Lucien
El papel dentro de la carpeta manila era grueso. Frío. Oficial.
Estaba solo en mi inmensa oficina de caoba. Afuera, el sol de Milán brillaba sobre los rascacielos, pero dentro de estas cuatro paredes, la temperatura parecía haber descendido al punto de congelación. Bajo mi escritorio, Milo roncaba suavemente, completamente ajeno al abismo en el que estaba a punto de sumergirme.
Pasé la primera página del reporte elaborado por mi investigador en París.
Lo primero que leí fue un historial financiero. Un fraude corporativo masivo en la antigua editorial donde Elena y Julien trabajaban. Desvío de fondos, venta de manuscritos confidenciales a la competencia y malversación de presupuestos de marketing.
Mi ceño se frunció, la lógica de CEO encendiéndose de inmediato.
Las firmas digitales, los correos de autorización y las contraseñas utilizadas para el desfalco... todas pertenecían a Elena Vargas. Según los documentos internos de esa empresa, ella era la mente maestra. El escándalo había sido silenciado internamente para evitar el colapso de las acciones, pero dos asistentes de contabilidad —personas inocentes bajo el cargo de Elena— habían sido despedidas, arruinadas y vetadas de la industria para encubrir el agujero financiero.
Me recargé en la silla, sintiendo que el aire se volvía pesado.
Elena. Mi Elena. ¿Una estafadora corporativa? ¿Alguien capaz de arruinar a dos inocentes para salvarse a sí misma?
Miré el nombre impreso en la hoja. La lógica, los números y mi instinto de empresario implacable me gritaban que los documentos no mentían. Si un empleado mío tuviera este historial, lo habría destruido legalmente en cinco minutos.
Pero entonces, cerré los ojos.
Recordé a la chica del vestido mostaza que le había llevado galletas a un departamento de edición aterrorizado. Recordé cómo se enfrentó a mí, el Diablo, para salvar el trabajo de un director de marketing inepto. Recordé cómo lloraba de alegría abrazando a un perro que no paraba de ladrar, y cómo sus ojos brillaban con una honestidad tan pura que me quemaba.
No.
Mi instinto, más primitivo y más fuerte que cualquier regla corporativa, rugió en mi pecho. Ella no lo hizo. Julien. El infeliz de traje barato de Le Nocturne. Él era ejecutivo de cuentas. Él tenía acceso. Él la usó. La incriminó, dejó que dos inocentes cayeran por su culpa, y fabricó las pruebas para mantenerla callada.
“Juegas a la víctima frente al multimillonario, pero él no sabe nada. Él no conoce tu secretito.”
Las palabras de Julien en el bar resonaron en mi cabeza como un eco venenoso.
Ahora entendía su terror. Elena creía que yo, el implacable Lucien Moreau, el hombre que no perdonaba un error gramatical, vería este expediente y la juzgaría. Creía que yo la vería como una criminal y la echaría a la calle.
Una ola de rabia sorda empezó a formarse en mi estómago.
Pero el horror real, el que me paralizó el corazón y me dejó sin respiración, estaba en la tercera página.
Era un reporte policial y médico del hospital Pitié-Salpêtrière de París. Fechado la misma noche en que ella canceló su compromiso.
Mis ojos recorrieron las líneas clínicas, frías y asépticas, y sentí cómo el mundo entero se detenía.
Paciente: Elena Vargas. 25 años. Ingreso por urgencias: 03:15 a.m. Motivo de ingreso: Traumatismo contundente. Contusiones severas en el abdomen y el rostro.
La bilis me subió por la garganta. Agarré el borde del escritorio con tanta fuerza que la madera crujió bajo mis dedos. Le había pegado. Ese maldito cobarde le había puesto las manos encima. Seguramente ella descubrió la infidelidad, descubrió el fraude en la misma noche, lo confrontó... y él la silenció a golpes.
Seguí leyendo, aunque cada palabra era una puñalada en el centro de mi pecho.
Diagnóstico adicional: Hemorragia interna. Paciente cursaba embarazo de 9 semanas. Aborto espontáneo provocado por trauma físico severo. Nota quirúrgica: Complicaciones en tejido uterino durante intervención de emergencia. Pronóstico de fertilidad futura: Menor al 15%.
El expediente se resbaló de mis manos y cayó sobre el escritorio.
El silencio en la oficina fue roto únicamente por el sonido de mi propia respiración, que se había vuelto errática, rota, casi un jadeo.
Estaba embarazada. Había perdido a un hijo. La habían golpeado hasta dejarla inconsciente. Le habían arrebatado, casi por completo, la posibilidad de ser madre. Le habían robado su carrera, su reputación, su futuro y su cuerpo en una sola maldita noche.
Y luego, Julien la había amenazado con la cárcel por el fraude corporativo si se atrevía a denunciarlo por la paliza.
Me llevé las manos a la cabeza, hundiendo los dedos en mi cabello, sintiendo que me asfixiaba. La imagen de Elena —la mujer luminosa que me había besado con sabor a tarta de fresa, la que reía con Matteo, la que soñaba con tener un Golden Retriever porque era el único pedazo de familia caótica que sentía que podía tener ahora— apareció en mi mente, pero esta vez, superpuesta con la imagen de ella tirada en el suelo de un hospital en París, sola, sangrando, rota.
Un sonido gutural, una mezcla de dolor puro y una furia homicida que jamás había experimentado en mis treinta y cinco años de vida, salió de mi garganta.
Milo se despertó bajo el escritorio. El cachorro sintió la alteración en el aire, asomó la cabeza y emitió un lloriqueo suave, apoyando su pata peluda contra mi tobillo.
Miré al perro. Mis ojos ardían. Mi visión estaba borrosa por una furia tan roja y letal que amenazaba con hacerme perder la cordura.
Quería levantarme, tomar el jet privado a París, arrastrar a Julien por las calles de Montmartre y matarlo con mis propias manos. Quería destruirle cada hueso del cuerpo. Quería que sintiera una fracción del terror y el dolor que ella había sentido.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026