Bajo el Imperio de Moreau

Capítulo 22 | Blindaje, marcas y un toque de caos

Elena

La mañana en Milán era brillante, pero palidecía en comparación con el interior de la boutique de Cartier en la Via Montenapoleone. Habíamos llegado antes de que abrieran al público. Lucien, vestido con un traje a medida de tres piezas color azul noche, no pidió una cita; simplemente hizo una llamada y el universo se detuvo para nosotros.

El gerente nos atendió personalmente con bandejas de terciopelo y copas de champán que rechacé porque mi cerebro ya estaba lo suficientemente embriagado con la noche anterior.

—Esa —dijo Lucien. Su voz grave resonó en la tienda, señalando una pieza que me cortó la respiración.

No eran simples bandas de metal. Eran alianzas de una aleación personalizada: una mezcla perfecta entre platino rosado y oro gris. El resultado era un metal de un tono ceniza cálido, casi hipnótico, que parecía cambiar de color con la luz. Eran asquerosamente lujosas, pesadas y con una elegancia letal.

—Monsieur Moreau, es la colección L’Empire. Solo hay tres pares en el mundo —susurró el gerente con reverencia.

Lucien extendió su mano izquierda. Tomé la joya y, con mis dedos todavía temblando, la deslicé por su anular. El metal estaba frío, pero en cuanto tocó su piel, pareció sellarse. Encajaba de forma tan perfecta que daba miedo. Ver esa marca en la mano del hombre más poderoso de la industria me hizo sentir una ola de posesividad que me dejó sin aliento. El Diablo ahora llevaba mi marca.

—Es perfecta —susurré. Luego, tratando de recuperar un poco de mi autonomía, añadí—: Me la llevo. Yo la pago.

Lucien enarcó una ceja, genuinamente divertido.
—¿Tú la pagas, Elena?

—Sí. La tradición dicta que yo compro la tuya. Metí la mano en mi bolso rojo para sacar mi billetera, pero Lucien se interpuso. De su bolsillo interior sacó un tarjetero de cuero negro y lo deslizó sobre el mostrador de cristal.

Lo abrí y el aire abandonó mis pulmones. Adentro no estaba su tarjeta.
Había una American Express Centurion y una chequera pequeña. Ambas, en letras plateadas, llevaban mi nombre: Elena Vargas Moreau.

—Lucien... —balbuceé, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Qué es esto?

—Logística, mi amor. Las cuentas están a tu nombre, vinculadas a mi fondo personal. Úsala.

—¡No puedo aceptar esto! —siseé, empujándole el tarjetero contra el pecho—. ¡Es demasiado! No necesito tu fortuna, yo tengo mi sueldo, mis ahorros... ¡Parece que me estás comprando, maldita sea!

Él me atrapó las manos, deteniendo mi pánico con una mirada tan densa que me robó las palabras.

—Elena. No te estoy comprando. Estoy blindando tu vida. Todo lo mío es tuyo. Si quieres pagar el anillo, hazlo con esa tarjeta. Es tu dinero ahora. Acostúmbrate, porque no pienso dar ni un paso atrás.

—Eres un arrogante —mascullé, aunque mi corazón latía a mil—. Además... —miré a Milo, que intentaba morder una alfombra de seda en la entrada—, supongo que ahora también debo mantener a la "bestia pulgosa" con tu dinero, porque ese perro come mejor que yo.

Lucien soltó un gruñido bajo, divertido pero posesivo, y me atrajo hacia él.

—El perro es un gasto, Elena. Tú eres la dueña de la chequera.

—Y ahora tengo que cargar con dos anillos —dije, señalando el diamante de compromiso y la nueva alianza que el gerente ya estaba ajustando en mi dedo—. Parezco un catálogo de joyería andante, Lucien. Mi mano izquierda pesa más que mi cabeza. Si me hundo en una piscina, moriré ahogada por el peso del platino.

Él soltó una carcajada ronca, ese sonido que solo yo lograba sacarle.

—Entonces asegúrate de no nadar sin mí cerca, Madame Moreau.

Pero antes de que pudiera recuperarme del golpe de la tarjeta, Lucien deslizó la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un manojo de llaves pesadas y una tarjeta de acceso magnética de máxima seguridad. Las dejó caer en la palma de mi mano, cerrando mis dedos sobre el metal frío.

—¿Y esto? —pregunté, ya temiendo la respuesta.

—Las llaves del penthouse. Hoy al mediodía, mientras estés en tu hora de almuerzo, un equipo de mudanzas profesionales irá a tu departamento a empacar todas tus cosas —Lucien se inclinó, rozando su nariz con la mía, hablando contra mis labios—. Te quiero viviendo en mi casa esta misma noche. Y el equipo de seguridad privada del edificio ya tiene tu fotografía. A partir de hoy, tienes dos guardaespaldas a tu disposición las veinticuatro horas y transporte blindado.

Me separé un poco, atónita. —¡Lucien, por Dios, trabajo editando libros, no soy la presidenta de la República! ¡La seguridad es una exageración absoluta!

La sonrisa de Lucien desapareció. Su rostro se convirtió en una máscara de hielo protector.

—Cuando se trata de tu seguridad y de tu paz mental, Elena, no hay absolutamente nada que yo considere una exageración. Te di mi palabra de que blindaría tu mundo, y no estoy jugando.

El recuerdo de mi pasado cruzó por el espacio entre nosotros, pero esta vez, no me dolió. Viendo la determinación letal en sus ojos, me di cuenta de que este hombre realmente quemaría el planeta entero antes de dejar que alguien me tocara un solo cabello.

—Y hablando de blindar tu mundo... —continuó él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un ronroneo siniestro y delicioso—. Estuve pensando anoche, mientras dormías. Se me ocurrieron un par de ideas muy interesantes sobre cómo incinerar la carrera de un tal Julien en París.

Abrí los ojos como platos. —¿Estuviste pensando en vengarte? ¿Ayer?

—Soy un hombre multitarea, mi amor —Lucien me guiñó un ojo, un gesto tan raro y arrogante en él que casi me hizo derretirme en el suelo de Cartier—. Paga los anillo. Tenemos una editorial que gobernar.

Quince minutos después, salimos de la boutique. El trayecto a Noir Éditions fue una batalla campal en el Maybach. Milo intentó subirse a la cabeza de Lucien dos veces, y yo no podía parar de reírme viendo al implacable CEO de Europa esquivar lengüetazos con una paciencia que jamás le había visto.




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