Lucien
El trayecto desde la oficina hasta mi penthouse en el centro de Milán lo hicimos en un silencio cargado de electricidad.
Elena iba sentada en la parte trasera de mi auto, con Milo dormido sobre sus piernas. La luz de las farolas de la ciudad entraba de forma intermitente, iluminando el inmenso diamante que ahora adornaba su mano izquierda. Cada vez que el brillo de la piedra golpeaba sus ojos, una sonrisa pequeña y privada curvaba sus labios. Y cada vez que ella sonreía, yo sentía que había conquistado el maldito mundo.
Cuando abrí la puerta de mi apartamento, el cachorro se despertó de inmediato y salió corriendo a explorar el inmenso salón de suelos de mármol oscuro y ventanales panorámicos que daban al Duomo.
—Guau... —susurró Elena, dejando su abrigo sobre una de las butacas de cuero—. Es... inmenso. Y muy oscuro. Muy tú.
Cerré la puerta con seguro. El clic metálico resonó en el silencio, sellando el mundo exterior fuera de nuestro refugio.
—Es nuestro ahora —la corregí, mi voz sonando ronca.
Caminé hacia la barra de la cocina, donde había dejado preparada una botella de champán Dom Pérignon en una hielera de plata. Lo había planeado todo. Sabía que esta noche ella firmaría. No existía otra opción en mi cabeza. Descorché la botella con un sonido sordo y serví dos copas de cristal tallado.
Al girarme, Elena ya estaba de pie a medio metro de mí. Se había quitado los tacones y estaba descalza sobre el mármol frío, mirándome con esos ojos oscuros que parecían querer leerme el alma. Le entregué la copa, rozando mis dedos intencionalmente con los suyos.
—Por el contrato mejor negociado de Noir Éditions —brindé en voz baja, invadiendo su espacio hasta que el aroma a vainilla de su piel llenó mis pulmones.
Elena chocó su copa contra la mía. Dio un sorbo, pero su mirada no flaqueó. Dejé mi copa sobre la isla de la cocina y le quité la suya con suavidad para dejarla a un lado. Ya no quería celebrar con alcohol. Quería celebrar con ella. A mi manera: dominante y absoluta.
Puse ambas manos en su cintura, atrayéndola hacia mí. Elena soltó un pequeño jadeo, apoyando sus manos en mi camisa. Me incliné, rozando mis labios contra su cuello, justo donde su pulso latía desbocado.
—Lucien... —susurró ella, su voz temblando deliciosamente.
—Shh —murmuré contra su piel—. Ya firmaste. Ya no hay vuelta atrás. Eres mía, Elena.
Estaba a punto de levantarla en peso cuando, de repente, sus manos se volvieron firmes contra mi pecho. No fue un roce juguetón; fue un empujón real.
—Espera —dijo ella. Su voz había cambiado. Ya no era deseo puro, había una nota de ansiedad que me hizo detenerme en seco.
—¿Qué pasa? —pregunté, tratando de recuperar el aire.
Elena se cruzó de brazos, una postura defensiva que odiaba ver en ella. Bajó la mirada hacia su mano, donde el diamante brillaba con una ironía casi cruel.
—Firmamos el acta, sí. Mi dedo pesa un kilo más por esta roca —dijo, y luego me miró con una seriedad que me heló la sangre—. Pero... ¿dónde están los anillos de matrimonio, Lucien?
—¿Los anillos? —fruncí el ceño—. Elena, el diamante es el compromiso y el sello...
—No hablo de este —me interrumpió, señalando la joya—. Hablo de las alianzas. El metal liso. El que le dice a la gente de afuera lo que pasó aquí adentro.
Ella dio un paso atrás, su mirada volviéndose vidriosa por un segundo antes de recuperar su fuego.
—La semana que viene tú estarás en París lidiando con Jean-Paul y con todas esas modelos de la editorial, y yo estaré aquí en Milán. Tu trayectoria de citas es pública, Lucien. Eres el soltero más codiciado de Europa. He visto las fotos, he leído las revistas...—su voz se quebró un poco—. Si voy a estar a ochocientos kilómetros, ¿cómo sé que te vas a "comportar bien" si no llevas nada que le grite al mundo que eres un hombre casado?
El silencio cayó como una losa. Mi pecho se llenó de un calor inmenso. Ella me estaba reclamando. Estaba marcando su territorio porque tenía miedo de perderme.
—Elena... —intenté acercarme, pero ella negó con la cabeza.
—Podemos hacer algo —continuó ella, tratando de sonar pragmática aunque sus manos temblaban—. Mañana podemos comprar una alianza para mí. Algo sencillo, muy delgado. Así podré usarla cuando quiera pasar desapercibida o esconder este diamante si me siento insegura... y tú... tú no tienes que llevar nada si no quieres, pero yo...
—Ni lo pienses —la corté, mi voz volviéndose de acero.
La tomé del rostro con ambas manos, obligándola a mirarme.
—¿Crees que quiero algo "delgado" para esconder que estoy contigo? ¿Crees que quiero que pases desapercibida? —me acerqué hasta que nuestras frentes se tocaron—. Mañana a primera hora, antes de ir a la editorial, vamos a vaciar la tienda de Cartier.
—Lucien, no es necesario que...
—Lo es. Vamos a elegir las alianzas más sólidas que existan. En el oro que tú quieras, con la textura que prefieras, grabadas con nuestras iniciales si así lo deseas. Pero escúchame bien: yo no voy a llevar una "banda discreta". Voy a llevar la alianza de platino más gruesa y visible que tengan. Me la voy a tatuar en el dedo si es necesario.
Le di un beso corto, casi agresivo, para enfatizar mis palabras.
—Mañana saldré de esa joyería con dos anillos en la mano: mi alianza y el orgullo de que todo el mundo sepa que pertenezco a Elena Vargas. No voy a esconderme de nadie, y tú tampoco. Eres mi esposa, y voy a hacer que ese anillo pese tanto en tu mano como tú pesas en mi corazón. ¿Entendido?
Elena soltó un suspiro largo, y toda la tensión desapareció de sus hombros. Una sonrisa espectacular, aliviada y llena de un fuego nuevo, iluminó su rostro. Se puso de puntillas, enredando sus dedos en mi cabello.
—Trato —susurró, tirando de mí hacia abajo—. Y ahora, señor Moreau... quiero que me demuestre que ese anillo no es lo único que me pertenece.
#2598 en Novela romántica
ceo dominante, hombre cruel al cual todo les temen, romance de oficina divertido
Editado: 24.03.2026