Elena
Eran las diez y media de la noche de un jueves.
El piso treinta y uno estaba sumido en la más absoluta penumbra. Todos los editores, asistentes y directivos se habían marchado hacía horas, dejándome sola con el zumbido del aire acondicionado y la única lámpara de escritorio que iluminaba mi cubículo.
Llevaba cuatro días viviendo en un limbo de hielo. Cuatro días desde que Lucien mandó a su secretaria por Milo y me borró de su existencia.
Terminé de apilar los últimos manuscritos de Jean-Paul. Mis ojos ardían por el cansancio y mi pecho dolía con esa presión constante que me recordaba que lo había perdido por cobarde. Apagué la lámpara, tomé mi bolso y me puse el abrigo gris oscuro que se había convertido en mi uniforme de luto corporativo.
Me di la vuelta para caminar hacia los ascensores, dispuesta a irme a mi apartamento vacío, cuando el teléfono de mi escritorio rompió el silencio con un timbre agudo y solitario.
Di un salto.
Miré la pantalla digital. Ext. 3201 - Oficina de Presidencia.
Mi corazón empezó a golpear contra mis costillas con tanta violencia que casi me dolió. Mis manos temblaban cuando levanté el auricular.
—¿Sí? —susurré, mi voz sonando ronca.
—Sube.
Fue una sola palabra. Profunda. Áspera. Una orden absoluta que no admitía preguntas ni demoras. Y antes de que pudiera responder, la línea se cortó.
Tragué saliva, dejando el bolso sobre la mesa. Mis piernas se sentían como gelatina mientras caminaba hacia el ascensor privado. Deslicé mi tarjeta y apreté el botón del piso treinta y dos.
Las puertas de metal se abrieron en la recepción ejecutiva. Todo estaba a oscuras, excepto por la luz dorada que se filtraba por las dobles puertas entreabiertas de la inmensa oficina de caoba.
Empujé la madera lentamente y entré.
Lucien estaba de pie frente al ventanal que dominaba Milán. Se había quitado el saco, el chaleco y la corbata. Su camisa blanca estaba arremangada y el primer par de botones desabrochados. Milo estaba profundamente dormido sobre un cojín de diseño en la esquina.
—Cierra la puerta, Elena —dijo él, sin girarse.
Lo hice. El clic de la cerradura sonó definitivo, como si acabara de encerrarme en la jaula del león.
Lucien se dio la vuelta. La oscuridad en sus ojos era insondable. No había rastro del hielo de los últimos días; en su lugar, había un fuego lento, calculador y devorador. Caminó hacia su escritorio, se apoyó en el borde de madera frente a mí y señaló con un gesto elegante dos objetos que descansaban sobre la superficie impecable.
Un bolígrafo de oro macizo. Y una pequeña caja de terciopelo negro.
Me detuve a un metro de él. Mi respiración se volvió superficial.
—¿Qué... qué es esto, Lucien? ¿Un nuevo contrato de confidencialidad?
—Acércate y míralo tú misma.
Di dos pasos, hipnotizada por la intensidad de su mirada, y bajé la vista hacia los documentos que estaban debajo del bolígrafo.
No tenían el logo de Noir Éditions. Eran documentos legales de la ciudad de Milán y de la embajada francesa. Fruncí el ceño, mis ojos escaneando las letras hasta que leí el encabezado en negrita.
Acta de Matrimonio Civil.
Contrayente 1: Lucien Armand Moreau.
Contrayente 2: Elena Vargas.
El aire abandonó mis pulmones como si me hubieran dado un golpe bajo. Retrocedí un paso, tropezando con mis propios pies.
—¿Qué es una locura es esta? —jadeé, mirando el papel y luego a él—. Lucien... esto es un acta de matrimonio.
Él no se inmutó. Extendió una mano larga y elegante, tomó la caja de terciopelo negro y la abrió con un movimiento seco.
Un diamante de corte esmeralda, inmenso, puro y rodeado de pequeños diamantes incrustados en platino, destelló bajo la luz de la lámpara. Era la joya más espectacular y fría que había visto en mi vida.
—No es una locura, Elena. Es un contrato vitalicio —dijo él, su voz vibrando en el silencio de la oficina—. Conmigo no hay medias tintas. No voy a pedirte que seas mi novia para que tengas la ilusión de que puedes salir corriendo cuando te asustes. Si vas a ser mía, vas a serlo legal, pública y absolutamente.
El pánico me invadió por completo. La sangre me zumbaba en los oídos.
—¡No! —Grité, retrocediendo otro paso, cubriéndome la boca con las manos mientras las lágrimas empezaban a desbordarse por mis mejillas—. ¡No puedo, Lucien! ¡No puedes hacer esto!
La mandíbula de Lucien se tensó, pero no avanzó.
—¿No puedes, o no quieres?
—¡No lo entiendes! —Lloré, el dolor y el terror destrozando mi garganta. Todo mi cuerpo temblaba—. Crees que soy esta luz, que soy esta editora brillante que no le teme a nada, pero no me conoces. ¡No conoces mi pasado! Si supieras de dónde vengo, si supieras lo que dejé en París... no estarías ofreciéndome un anillo. ¡Me estarías mirando con asco!
—Entonces cuéntamelo.
La orden cortó mis sollozos como un cuchillo de hielo.
Lucien dio un paso hacia mí. Su inmensa figura me hizo sentir diminuta, pero no intentó tocarme. Se quedó frente a mí, imponente y expectante.
—Dímelo, Elena —exigió, su voz bajando a un susurro ronco, casi desesperado—. Deja de decidir por mí. Cuéntame tu puto secreto y permite que sea yo quien decida si tu pasado es demasiado para mí o no.
Estaba al borde del abismo. Si me callaba, la puerta se cerraría para siempre. Si hablaba, le entregaría el arma para destruirme. Miré el diamante. Miré sus ojos oscuros, que me suplicaban en silencio que saltara con él.
Y salté.
Mis rodillas cedieron. Caí pesadamente sobre la alfombra persa, ocultando mi rostro entre mis manos mientras el dique de contención que había construido durante un año se rompía en mil pedazos.
—Yo no solo huí porque me fueron infieles —empecé a hablar, mi voz ahogada por los sollozos y la vergüenza—. Cuando encontré a Julien y a Clara en mi cama... yo me volví loca. Grité. Le exigí explicaciones. Y él... él no pidió perdón.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026