Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 19 | Consejos de sangre, galletas secretas y el exilio de Milo

Lucien

El penthouse en el centro de Milán estaba sumido en la oscuridad, iluminado únicamente por las luces de la ciudad que se filtraban por los inmensos ventanales.

Me serví dos dedos de coñac, me aflojé la corbata y dejé el vaso sobre la mesa de cristal. Llevaba tres días sin dormir bien. Mi mente era un tablero de ajedrez donde estaba moviendo piezas financieras para destruir a Julien y, al mismo tiempo, intentando redactar el documento más importante de toda mi vida.

Tomé mi teléfono. Miré la hora. Las diez de la noche.

Marqué el número privado que solo usaba unas tres veces al año. Sonó dos veces antes de que una voz grave, áspera y con el mismo acento autoritario que el mío respondiera.

Lucien. —Armand Moreau no saludaba. Armand Moreau pasaba lista—. ¿A qué debo el milagro de una llamada un martes por la noche? ¿Cayeron las acciones en Asia?

—Las acciones están perfectamente, papá —respondí, frotándome el puente de la nariz—. Te llamo porque... necesito un consejo.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Si le hubiera dicho que había vendido la empresa por un euro, se habría sorprendido menos.

¿Tú? ¿Pidiéndome un consejo a mí? —Mi padre soltó una risa seca—. Habla. ¿Qué gobierno intentas sobornar?

—No es de negocios. Es... hay una mujer.

El silencio esta vez fue aún más largo. Escuché el tintineo de hielo en un vaso al otro lado de la línea.

Una mujer —repitió mi padre, saboreando las palabras como si fueran veneno—. Lucien, tienes treinta y cinco años y vives casado con tu imperio. Si me estás llamando por una mujer, asumo que es porque te está dando problemas.

—Es mi Enlace Internacional. Mi editora jefe. Y es un torbellino de problemas, caos y colores estridentes —Suspiré, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventana—. Es brillante, papá. Arrogante, terca y tiene un pasado que la tiene aterrorizada. Me rechazó hace tres días porque cree que si me cuenta sus secretos, la voy a mirar con decepción.

¿Y tú qué quieres de ella? —preguntó Armand, su tono volviéndose analítico, frío.

—Todo —La palabra salió de mi boca con una fuerza que me sorprendió hasta a mí—. Quiero que sea mía. Estoy preparando algo para demostrárselo, pero... no sé cómo acercarme sin que huya.

Lucien, escúchame bien —Mi padre bajó la voz, usando ese tono de patriarca que no admitía réplicas—. Eres mi hijo. Sé cómo funcionas. Te gustan los retos. Te gusta lo que no puedes controlar. ¿Estás seguro de que esto no es solo la emoción de la cacería? Es muy normal obsesionarse con el juguete que se te resiste, pero una vez que lo pruebas, que lo tienes en tus manos... pierde el brillo. No arruines la carrera de una buena editora por un juego de egos.

Un calor furioso me subió por el cuello. Apreté el teléfono con tanta fuerza que el plástico crujió.

—No te atrevas a llamarla un juguete —escupí, mi voz vibrando con una indignación oscura y profunda que jamás había usado contra mi padre—. No es un capricho. Me estoy enamorando de ella. Y no es solo porque salvó mi estúpido contrato con Jean-Paul. Es por quién es.

Palabras muy grandes, hijo. Dame hechos.

—¿Quieres hechos? —Me separé de la ventana, caminando de un lado a otro por el salón, perdiendo el control—. Papá, compré un puto perro.

...¿Qué?

—¡Compré un cachorro de Golden Retriever que se orina en mis alfombras persas! —grité, pasándome una mano frustrada por el pelo—. Lo hice porque me dijo en un vuelo que era su sueño de niña y no soportaba verla triste. Lo saqué a pasear yo mismo por el Parco Sempione, humillándome frente a los paparazzis, porque ella tenía una reunión y no quería que el perro llorara y la desconcentrara.

Escuché a mi padre tragar saliva al otro lado del auricular.

—Y hay más —continué, bajando la voz, confesando mi mayor locura en voz alta—. Hace una semana, a las tres de la mañana, bajé a la cocina de este penthouse, me puse un delantal y le horneé las galletas de chocolate de la abuela. Las empacaqué en una caja negra con lazo de seda y se las mandé con un mensajero haciéndole creer que eran de la pastelería más exclusiva y cara de Milán, solo porque estaba llorando y necesitaba que volviera a sonreír.

El silencio que siguió fue absoluto. Duró tanto que pensé que la llamada se había cortado.

Y entonces, Armand Moreau empezó a reír.

No fue una risa burlona. Fue una carcajada grave, profunda y llena de un asombro genuino que sacudió la línea telefónica.

Mon Dieu... —susurró mi padre, casi sin aliento—. ¿Tú? ¿El hombre que despide chefs porque la temperatura del café está un grado por debajo de la norma? ¿Tú horneaste galletas de madrugada por una chica?

—Deja de burlarte, viejo.

No me burlo, Lucien —El tono de mi padre cambió drásticamente. Se volvió cálido. Orgulloso—. Hijo mío... creo que has encontrado a tu mujer. Si el Diablo de París está cocinando galletas y recogiendo desastres de perro, ya no hay vuelta atrás.

Solté un suspiro largo y pesado, dejándome caer en el sofá.
—No la hay. Pero ella sigue huyendo.

Entonces es hora de construir un imperio que la blinde a ella, Lucien —aconsejó Armand, con la sabiduría de los años—. Las mujeres que están asustadas no necesitan grandes gestos públicos. No le llenes la oficina de flores para que los demás murmuren. Hazlo íntimo. Usa tus fortalezas. Eres un hombre de negocios, de contratos, de certezas. Dale una certeza absoluta de que tu mundo es seguro para ella.

Miré los papeles legales esparcidos sobre mi mesa de centro. El "contrato vitalicio".

—Lo haré, papá.

Y Lucien... —añadió Armand antes de colgar—. Preséntamela pronto. Quiero conocer a la fiera que te puso un delantal.




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