Elena
Tener a un cachorro en una de las editoriales más prestigiosas y estrictas de Europa era, en resumen, un deporte de riesgo.
Había pasado una semana desde que Lucien apareció como un dios vengativo sosteniendo a Milo bajo el brazo. Como el perrito apenas tenía las vacunas iniciales y era demasiado pequeño para ir a la guardería canina, el Diablo de París había decretado, con una frialdad que asustó a todo el departamento de recursos humanos, que el cachorro se quedaría en la oficina hasta nuevo aviso.
Milo era un huracán dorado. Había robado tres borradores de novelas, había derramado un café descafeinado y se la pasaba corriendo por los pasillos de cristal persiguiendo su propia cola.
El piso treinta y uno estaba fascinado con él. La mayoría de los empleados le traían juguetes a escondidas.
Con una sola excepción.
—¡Te lo juro, me odia! —se quejó Matteo, subiéndose los pies a la silla mientras Milo, sentado frente a su cubículo, le gruñía con una intensidad adorable pero firme—. ¡Le traje salchichas de primera calidad! ¡Salchichas alemanas, Elena! ¡Y me miró como si le hubiera ofrecido veneno!
Solté una carcajada, levantando a Milo del suelo. El perrito me lamió la barbilla felizmente, ignorando por completo la mirada de traición del italiano.
—No te odia, Matt. Solo es... muy selectivo con sus amistades —bromeé, acomodando a Milo en su camita junto a mi escritorio—. Además, tú fuiste el que le pisó la cola accidentalmente el martes. Los Golden Retriever perdonan, pero no olvidan.
Matteo bufó, regresando a su teclado. —Pues dile a tu fiera que baje las armas. Si sigue ladrándome así, el jefe me va a despedir alegando "incompatibilidad de caracteres con la mascota oficial".
Mencionarlo a él hizo que el nudo en mi estómago, que llevaba días ahí, se apretara un poco más.
Me senté frente a mi computadora, acariciando la cabeza de Milo mientras este se quedaba dormido. El ambiente en la oficina era alegre, sí, pero no era ciega ni sorda.
Ayer, mientras preparaba mi té en la sala de descanso, había escuchado a dos editoras del departamento de no-ficción susurrando cerca de la máquina de agua.
"Despidió a un pasante el mes pasado por usar zapatillas deportivas, y a ella le deja tener un perro que ladra en medio de las llamadas. El favoritismo es asqueroso," había dicho una. "Es que la ascendió a Enlace Internacional. Dicen que en el viaje a París pasó de todo en esa suite. Ya sabes cómo consiguen algunas sus aumentos," había respondido la otra, con veneno puro.
Me había escondido detrás de la puerta, sintiendo que la cara me ardía de vergüenza y rabia. Yo trabajaba catorce horas diarias. Yo había salvado el contrato de Jean-Paul. Yo me había ganado mi puesto. Pero para el resto del edificio, yo era la chica que había embrujado al intocable Lucien Moreau. Y lo peor de todo... era que la forma en que Lucien me miraba no ayudaba a desmentirlo.
—Elena.
La voz de Matteo me sacó de mis pensamientos.
—¿Sí?
—¿Dónde está el perro?
Parpadeé. Bajé la vista hacia la camita junto a mi escritorio. Estaba vacía.
El pánico me golpeó como un balde de agua helada. Me puse de pie de un salto, tirando mi bolígrafo.
—¡Estaba aquí hace cinco minutos! —jadeé, asomándome debajo del escritorio, detrás de Gertrudis, en la papelera—. ¡Milo! ¡Milo, ven aquí!
Matteo se levantó de inmediato, pálido. —¡Búscalo en la sala de juntas! Yo reviso los baños. Si el Diablo baja y ve que perdimos a su regalo de diez mil euros, nos tira por la ventana.
Corrí por el pasillo central, mi corazón latiendo a mil por hora. Revisé debajo de los sillones de recepción, en el cuarto de copias, bajo los escritorios de los editores junior. Nada. Ni un solo rastro dorado.
Me detuve en seco frente a los ascensores.
La luz del ascensor privado, el que solo funcionaba con tarjeta de acceso para el piso treinta y dos, estaba encendida. Las puertas debían haberse abierto cuando alguien bajó a entregar correspondencia, y el pequeño demonio peludo se había colado.
Tragué saliva. Oh, no.
Tomé las escaleras de emergencia corriendo. Si Milo había subido a la oficina de Lucien... si había roto un documento, orinado en la alfombra o, Dios no lo quiera, interrumpido una videollamada de la junta directiva, estaba muerta.
Lucien
El expediente sobre mi escritorio de caoba pesaba más que cualquier contrato multimillonario que hubiera firmado en mi vida.
Estaba dentro de una carpeta manila sin marcas. El investigador privado que había contratado en París era el mejor, el más discreto y el más despiadado de su agencia. Le había tomado exactamente cuatro días rastrear la vida de Elena Vargas, de Julien y de la tal Clara, hasta encontrar la pieza del rompecabezas que faltaba.
El secreto.
Mis dedos rozaron el borde de la carpeta. Sabía que abrirla era cruzar una línea de no retorno. Elena me había mirado con lágrimas en los ojos en la suite de París y me había rogado que le diera tiempo. Me había pedido que respetara su silencio.
Pero yo no era un hombre paciente. Y mucho menos cuando se trataba de una amenaza contra lo que me pertenecía. Julien había usado ese secreto para aterrorizarla, para apagar su luz en medio de Le Nocturne, y la sola idea de que ella estuviera cargando con ese miedo me consumía vivo.
Apreté la mandíbula. Solo un vistazo, me dije a mí mismo. Solo lo suficiente para saber cómo destruir a ese infeliz sin que ella salga lastimada.
Tomé la solapa de la carpeta, dispuesto a abrirla, cuando un sonido húmedo y extraño me detuvo.
Sniff. Sniff.
Bajé la vista.
Debajo de mi escritorio de caoba maciza, acurrucado exactamente sobre mis zapatos Oxford de cuero italiano hechos a medida, había una bola de pelo dorado.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026