto seguía ahí, anclado en mi pecho. Julien sabía lo que había pasado en París. Sabía lo que yo había hecho. Y si esa bomba explotaba, la luz que Lucien veía en mí se apagaría para siempre. Tenía miedo.Un miedo paralizante de que el hombre que había movido cielo y tierra para enviarme la repostería más exclusiva de Europa, el hombre que me había escrito esa nota en el avión, me mirara con decepción.
Ping.
El sonido de mi bandeja de entrada me sacó de mis pensamientos.
Suspiré pesadamente. Era el correo número diecisiete de la mañana. Y todos eran de la misma persona.
De: Jean-Paul Asunto: URGENTE - El color del dolor Musa de mis tormentos, pequeña fiera iluminada. He decidido que el protagonista no usará negro, usará azul cobalto. ¿Sientes que el azul cobalto representa el abismo de su alma? Respóndeme pronto, mi teclado está en llamas. Tu servidor eterno, J.P.
Matteo leyó la pantalla por encima de mi hombro y soltó una carcajada.
—Ese tipo está completamente obsesionado contigo. Si no fueras su editora, te diría que le pongas una orden de alejamiento.
—Es agotador —gruñí, frotándome las sienes y mirando la montaña de manuscritos que tenía en mi escritorio—. Tengo el proyecto de Sombras de obsesión atrasado, tres autores locales que exigen revisiones, y Jean-Paul me escribe cada vez que decide cambiarle el color a una taza de café en su novela. ¡No tengo tiempo para respirar!
Estaba a punto de darle un mordisco frustrado a mi dona, cuando el aire en el piso treinta y uno cambió.
No hubo un sonido específico. Fue un descenso drástico de la presión atmosférica. La música de los teclados cesó. Matteo, que estaba apoyado descuidadamente en mi escritorio, se puso rígido como una tabla y su rostro perdió todo rastro de color.
No me giré de inmediato. Conocía esa colonia. Conocía ese sándalo mezclado con frío parisino y poder absoluto.
Lucien Moreau no estaba en París. Estaba de pie exactamente a un metro de mi silla.
Me giré lentamente. Llevaba un traje gris carbón, y su expresión era tan impenetrable y gélida como la primera vez que lo vi. No había rastro del hombre que me había abrazado en Le Nocturne.
Sus ojos oscuros escanearon la escena. Se detuvieron en mi traje coral. Luego, bajaron hacia Matteo. Después, miraron la caja de donas de la panadería de la esquina con un desprecio casi aristocrático. Y, finalmente, sus ojos se clavaron en mi monitor, donde el correo de Jean-Paul brillaba con el asunto "Musa de mis tormentos".
Vi cómo la mandíbula de Lucien se tensaba de una forma que amenazaba con romperle los dientes.
—Señor Moreau —balbuceé, limpiándome un poco de azúcar del labio—. Lo... lo esperábamos la próxima semana.
—Evidentemente —Su voz fue un látigo bajo y ronco—. Veo que la fiesta de carbohidratos baratos y los correos de admiradores han tomado prioridad sobre los reportes trimestrales.
Matteo tragó saliva ruidosamente y dio un paso atrás. —Señor, las donas fueron...
—No te pregunté, Matteo —lo cortó Lucien, sin siquiera mirarlo, manteniendo sus ojos clavados en mí. Era una mirada posesiva, pesada, oscura y cargada de una irritación que no molestaba en ocultar—. Vargas. A mi oficina. Ahora.
Se dio la vuelta y caminó hacia los ascensores con esa zancada larga y depredadora.
Solté un gemido de frustración, tirando la dona en la caja. ¡No tenía tiempo para esto! Tenía una crisis de correos, autores llamando y ahora el Diablo había regresado antes de tiempo solo para arruinar mi lunes.
Tomé mi libreta, caminando a regañadientes hacia el piso treinta y dos.
Cuando entré a su inmensa oficina, la puerta se cerró a mis espaldas con un clic silencioso. Lucien ya estaba sin su chaqueta, con las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando los antebrazos tensos.
—Mire, Lucien —empecé, cruzándome de brazos, dejando la frustración salir—. Sé que soy su empleada, pero estoy ahogada. No puedo revisar el presupuesto de marketing hoy. Jean-Paul me tiene secuestrada la bandeja de entrada, Matteo solo intentaba ser amable, y si me llamó aquí para gritarme por mi productividad, le juro que...
—Silencio, Elena.
La interrupción fue suave. No fue un grito. Fue una orden que me desarmó al instante.
Lucien se apoyó contra el borde de su escritorio de caoba y deslizó un grueso contrato de aspecto legal hacia mí.
—Léelo.
Fruncí el ceño, acercándome con cautela. Mis ojos escanearon la primera página. Era un anexo a mi contrato laboral. Las cifras de mi salario base estaban... casi duplicadas. Y mi título ahora decía: Editora Jefe Internacional (Enlace París-Milán).
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026