Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 18 | El Diablo viral y una declaración sobre caoba

Elena

La sala de juntas principal del piso treinta y dos era un campo de batalla, y yo estaba perdiendo.

Estábamos en medio de la presentación de la campaña de marketing más importante del año para la trilogía de Jean-Paul. Tenía a seis directivos de la sede de París conectados por videollamada y a cuatro ejecutivos de Milán sentados frente a mí. Necesitaba que esta presentación fuera impecable. Necesitaba demostrar por qué me habían dado el puesto de Enlace Internacional.

¿El problema? El problema tenía cuatro patas, pelaje dorado y estaba atravesando una crisis de ansiedad bajo la mesa de conferencias.

Milo llevaba veinte minutos llorando. No un llanto suave, sino un aullido agudo y desesperado. Había intentado morder el cable del proyector, se había robado el zapato de la jefa de finanzas (que me miraba con instinto asesino) y ahora estaba rascando mi pierna, exigiendo atención.

—Como pueden ver en la gráfica —intenté decir, elevando la voz por encima del ladrido estridente del cachorro—, el impacto en redes será... ¡Milo, no, suelta eso!

El perro acababa de atrapar el puntero láser.

El vicepresidente de París suspiró ruidosamente a través de la pantalla. —Señorita Vargas, entiendo que el señor Moreau le haya permitido tener a su mascota en el edificio, pero esto es poco profesional. No podemos concentrarnos.

Sentí que la cara me ardía de pura vergüenza. Me agaché, intentando atrapar al huracán dorado. —Lo siento muchísimo, de verdad. Denme solo un segundo, voy a llamar a mi asistente para que...

Las puertas de cristal de la sala de juntas se abrieron de golpe.

El silencio cayó sobre la habitación de inmediato. Los ejecutivos se enderezaron en sus sillas. En la pantalla, el vicepresidente palideció.

Lucien Moreau entró en la sala. Llevaba su impecable traje azul oscuro y esa expresión de frialdad absoluta que paralizaba a cualquiera. No miró a los ejecutivos. No miró a la pantalla. Caminó directamente hacia mí, se agachó con una elegancia que desafiaba la gravedad y, sin decir una sola palabra, levantó a Milo del suelo.

El cachorro, al verse en los brazos del Diablo, soltó un pequeño quejido y le lamió la corbata de seda.

Lucien arrugó la nariz, pero no lo soltó. Se enderezó, acomodando al perro contra su pecho como si fuera una bomba a punto de estallar, y finalmente me miró. Sus ojos oscuros estaban llenos de una calma protectora que me cortó la respiración.

—Continúe con la presentación, Vargas. Deslúmbrelos —dijo, su voz profunda resonando en la sala. Luego, miró a la pantalla de la videollamada con letalidad pura—. Y si alguien vuelve a interrumpir a mi editora jefe, me aseguraré de que su próxima reunión sea en la fila del desempleo. ¿Entendido?

Todos asintieron frenéticamente.

Lucien dio media vuelta y salió de la sala, llevándose el caos dorado con él.

Me quedé mirando la puerta cerrada por un segundo, sintiendo que el corazón me latía en la garganta. Respiré hondo, me arreglé la chaqueta y me giré hacia los aterrorizados ejecutivos con la sonrisa más brillante de mi repertorio.

—Bien. Como les decía sobre la gráfica...

Lucien

Miré a la bestia. La bestia me miró a mí.

Estábamos en el pasillo. Milo movía la cola a mil por hora, claramente aburrido, estresado y con un exceso de energía que amenazaba con destruir mi oficina.

Saqué mi teléfono con la mano libre y abrí Google. «Cómo agotar a un cachorro Golden Retriever rápido». Los resultados eran unánimes: espacio abierto, correr, jugar a buscar.

Apreté la mandíbula. Miré mis zapatos italianos de cinco mil euros. Miré el cielo de Milán a través del ventanal.

—Si le dices a alguien que hice esto por ti —le advertí al perro en voz baja—, te enviaré a Siberia.

Veinte minutos después, el CEO de Noir Éditions estaba de pie en medio del Parco Sempione.

Me había quitado el saco y la corbata, y había remangado mi camisa blanca. El sol brillaba, y el parque estaba lleno de gente. Bajé a Milo al césped. El perro salió disparado como un misil dorado.

—¡Vuelve aquí, demonio! —gruñí, corriendo detrás de él.

Fueron cuarenta y cinco minutos de humillación absoluta. Tuve que perseguirlo por el pasto, esquivar a un grupo de turistas, y cuando finalmente logré atraparlo, el animal decidió que mis pantalones de diseño eran el lugar perfecto para sacudirse el lodo.

Me dejé caer en un banco de madera, respirando agitadamente. Milo, finalmente agotado, se sentó frente a mí, con la lengua de fuera, jadeando feliz.

—Siéntate —le ordené, señalando el suelo con el dedo índice, usando mi voz corporativa más estricta.

Milo me miró. Ladeó la cabeza. Y, sorprendentemente, plantó su trasero peludo en el césped, sentándose perfectamente derecho, esperando una orden.

Me quedé mirándolo. Una risa corta, ronca y completamente genuina escapó de mi garganta. El perro había aprendido modales en menos de una hora.

—Buen chico —murmuré, pasándole la mano por la cabeza.

Lo que no sabía era que, a unos diez metros de distancia, escondido detrás de los árboles, el flash de una cámara profesional acababa de dispararse repetidas veces. Y menos aún sabía que, en ese preciso momento, me estaba convirtiendo en el titular principal de todas las revistas de sociedad de Europa.

Saqué mi teléfono. Si el perro había aprendido a sentarse, Elena tenía que verlo. Le tomé una foto. Milo salía perfecto, como un soldado dorado.

Abrí la cuenta oficial de Instagram de Noir Éditions, la cual tenía millones de seguidores, y sin pedirle permiso al departamento de relaciones públicas, subí la foto.

Pie de foto: Las negociaciones en Milán son duras, pero el nuevo becario finalmente aprendió a sentarse. El talento se pule. - L.M.

Guardé el teléfono, tomé la correa de Milo y caminé de regreso a la editorial, sintiendo una extraña y ridícula sensación de paz.




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