Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 15 | Tácticas de evasión y un monstruo dorado

Elena

Llevaba cuarenta y ocho horas jugando al escondite en mi propia oficina.

Desde el incidente del beso en el despacho de caoba, había desarrollado habilidades de evasión dignas de un agente de la CIA. Había cambiado mis blusas de colores neón por tonos beige y grises para camuflarme mejor entre las paredes del piso treinta y uno. Había sincronizado mis idas al baño para que no coincidieran con los horarios en los que el ascensor privado de Lucien solía bajar.

Estaba aterrada. Avergonzada. ¡Había besado a mi jefe! ¡Al Diablo de Noir Éditions! Y, peor aún, me había gustado tanto que había salido corriendo como una cobarde en cuanto mi cerebro procesó la intensidad con la que él me había devuelto el beso.

—Si te agachas un centímetro más, te vas a dar un cabezazo contra el teclado —comentó Matteo, asomándose por el borde de mi cubículo.

Di un salto, casi tirando mi taza de pato amarillo. —¡No me estoy agachando! Estoy... analizando de cerca la fuente tipográfica de este manuscrito.

Matteo rodó los ojos, dándole un sorbo a su café. —Claro. Y yo soy un bailarín de ballet ruso. Llevas dos días temblando cada vez que suena el teléfono, Vargas. ¿Qué pasó el lunes en esa oficina? ¿El jefe te gritó por la tarta de fresa? ¿Te despidió y te dio cuarenta y ocho horas para desalojar?

Sentí que el calor me subía por el cuello. —No pasó nada, Matt. Solo estoy estresada con el nuevo contrato y la locura de Jean-Paul.

Estaba a punto de rogarle que cambiara de tema, cuando el sonido característico de las puertas del ascensor principal se abrió.

Como siempre, la temperatura del piso pareció descender, y el tecleo de los editores se detuvo en seco. Pero esta vez, el silencio no fue seguido por la tensión habitual. Fue seguido por un jadeo colectivo. Alguien en la fila de corrección de estilo soltó un pequeño gritito ahogado.

Matteo se estiró para mirar por encima de los paneles de cristal y su mandíbula cayó literalmente al suelo.

—Elena —susurró, con los ojos abiertos de par en par—. Tienes que ver esto. Creo que estoy alucinando por exceso de cafeína.

Me levanté lentamente, asomando la cabeza por encima de mi planta Gertrudis.

Y entonces, lo vi.

Lucien Moreau, el hombre más temido de la industria editorial europea, caminaba por el pasillo central del piso treinta y uno. Llevaba un traje de tres piezas color azul noche, tan impecable y costoso que probablemente valía más que mi vida entera.

Pero no era el traje lo que tenía a toda la oficina en shock.

Era lo que llevaba bajo el brazo.

Sostenido contra su cadera, como si fuera un balón de rugby extremadamente peludo y rebelde, había un cachorro de Golden Retriever. El perrito no tendría más de tres meses. Era una bola de pelo dorado brillante, con patas demasiado grandes para su cuerpo y unas orejas caídas que rebotaban con cada paso de Lucien.

El cachorro, completamente ajeno a la jerarquía corporativa, estaba mordiendo alegremente la solapa del traje de diez mil euros de mi jefe.

Lucien no miró a nadie. Sus ojos oscuros y letales estaban fijos directamente en mi cubículo. Caminó con una determinación feroz, ignorando los murmullos atónitos de sus empleados, hasta que se detuvo justo frente a mi escritorio.

El silencio era absoluto.

Lucien bajó la mirada hacia el cachorro, que ahora había soltado la solapa del traje y estaba intentando lamerle la barbilla. El Diablo arrugó la nariz con una mezcla de fastidio y resignación.

Luego, me miró a mí. Sus ojos ardían con esa intensidad posesiva que me había dejado sin aliento el día del beso.

—Vargas —dijo, su voz profunda resonando en el silencio de la oficina—. Tu bestia ha llegado.

Lucien

Odiaba a los perros.

Lo había confirmado esa misma mañana cuando el criador me entregó a esta bola de caos en mi penthouse. En las primeras dos horas, el animal había masticado uno de mis zapatos italianos, había orinado en una alfombra persa y me había ladrado a su propio reflejo en el ventanal.

Era un desastre. Era ruidoso. No tenía sentido de los límites.

Exactamente igual que la mujer que llevaba dos días huyendo de mí.

Miré a Elena. Estaba congelada detrás de su escritorio, con los ojos inmensos y la boca ligeramente abierta. Llevaba una blusa beige espantosa, un intento patético de pasar desapercibida que me había estado volviendo loco desde el martes. Quería que volviera a usar amarillo, rojo, coral. Quería que dejara de esconderse.

—¿U-un perro? —balbuceó Elena, parpadeando rápidamente como si creyera que yo era un espejismo.

—Un Golden Retriever, para ser exactos —respondí, ajustando mi agarre sobre el cachorro, que ahora estaba intentando morder mi reloj Patek Philippe—. Tiene todas sus vacunas, un pedigrí más largo que el de la realeza británica y una preocupante fijación por destruir objetos de lujo. Tómalo, antes de que decida usar mi corbata como juguete masticable.

Extendí los brazos.

Elena salió de detrás del escritorio a tropezones. Cuando sus manos tocaron al cachorro, el animal pareció reconocer al instante a su alma gemela. El perro soltó un ladrido agudo de felicidad, moviendo la cola con tanta fuerza que casi se cae de mis manos, y se lanzó hacia los brazos de Elena, llenándole la cara de lametazos.

—¡Dios mío! —Elena soltó una carcajada, una risa pura, cristalina y llena de luz que rompió el hielo del piso treinta y uno al instante—. ¡Es hermoso! ¡Es perfecto!

La vi hundir el rostro en el pelaje dorado del animal, cerrando los ojos mientras lágrimas de pura alegría se acumulaban en sus pestañas. La blusa beige ya estaba cubierta de pelos, pero a ella no le importó en lo más mínimo.

Esa sonrisa. Esa maldita sonrisa.

Sentí cómo la tensión que había estado acumulando en mis hombros durante las últimas cuarenta y ocho horas se disolvía por completo. Había valido la pena cada maldito euro de la alfombra persa arruinada solo por verla mirarme así.




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